sábado, septiembre 5 2026

EL PRECIO HUMANO DE LA GUERRA EN GAZA by Jorge Zenteno

Donde una bandera está por sobre la vida humana

Esa frase me persigue cada vez que leo sobre Gaza, cada vez que veo las imágenes de niños ensangrentados, de familias obligadas a huir con lo puesto, de hogares reducidos a escombros. No son solo fotografías: son vidas rotas, historias interrumpidas por una guerra que, a fuerza de repetirse, amenaza con volverse paisaje habitual en las noticias.

En medio de discursos ideológicos, estrategias militares y cálculos geopolíticos, los seres humanos quedan atrapados en una maquinaria de violencia que no distingue entre culpables y víctimas. En ese engranaje impersonal, el dolor se vuelve estadística y las lágrimas, un recurso olvidado. Pero detrás de cada cifra hay un nombre, un rostro, una voz que no volverá a escucharse.

Creo que los acuerdos deben cumplirse, aunque ello implique ceder. Ambas partes lo han hecho en distintos momentos de la historia. La experiencia nos demuestra que la paz no se construye sobre la imposición, sino sobre la negociación. En el caso del conflicto israelí-palestino, los Acuerdos de Oslo ofrecieron una vía concreta para el entendimiento: un marco imperfecto, pero capaz de abrir un camino hacia la convivencia. Sin embargo, Hamás —sin consultar ni representar genuinamente al pueblo palestino— quebrantó esos acuerdos de forma unilateral, encendiendo la mecha de una tragedia humanitaria de proporciones devastadoras.

Los informes de organismos internacionales coinciden en acusar a Hamás de utilizar a la población civil como escudo humano, instalando infraestructura militar en áreas densamente pobladas. Esta táctica, más que proteger, convierte a los palestinos en rehenes de una estrategia que busca presionar a la comunidad internacional a través del sufrimiento de su propio pueblo. A ello se suma la toma de rehenes israelíes, que agrava el drama humano y alimenta el ciclo de represalias. Así, los palestinos no son solo víctimas de un conflicto con Israel: también lo son de quienes, en nombre de su causa, los exponen a la muerte.

Separar las causas políticas del sufrimiento humano es una tarea moral ineludible. Las víctimas son víctimas, sin importar su nacionalidad, religión o color de piel. Ayudarlas no debería depender de quién “tenga la razón” en el conflicto, sino de un principio ético universal: proteger la vida. Ni una bandera, ni un himno, ni una causa pueden justificar el abandono de un niño herido o el silencio ante una madre que llora a su hijo.

Para entender que existen alternativas, basta mirar la historia. Estados Unidos adquirió California y Luisiana mediante acuerdos que, aunque cuestionables desde la perspectiva de la justicia histórica, evitaron un conflicto bélico prolongado. Se establecieron nuevas reglas, se aceptaron cambios, y aunque hubo tensiones, no se perpetuó una guerra. ¿Por qué no aplicar el mismo principio en Palestina? Si ya hubo cesiones, si ya se firmaron acuerdos, ¿por qué insistir en la destrucción mutua?

La guerra en Gaza no puede explicarse únicamente desde la geopolítica o la religión. Es, ante todo, una tragedia humana que desnuda la fragilidad de nuestra capacidad de empatía. Mi postura es clara: los acuerdos deben cumplirse, incluso si eso implica renunciar a ciertas demandas. Hamás ha roto esos acuerdos, y su estrategia ha convertido a los palestinos en escudos humanos. Pero nada de eso debería impedirnos ver a las víctimas como lo que son: seres humanos que merecen ayuda, protección y dignidad.

La historia nos ofrece ejemplos de resolución pacífica. El presente nos exige aprender de ellos. Porque la paz no será fruto de una victoria militar, sino del coraje de poner la vida por encima de cualquier bandera.


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