Un fragmento de mi novela «Inviernos»

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El frío de diciembre se instaura en  mi cuerpo, denudándolo, lagrimeando los suelos por los que quedan mis huellas impresas, rocía mi rostro la niebla que no levanta en la mañana, ya tres son de manera consecutiva los días que el sol anda esquivo con esta ciudad de alta torres que luce desde la ancianidad de la humanidad, cuando se asomaron a estas tierras aquellos que plantaron su semilla en pos de la modernidad. Un confluir  de historias, de momentos que narran vivencias que ocupan con sentido las plazas mitificandolas. Desde las tinieblas de las cuevas hasta el confluir de los ríos hacia el mar donde la luz asomaba.

El olor de la sal impregnado en los poros de la piel, esas manos que arrugadas colgaban el pescado en aquellos hilos de piel de mamut junto a aquel hueco que en la arcillosa pared de la montaña parecía la entrada a su habitáculo.

Colgaban sus senos agrietados sobre su abdomen que en adelgazado avance parecía un desnutrido costillar cubriendo su monte de venus una delgada, áspera piel, que parecía, posiblemente envejecida por el paso del tiempo.

Contrastaban sus musculosos brazos y piernas con el resto de su exoesqueleto, que apenas parecía mantenerse firme mientras realizaba sus tareas.

De su cintura colgaba lo que parecía un ancho cinturón con bolsillos de los que sacó algo que sostenía firmemente en su puño cerrado y que tras colocar sobre una hendidura que había en la pared comenzó a arder suavemente justo en el mismo momento en que la noche caía en ese abismo donde todos ellos coabitaban con sus sombras y que ella para evitar su presencia dibujaba, cada cambio de luna en la pared, aquellos extraños símbolos.

Una negra  y abundante caballera caía sobre su espalda, rizos que adornaban aquel enigmático rostro que en aquel momento se reflejaba en las aguas que bajo sus pies quedaban. Sin apenas profundidad eran el lugar donde los renacuajos se criaban y por tanto una fuente de alimento, aunque solo durante unos días, después si el sol aparecía de nuevo, todo quedaría convertido en un seco y  profundo abismo, donde los primeros  días entre el barro, algunos diminutos insectos seguirían siendo, sus únicos aunque sabrosos, nutrientes.

@María José Luque Fernández

Novela que comenzó a ser de escrita, en un atardecer, en la ciudad de Salamanca en unos fríos días de diciembre de 2024 (registrados los derechos de autor;en el Registro de la Propiedad Intelectual)

 


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