martes, abril 7 2026

Epicentro de Scarlet G. Cabrera

Antes.
Cuando no había nacido el nudo
la excusa
ni la red de telarañas privatizando
a la libertad.
Previa a mí misma
detrás de la moraleja
apretada a la fábula
episodio de almas
y sed.
Nació el fuego.
Mi pureza hizo hogueras
vi incinerarse al tiempo
al holograma de mi sombra
a mis cómodas huellas comprometidas.
De sus cenizas, renací,
atada al epitafio del sin fin.
Vestí a mi piel con el aforo
de todos mis fantasmas
desnudé sus bocas uniformes
y las besé con bríos distintos
unidad hilando constelaciones
cimas y poemas.
Cargué mi cruz
—no había templo, fe o castigo
simbólico lazo desamarrando
a la condena impuesta
del no ser auténtica
del no creer en mi revelación.
Me hice halo
sostuve a la columna
de mis sueños azulados
clamaban por mi revolución
—sentí su vida
eran latidos, volándome.
Incierta y sin veredas
dudé tanto que desaparecí.
Desperté acunada
en mi propio vientre
iniciación del viaje hacia el silencio
enmudecida de prisa
evaporada.
Olvidé la persecución mis esclavos
—miedos, culpas, fachadas…—
objetando a la inaceptable obligatoriedad
guerra civil ansiosa por domesticarme.
Icé una vela inútil y consumida
solitaria silueta de cera
espanto desesperado por excluirme
del festín de los insolentes.
Descubrí la ternura
el amor intacto
la belleza inimaginable
la inmortalidad.

—¿Sabes qué sueñas si estás soñando?—

La voz más hermosa, declamaba.
Sus ojos de lunael ritmola cadencia de su alborada.
Desde el temblor del sonámbulo
mi garganta se desgarró
—tan asustada, hui delirando—
me avergonzó temer/temer/temer
retornar a la servidumbre de mi psique
larva dividida, persiguiéndome
metamorfosis demente
acunándome entre espejos ciegos. 
Me encerré nuevamente y llorando, 
enfrenté al sótano y lo destrocé. 
Epicentro.

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