Dicen que estamos viviendo la mejor época de la historia. Que nunca habíamos tenido tanto acceso a la información, a la tecnología, a las oportunidades. Que somos libres, modernos y conectados. Claro, conectados como tostadoras al Wi-Fi, con el alma en modo avión y el cuerpo en piloto automático.
Por momentos, da la impresión de que dejamos de vivir para dedicarnos, con admirable disciplina, a resistir. No hay bombas cayendo, ni terremotos que partan la ciudad en dos. No. Esto es mucho más civilizado: una catástrofe silenciosa, administrada con eficiencia neoliberal. Una especie de guerra fría contra uno mismo. Las alarmas no suenan en las calles, pero retumban en el pecho. Palpitaciones en la caja del supermercado, náuseas frente a una fila de trámites infinitos, sudor frío al enfrentar una clase donde los alumnos ya no escuchan ni miran, pero pueden grabarte en 4K mientras te ignoran con estilo.
La ansiedad, nos dicen los entendidos, es una reacción natural frente al peligro. Solo que ahora el tigre no está en la selva, sino en la cuenta corriente. El acecho no viene con garras, sino con notificaciones. ¿Y si no es peligro lo que sentimos, sino el vértigo de haber convertido la rutina en campo de batalla? Respiramos con dificultad, no por falta de oxígeno, sino por exceso de incertidumbre. Pero tranquilos, que todo es normal. O eso dice el coaching.
La modernidad, ese monumento al progreso, nos ha regalado maravillas: el consumo como identidad, la tarjeta de crédito como familia extendida, el gato como vínculo emocional y la maternidad/paternidad como temeraria aventura financiera. Los hijos ya no se tienen por amor, sino por inconsciencia o lujo. Total, ¿quién necesita un legado cuando tienes un buen plan de datos?
Los mayores —esos que alguna vez creyeron en la jubilación— calculan con precisión quirúrgica que no habrá suficientes jóvenes para sostener sus pensiones. Pero no hay que alarmarse: siempre se puede invertir en criptomonedas o en suplementos de colágeno. La población envejece, pero sigue votando con la fe de que alguien arreglará esto desde un estudio de televisión. Los abuelos aprietan sus recetas médicas como quien sostiene una entrada al Edén… solo que, en esta versión, la puerta está cerrada por falta de stock.
Y los jóvenes… bueno, los jóvenes bailan en TikTok mientras el planeta arde. No porque sean frívolos, sino porque les vendimos un mundo en ruinas con filtros bonitos. Aprendieron que la economía se resume en un reel y que, si no monetizas tu ansiedad, estás perdiendo tiempo valioso.
¿Ansiedad? No, por favor. Es solo el nuevo lenguaje del cuerpo. Un dialecto fisiológico que le dice a la mente que se prohíbe pensar: que algo está podrido y no es en Dinamarca. Que confundimos velocidad con evolución, conexión con afecto, y productividad con valor. Que vivir se volvió un trámite, y el propósito, una palabra sospechosa.
La política, mientras tanto, se convirtió en un reality show. Un espectáculo donde lo importante no es gobernar, sino mantener el rating, es decir el tiempo que una coalición pretende estar en el poder para mantener a sus adherentes y afiliados.
La educación, ese antiguo motor del pensamiento, es ahora una burocracia decorativa, en la que se venden los títulos al precio de lo que cuestan dos años extras de carrera. La salud, un lujo escaso disfrazado de derecho. Y nosotros, ciudadanos multitarea, aplaudimos desde la platea mientras pagamos con tarjeta cuotas de nuestra propia desilusión.
Pero ojo, no hay que ser pesimistas. Hay apps de meditación, cursos de mindfulness y gurús que, por una módica suma, te explican cómo ser feliz mientras el mundo se derrumba. Porque en esta vida, lo importante no es cambiar el sistema, sino adaptarse con una sonrisa.
No se trata de volver al pasado —que también tenía lo suyo— sino de recuperar algo que suena casi revolucionario: el derecho a vivir con sentido. A no correr todo el día como hámsteres ansiosos en una rueda que ni siquiera elegimos. Porque si no lo hacemos, la ansiedad dejará de ser síntoma para volverse norma. Y entonces, sí, ya no hará falta preguntarse qué quedó de nosotros. La respuesta será simple: nada. Pero eso sí, muy bien etiquetado, en alta definición y con buena conexión a internet.
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