Jueves, 4 de julio
Quedamos a las doce. Subí diez minutos antes. Lo sé, es de idiotas, pero me podía el ansia. Me senté en una esquina, con la vista en las ventanas apagadas del edificio de enfrente. Silencio. Calor espeso. Mi corazón, a lo suyo.
Él apareció sin hacer ruido y me miró como si ya supiera que iba a estar allí. Eso me jodió un poco, pero también me gustó. Se sentó a mi lado, espalda contra la pared. Hablamos un rato. Tonterías. También de la vecina del segundo, la de los cuatro galgos, que, según él, los saca por turnos para fingir que tiene más vida social que el resto del bloque. Ambos habíamos reparado en ella.
—Hoy no has subido cava —dije.
—Tampoco maría —contestó.
—Tampoco.
—Es que quiero besarte sin incidencias —añadió, mirándome a la boca.
Me entró la risa, pero no contesté. No me dio tiempo. Él se acercó, me rozó los labios y ahí se desató todo. No pudimos parar. Imposible. No subió cava. No subió marihuana. Pero sí subió un condón. Menos mal.
Fue todo un poco rápido, pero lleno de ganas. Deseo contenido que nos explotó en las manos. Después me propuso bajar a su casa porque allí tenía más preservativos.
—Yo también tengo —le dije—. ¿Qué te crees? Mi abstinencia es reciente. Mis condones no han prescrito.
Le hizo gracia el comentario. Nos comimos la boca en el ascensor como dos adolescentes y nos pasamos la noche follando en mi cama. Primero con torpeza, como si cada uno intentara adivinar el ritmo del otro sin preguntar. Luego con esa precisión instintiva que llega cuando se deja que los cuerpos hablen y compruebas que lo hacen en el mismo idioma. Fue rápido al principio, casi urgente, pero después… después nos tomamos tiempo.
Me gustó cómo me miraba mientras me quitaba las bragas. Con atención. Como si no fuera un trámite. Se detuvo en mis muslos, en mi tripa, en mi ombligo. Me dijo que le encantaban mis pezones. Lo dijo en voz baja, justo antes de lamerlos. Me estremecí.
Lo monté yo primero. Me apetecía tener el control. Me moví despacio, marcando el ritmo con la pelvis, sin prisas al principio, pero con pasión desatada después. Polvos encadenados. Hubo uno de lado, otro con las piernas enredadas, otro con los cuerpos a medio giro, y otro fue brusco: él detrás, agarrándome fuerte de la cintura, mi mejilla contra el colchón, su respiración caliente en mi cuello…
Una pequeña tregua y vuelta a empezar. Así varias veces. Después hablamos un poco. Nos reímos de cosas que ya no recuerdo. Me acarició la espalda hasta que me dormí. O me dormí mientras lo hacía, no lo sé.
Nos quedamos dormidos poco antes de que sonara el despertador. No me apetecía ir a trabajar, pero lo cierto es que, después de tres días de mierda, este ha amanecido bonito. Quería que mi jefa me viera la cara de recién follada. Seguro que se percataba… Estoy convencida de que ella arrastra una falta crónica de sexo.
Simón se ha levantado conmigo.
—¿Te vienes? —me ha dicho, mientras se abotonaba la camisa.
—¿A dónde?
—A Barcelona. Cojo el AVE a las doce. Presento esta tarde allí.
—No puedo. ¿Cuándo vuelves?
—Jean viene mañana. Pasamos el finde juntos en Barcelona y el domingo regresamos.
Jean. Mierda. Me había olvidado por completo de él.
—Ya verás —ha añadido—. Te va a encantar. Y tú a él, más.
No he sabido qué decir. ¿Qué significaba eso? Pero me ha excitado tanto escucharlo que me he lanzado sobre él y lo he vuelto a tirar en la cama. He llegado tarde al trabajo. Mi jefa me estaba esperando en la puerta, impaciente y con su dosis diaria de dramatismo. Esta vez, con motivo. No me ha importado. He visto cómo se ha fijado en el brillo de mis ojos y cómo eso le ha hecho segregar bilis a destajo.
Luego, al volver a casa, apenas he calentado unas sobras, me las he comido sin ganas y me he dado cuenta de lo cansada que estaba. Mi siesta ha durado hasta hace media hora. Acabo de ver un wasap de Simón: una foto del auditorio donde se celebra su presentación. Está lleno a reventar. Me da un poco de vergüenza no haber leído nada suyo. Estos días pasados lo he estado bicheando y el tío está entre los cinco autores más vendidos en España en lo que llevamos de año.
Me voy a vestir ahora mismo para acercarme a la librería del final de la calle. Compraré su libro. Quiero leerlo antes de que vuelva. No por cortesía. Simplemente, la curiosidad me mata.
Aunque tengo que decir que hay algo en todo esto que no me cuadra.
No sabría decir qué, pero lo sabré.
Continuará…
@Emecé Condado.
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