Desde la terracita de mi apartamento en San Agustín, vi cómo descendían al parecer plácidamente unos cuantos paracaidistas militares ejercitándose, no muy lejos, sobre las dunas de Maspalomas.
El avión se fue, ellos, supongo que llegaron al suelo, yo terminé el café y ya está. Sin embargo debió quedarme como un come-come por ahí porque cuando lo comenté con unos amigos, uno de ellos se ofreció a presentarme a quien practicaba paracaidismo por deporte “por si te apetece probar” dijo y yo quedé entre no tener el menor interés y bueno por qué no.
Unos días más tarde, la cita con el paraca quedó concertada. Me explicó todo lo que creyó que yo debía saber, incluido su número de saltos con la coletilla de “y ni un sólo problema”
Resumiendo: Fui invitado a probar. “Tú, no tienes que hacer nada. Te damos un paracaídas perfectamente preparado y ni tirar de la anilla: Te sientas en el borde de la puerta de la avioneta, saltas y él se abre sólo…. No te preocupes, no es zona de vientos y no vas a ir a ninguna parte que no sea el suelo” Ya, el suelo, pensé yo con un uf-glups atragantado
Por aquella no se usaba el salto en tamdem, o sea, con un monitor que salta contigo, se ocupa de todo y tú sólo disfrutas -o lo que sea- de la experiencia.
Acepté. Tres semanas después estaba sentado en el borde de la puerta de una avioneta, con el paracaídas puesto, un traje lleno de correas, el casco…. Observé lo que hacían quienes saltaron antes que yo: Ayudarse de un asa enorme que había junto a la puerta, sentarse -en el lugar donde yo estaba en ese momento- tomar impulso en un estribo y… quedé para el penúltimo lugar, justo antes de mi anfitrión que había decidido, creo que lógicamente, saltar detrás de mí. Una vez afirmado al asa de junto a la puerta, —mirando aquellos puntitos de colores allá abajo, como dos kilómetros más abajo— mi mano quedó como soldada a él, muy encariñada, como la tabla del náufrago o así…. Sé que le dije a mi anfitrión que cómo íbamos a dejar que el piloto regresase solo, que no me parecía bien después de lo amable que había sido al llevarnos hasta allí…. Excusas entre simpáticas y ocurrentes para no saltar.
El amigo de mi amigo se mostró comprensivo. Negoció con el piloto que diera otra vuelta para saltar él después de ayudarme a desprenderme del equipo y explicarme cómo cerrar la puerta una vez que él hubiera saltado.
El piloto, asegurándome que, junto con él, era el único cuerdo que se había subido aquel día a su avión, me invitó a sentarme a su lado, mucho más cómodo que en los sentajos de atrás, dimos una vuelta para ver la bajada del paraca y regresamos al aeroclub.
Unos meses después metía motor y alzaba el morro en mi primer despegue, como alumno, a los mandos de una Piper Tomahawk, “la tomasito” Pero esa es otra historia.
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