Isabel Capítulo 6 por Gocho Versolari

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Isabel tosió varias veces antes de hablar. Pasó la lengua por su  paladar  quitando  y tragando la materia  fecal  antes  de articular palabra.
 – ¿Y el asadito q` vamo a comer con la Paca…?
 La interrumpió otro golpe de Carmelo que la arrojó al piso un costado  golpeando con fuerza su brazo y su pierna  contra  el cemento.  El hombre salió de la pieza. La niña volvió a  hacer un ruido extraño y lloró suavemente. Isabel se acercó a  ella. y la acarició.
 –  Hijita: spero que no tengas hambre en tu vida,  que  nunca tengas hambre…
 Salió  al  patio.  Caía el atardecer. La Paca  la  miraba  de lejos. El último golpe de Carmelo le había lastimado la boca y la sangre se mezclaba entre sus dientes con la materia  fecal. La  pierna  y el brazo izquierdo  le dolían, y casi  tuvo  que arrastrarse para caminar hasta la bomba de agua; bajó y  subió lapalanca  con la mano derecha. Se llenó varias veces la  boca de  agua  y la arrojó. Detrás de la bomba había un  envase  de lavandina  vacío; aún quedaba algo en el fondo. Lo  llenó  con agua  y  lo bebió. Seguía sintiendo sobre sí la mirada  de  la Paca:  su  casa estaba en un nivel superior, y desde  allí  la contemplaba sonriente, triunfante. Ahora que el vacío se había detenido,  sintió  placer en humillarse  frente a  su  vecina; caminó  apoyada  sobre sus rodillas y sus  manos  para  llegar hasta  la  pieza. El dolor en la pierna había aumentado  y  se desplomó en el piso.
 Se durmió. Soñó con mares de excrementos. El envase de lavandina  que acababa de beber, convertido en  transatlántico,  se bamboleaba en una tormenta de mierda; Isabel trataba de  dominarlo y no sucumbir. La despertó un ruido alarmante. Abrió los ojos  en la oscuridad: era de noche. El ruido provenía  de  la cuna  de la niña. Isabel se levantó: el brazo y la  pierna  le dolían, pero podía soportarlo. En cambio, el hambre, que  otra vez aumentaba desde su estómago, se hacía intolerable.  Ajustó la bomba de luz y se acercó a la cuna: la niña tenía los  ojos abiertos  y  alrededor de sus cuencas y de su boca  se  habían formado aureolas negras; no lloraba, sino que el aire al pasar entre sus labios, producía el leve rugido que la había despertado.
 La  levantó  en los brazos y la acercó a la  luz:  su  lengua negra  asomaba entre los labios resquebrajados y  acartonados.  Quería respirar, pero no podía.
 –  ¡El hospital… ! – exclamó Isabel y salió a la calle.  En el cielo, brillaba una luna completa; para llegar a la avenida debía  recorrer cuatro largas cuadras; además, era tarde y  ya debía haber pasado el último colectivo. Apretó a la niña y  se detuvo  al  pasar junto a la casa de la Paca. Por  un  momento pensó en pedir ayuda, pero la enfermedad de su hija la afectaba  del mismo modo que el hambre: no podía hablar de ella  sin sentir una vergüenza atroz; de golpear en la casa las palabras se le atorarían, diría cualquier cosa y la Paca la escupiría o algo peor.
 Caminó:  en las esquinas no había luz eléctrica, y  resultaba difícil  andar por las calles desparejas llenas de piedras  en punta. La niña volvió a gruñir.
 –  No  se preocupe, mi vida. Corazón; ora la llevo a  que  la vean los dotores.
 Isabel  avanzo como pudo. En cierto lugar,  la calle se  convertía  en un terreno abandonado; las lluvias y el sol de  los últimos  días  habían  hecho crecer los  pastos.  Las  ortigas lastimaron sus tobillos y sus piernas. En medio del vacío  que llegaba de su estómago, creció la angustia por su hija.  Escuchó un nuevo gruñido.
 – Respire, corazón, respire, no se quede sin respirar…
 Llegó  hasta  la  avenida, iluminada por  potentes  faros  de mercurio.  Miró a un lado y al otro:  estaba  desesperadamente solitaria. A lo lejos escuchó el ruido de un motor:  un  automóvil  blanco  se acercó hacia ella a toda  velocidad.  Isabel hizo  señas desesperadas, pero el coche siguió. Caminó un  par de cuadras en dirección al centro. Varios automóviles  pasaron sin responder a sus señas. La cuarta vez que escuchó el motor, se  puso  en el medio de la avenida. El conductor,  al  verla, disminuyó  la  marcha, frenó, asomó la cabeza  y  gritó  algo. Enseguida se desvió y pasó junto a ella para alejarse  siempre a toda velocidad.
 Entre  el vacío que llegaba de su estómago y la ansiedad  por llegar  al hospital, Isabel se sintió como una llaga sobre  el asfalto.  Por  un momento le pareció verse desde  algún  lugar  encima  de  su cabeza: era como un tajo rojo,  hirviente,  del  que surgían sin cesar los gusanos y las víboras.
 Escuchó otro ruido de motor. Esta vez el automóvil se  detuvo junto a ella. Era un taxi.
 – ¿Qué le pasa, señora?
 – Es mi hijita. Quiere respirar y no puede, la pobrecita.
 – Suba que la llevo al hospital.
 – Es que no tengo…
 – Suba, no hay tiempo que perder.
 Isabel obedeció. El hombre condujo con rapidez. Al llegar  al centro  se detuvo en varios semáforos y pocos minutos  después llegaron al hospital.
 – Espere que estaciono en la guardia…
 El taxista ubicó el automóvil en la entrada para coches.
 – Ahora baje y entre por esa puerta vaivén que tiene la  cruz dibujada en los vidrios….
 Isabel  Obedeció  y entró a un pasillo  iluminado  por  neón. Varias  enfermeras  iban y venían. Una de ellas se  detuvo  al verla.
 – ¿Qué le pasa?
 Isabel le alcanzó el cuerpito.
 – Es la niña… no puede respirar.
 Al verla la enfermera retrocedió con un gesto de asco: Isabel no había terminado de limpiarse la materia fecal de la boca  y se había formado una costra alrededor de sus labios. La enfermera tomó la niña y la llevó adentro.
 Isabel  se apoyó contra una de las paredes: las enfermeras  y el personal iban y venían junto a ella y no la miraban.  Cerró los ojos y lloró.
 – ¿Quién es la madre de esta nena?
 Isabel se adelantó y se enfrentó al hombre vestido con  guardapolvo que le había hablado. Detrás de sus anteojos la miraba con severidad.
 – Soy yo, dotor. ¿Hizo respirar a mi nena?
 –  Su  hija está muerta, señora. Murió hace una  hora  mas  o menos. No podemos hacer nada.
 Las  enfermeras  se habían reunido junto a  ella.  Una  mujer policía se acercó y la tomó de un brazo.
 – Venga conmigo
 La llevó hasta la puerta.
 –  No  entiendo lo que decía el dotor. No la  pudieron  hacer respirar…
 – Lo que decía el médico,  es que tu hija está muerta. Que no vive. Ahora debemos esperar el patrullero.
 Isabel  sintió que desaparecían parte de sus hombros y de  su cuello.  El vacío en su estómago era la única realidad.  Había crecido  hasta  formar parte de un universo completo.  Era  un espacio acerado, gris, como la avenida vacía por la que  había llegado.
 –  De haberla traído un poco antes se hubiera  salvado.  ¿Por qué no lo hiciste?
 Isabel levantó la cabeza y miró a la mujer.
 – Ella está muerta, dice.
– Sí, está muerta, los médicos no pudieron hacer nada.
 – Señora, le quiero hacer una pregunta.
 – Te escucho.
– Si mi hija está muerta, ¿va a sentir hambre alguna vez?
@Gocho Versolari
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