El título bien podría resultar de la aplicación de la paradoja del mentiroso al contexto político. Si el líder de algún partido compareciese en rueda de prensa y se expresase en estos términos se le tacharía de insensato, aunque, visto lo visto, podría resultar un buen primer paso, pues, en cualquier caso, resultaría una muestra de honestidad. Si fuese veraz tendríamos delante alguien de confianza a pesar de su discordante declaración. Si por el contrario estuviese recurriendo a la falacia se trataría de una persona creíble ya que negaría la proposición. Por tanto, en cualquiera de estos casos podríamos confiarnos y dejarnos llevar por un individuo digno de confianza en cualquiera de los supuestos. A estas contradicciones lógicas se dedicaba Eubúlides de Mileto haciendo de este tipo de sentencias que se niegan a sí mismas un referente para los juegos dialécticos. Por supuesto, la vinculación entre la mentira y la política viene de lejos y esta paradoja del mentiroso ofrece múltiples posibilidades para la reflexión y para la conexión con la gestión de la comunidad.
La ciencia política nace, o más bien la crítica filosófica le atribuye su nacimiento, con Maquiavelo. En su Príncipe se abre la puerta al análisis frío y fenoménico de los hechos sociales en relación al liderazgo social. El florentino tenía claro cómo orientar al príncipe, pues no albergaba dudas en relación a la naturaleza humana y las necesidades de aquellos situados en lo más alto de la jerarquía social. Con todo, fueron necesarios unos dos mil años de cavilación sobre estas cuestiones para alcanzar el punto de vista descarnado y directo del italiano. Para los filósofos clásicos, como Platón y Aristóteles, la moral y la ética estaban incluidos en el liderazgo. Quizás la concepción del cosmos griego en relación a la polis como pequeña unidad estatal en la ciudadanía estaba comprendida, en mayor o menor medida, en lo político y por esto se empujaba la reflexión hacia nociones en sintonía con el bien común. Estaba claro para el griego que el destino colectivo incluía el individual y que todos los habitantes estaban vinculados a un tipo de sistema frágil y sujeto a las veleidades de la fortuna.
La mentira ya era conocida como herramienta para el triunfo en la arena política. Como ejemplo, se podría mencionar a Homero y su visión sobre Aquiles, hábil y astuto por medio del engaño, o el Caballo de Troya promovido por los aqueos como ardid para acabar con el conflicto. Por tanto, no era un recurso desconocido por mucho que desde el pensamiento clásico se procurase empujar a modelos fundados en la pureza. Aun así, también en esto pueden encontrarse excepciones dado que los sofistas, coetáneos de Sócrates y Platón, tenían claro que el triunfo se lograba por medio de la persuasión y los juegos lingüísticos ventajistas. En la asamblea no triunfaba la verdad, sino el argumento más sólido que no siempre se vinculaba a lo real.
El hecho de que la mentira campa a sus anchas por el terreno de lo común es una evidencia. Sería necesario mencionar a comunidades pietistas como los cuáqueros, condicionados por un rigorismo ético muy exigente, para mostrar el rechazo frontal a la falsedad en cualquier ámbito. Para el resto de casos, y en sintonía con el realismo político maquiavélico, es posible señalar innumerables ejemplos del modo en el que se ha aceptado la hipocresía como recurso lícito e incluso necesario. Para muestra la política de manos sucias representada en la obra de Sartre o analizada desde una perspectiva más ensayística por Michael Walzer. En este sentido, cabe destacar nociones como la razón de Estado, que supedita cualquier acción a las necesidades de la colectividad entendida, claro está, bajo la mirada del liderazgo de turno. No obstante, y con independencia de los fines propuestos y las acciones a lograr para lograrlo, el político sabe que se trata de una forma de actuación inmoral, pero requerida para la consecución de los bienes absolutos estimados como rectores; así actuaba el totalitarismo clásico en todas sus vertientes, pues se entendía un llamamiento desde un orden superior, que podía ser la naturaleza en el caso nazi o la historia para el estalinismo. Cualquier consideración adicional o toma de conciencia sobre lo individual quedaban sepultadas bajo el peso de lo absoluto. La idea, pues, ha sido un vehículo para la represión y el terror en todas sus formas dogmáticas. Algo que, por supuesto, se aleja de una verdadera consideración reflexiva y crítica, pues solo desde la dialéctica de opuestos se posibilita la consecución de un contraste para enriquecer el resultado final.
La actualidad nos devuelve una imagen de lo político en la que supuestamente rige lo decoroso. Ningún político con deseos de perpetuar su carrera mencionaría la frase con la que se abre este escrito. Más bien al contrario, se necesita una lectura entre líneas para discernir lo veraz de lo falaz o, como viene pasando en los últimos tiempos, dejar que las cosas caigan por su propio peso, pues si algo tiene el mentiroso es que suele acabar retratado; nos topamos aquí con otra paradoja dado que un embustero al que no se le pille puede pasar por virtuoso durante toda su trayectoria e incluso pasar a la memoria compartida como alguien digno de alabanzas. Ahora bien, y partiendo de la inexcusable necesidad de mentir por cuestiones de seguridad nacional o temas aparentemente peliagudos, sorprende la relación con la patraña de nuestra clase política. Lejos de reservar este recurso para momentos de crisis profunda en la que no queda otra salida, tenemos representantes que comienzan su andadura cabalgando sobre la farsa. En este caso, suelen resultar trayectos cortos y marcados por la ignominia, pero no por esto es menos chocante que alguien se acoja a esta posibilidad sin ningún tipo de mesura. ¿Será esta inclinación una pasión irrefrenable para algunas naturalezas? ¿Estaremos hablando de personas incapacitadas para la vergüenza? ¿Será un síntoma del tiempo presente? Dudo que este sea un problema actual, pero se me antoja como extraordinaria esta dejadez para con los demás y para el desempeño de un cargo público. Quizás la normalización de estas disposiciones sea el problema y, por tanto, no debiéramos contentarnos como colectivo con esta falta de moral.
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