Isabel tosió varias veces antes de hablar. Pasó la lengua por su paladar quitando y tragando la materia fecal antes de articular palabra.
– ¿Y el asadito q` vamo a comer con la Paca…?
La interrumpió otro golpe de Carmelo que la arrojó al piso un costado golpeando con fuerza su brazo y su pierna contra el cemento. El hombre salió de la pieza. La niña volvió a hacer un ruido extraño y lloró suavemente. Isabel se acercó a ella. y la acarició.
– Hijita: spero que no tengas hambre en tu vida, que nunca tengas hambre…
Salió al patio. Caía el atardecer. La Paca la miraba de lejos. El último golpe de Carmelo le había lastimado la boca y la sangre se mezclaba entre sus dientes con la materia fecal. La pierna y el brazo izquierdo le dolían, y casi tuvo que arrastrarse para caminar hasta la bomba de agua; bajó y subió lapalanca con la mano derecha. Se llenó varias veces la boca de agua y la arrojó. Detrás de la bomba había un envase de lavandina vacío; aún quedaba algo en el fondo. Lo llenó con agua y lo bebió. Seguía sintiendo sobre sí la mirada de la Paca: su casa estaba en un nivel superior, y desde allí la contemplaba sonriente, triunfante. Ahora que el vacío se había detenido, sintió placer en humillarse frente a su vecina; caminó apoyada sobre sus rodillas y sus manos para llegar hasta la pieza. El dolor en la pierna había aumentado y se desplomó en el piso.
Se durmió. Soñó con mares de excrementos. El envase de lavandina que acababa de beber, convertido en transatlántico, se bamboleaba en una tormenta de mierda; Isabel trataba de dominarlo y no sucumbir. La despertó un ruido alarmante. Abrió los ojos en la oscuridad: era de noche. El ruido provenía de la cuna de la niña. Isabel se levantó: el brazo y la pierna le dolían, pero podía soportarlo. En cambio, el hambre, que otra vez aumentaba desde su estómago, se hacía intolerable. Ajustó la bomba de luz y se acercó a la cuna: la niña tenía los ojos abiertos y alrededor de sus cuencas y de su boca se habían formado aureolas negras; no lloraba, sino que el aire al pasar entre sus labios, producía el leve rugido que la había despertado.
La levantó en los brazos y la acercó a la luz: su lengua negra asomaba entre los labios resquebrajados y acartonados. Quería respirar, pero no podía.
– ¡El hospital… ! – exclamó Isabel y salió a la calle. En el cielo, brillaba una luna completa; para llegar a la avenida debía recorrer cuatro largas cuadras; además, era tarde y ya debía haber pasado el último colectivo. Apretó a la niña y se detuvo al pasar junto a la casa de la Paca. Por un momento pensó en pedir ayuda, pero la enfermedad de su hija la afectaba del mismo modo que el hambre: no podía hablar de ella sin sentir una vergüenza atroz; de golpear en la casa las palabras se le atorarían, diría cualquier cosa y la Paca la escupiría o algo peor.
Caminó: en las esquinas no había luz eléctrica, y resultaba difícil andar por las calles desparejas llenas de piedras en punta. La niña volvió a gruñir.
– No se preocupe, mi vida. Corazón; ora la llevo a que la vean los dotores.
Isabel avanzo como pudo. En cierto lugar, la calle se convertía en un terreno abandonado; las lluvias y el sol de los últimos días habían hecho crecer los pastos. Las ortigas lastimaron sus tobillos y sus piernas. En medio del vacío que llegaba de su estómago, creció la angustia por su hija. Escuchó un nuevo gruñido.
– Respire, corazón, respire, no se quede sin respirar…
Llegó hasta la avenida, iluminada por potentes faros de mercurio. Miró a un lado y al otro: estaba desesperadamente solitaria. A lo lejos escuchó el ruido de un motor: un automóvil blanco se acercó hacia ella a toda velocidad. Isabel hizo señas desesperadas, pero el coche siguió. Caminó un par de cuadras en dirección al centro. Varios automóviles pasaron sin responder a sus señas. La cuarta vez que escuchó el motor, se puso en el medio de la avenida. El conductor, al verla, disminuyó la marcha, frenó, asomó la cabeza y gritó algo. Enseguida se desvió y pasó junto a ella para alejarse siempre a toda velocidad.
Entre el vacío que llegaba de su estómago y la ansiedad por llegar al hospital, Isabel se sintió como una llaga sobre el asfalto. Por un momento le pareció verse desde algún lugar encima de su cabeza: era como un tajo rojo, hirviente, del que surgían sin cesar los gusanos y las víboras.
Escuchó otro ruido de motor. Esta vez el automóvil se detuvo junto a ella. Era un taxi.
– ¿Qué le pasa, señora?
– Es mi hijita. Quiere respirar y no puede, la pobrecita.
– Suba que la llevo al hospital.
– Es que no tengo…
– Suba, no hay tiempo que perder.
Isabel obedeció. El hombre condujo con rapidez. Al llegar al centro se detuvo en varios semáforos y pocos minutos después llegaron al hospital.
– Espere que estaciono en la guardia…
El taxista ubicó el automóvil en la entrada para coches.
– Ahora baje y entre por esa puerta vaivén que tiene la cruz dibujada en los vidrios….
Isabel Obedeció y entró a un pasillo iluminado por neón. Varias enfermeras iban y venían. Una de ellas se detuvo al verla.
– ¿Qué le pasa?
Isabel le alcanzó el cuerpito.
– Es la niña… no puede respirar.
Al verla la enfermera retrocedió con un gesto de asco: Isabel no había terminado de limpiarse la materia fecal de la boca y se había formado una costra alrededor de sus labios. La enfermera tomó la niña y la llevó adentro.
Isabel se apoyó contra una de las paredes: las enfermeras y el personal iban y venían junto a ella y no la miraban. Cerró los ojos y lloró.
– ¿Quién es la madre de esta nena?
Isabel se adelantó y se enfrentó al hombre vestido con guardapolvo que le había hablado. Detrás de sus anteojos la miraba con severidad.
– Soy yo, dotor. ¿Hizo respirar a mi nena?
– Su hija está muerta, señora. Murió hace una hora mas o menos. No podemos hacer nada.
Las enfermeras se habían reunido junto a ella. Una mujer policía se acercó y la tomó de un brazo.
– Venga conmigo
La llevó hasta la puerta.
– No entiendo lo que decía el dotor. No la pudieron hacer respirar…
– Lo que decía el médico, es que tu hija está muerta. Que no vive. Ahora debemos esperar el patrullero.
Isabel sintió que desaparecían parte de sus hombros y de su cuello. El vacío en su estómago era la única realidad. Había crecido hasta formar parte de un universo completo. Era un espacio acerado, gris, como la avenida vacía por la que había llegado.
– De haberla traído un poco antes se hubiera salvado. ¿Por qué no lo hiciste?
Isabel levantó la cabeza y miró a la mujer.
– Ella está muerta, dice.
– Sí, está muerta, los médicos no pudieron hacer nada.
– Señora, le quiero hacer una pregunta.
– Te escucho.
– Si mi hija está muerta, ¿va a sentir hambre alguna vez?
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