domingo, septiembre 13 2026

VIOLENCIA Y PODER CONTRA LA MUJER EN «UN AMOR», DE SARA MESA. Por Paula Barba del Pozo

 

Un amor fue valorada como mejor novela del año 2020 por varios medios nacionales. A pesar de los indudables méritos que le achacan, creo que Sara Mesa escribe una novela admirable por toda la simbología que desprende y en este artículo abordaré uno de los aspectos que más me han llamado la atención cuando me adentré en ella: las formas de violencia y poder que se pueden advertir por parte de los personajes masculinos hacia la joven protagonista.

Nat, traductora, se muda a La Escapa, un pequeño pueblo donde alquila una casa prácticamente desvencijada, llena de goteras y problemas. Serán precisamente estos desperfectos los que la obliguen a mantener una relación que desde el comienzo se torna hostil con su casero. La afinidad con el resto de la comunidad de vecinos tampoco es mayor, pues está marcada por una profunda incomprensión que derivará en la soledad de la protagonista, una constante para la reflexión durante toda la obra. Precisamente esta soledad se puede advertir desde la propia portada de la novela, en la que Sara Mesa crea un diálogo interartístico muy apropiado con Gertrude Abercombrie, la autora del cuadro que se erige en ella, Girl Searching. Dos motivos se extraen de la pintura de la artista estadounidense: la soledad y el mundo exterior como amenaza, ambos recogidos por Mesa en la novela y a los que ella añade la inhabitabilidad de la propia casa. De esta forma, el espacio seguro por excelencia también expulsa a la protagonista, amplificando la soledad que venía comentando.

Dentro del ambiente en el que se desarrollan los hechos, me interesa especialmente la relación de Nat con el casero y la que la mujer establece con el hombre al que todos llaman el alemán, relaciones de violencia y poder respectivamente. Para definirlas mejor, me parece importante apuntar que al hablar de poder me baso en la definición de Foucault: poder como red que entreteje la sociedad. Todos ejercemos poder sobre otros y para que el poder sea tal dice Foucoult que debe darse sobre un sujeto actante, es decir, sobre alguien del que esperemos una reacción. Siendo así, sin libertad de acción no hay poder, ya que es la condición indispensable de este. No se trata, por tanto, de coartar al dominado, sino de ejercer una influencia sobre él que repercuta en su acción. Si por el contrario se niega el campo de acción del sujeto, lo que se da es una relación de violencia, precisamente la que se establece entre Nat y su casero. De esta manera, el casero no espera de Nat ninguna respuesta. A lo largo de la novela podemos observar que todas sus interacciones con ella sirven exclusivamente para remarcar su dominación, la cual se sustenta, como toda violencia, en la desigualdad. Esta desigualdad se basa en una lógica androcéntrica que Sara Mesa hace muy visible en este personaje, por la cual, a cuanta más dominación, más masculino. Por lo tanto, la violencia que se ejerce por parte del casero es violencia de género, pues se vale de una presunción interiorizada, que carece de lógica racional, de sentido, al fin y al cabo, pero que sí cuenta con una legitimización histórica, que llamamos patriarcado. Mesa demuestra su maestría a la hora de integrar este tipo de violencia en la novela creando una escala en aumento que parte de la violencia sutil, basada en un lenguaje no verbal, hasta los comentarios más degradantes que acaban en un intento de violación física.

Por otra parte, encontramos la extraña relación que se forja entre el alemán y Nat. Con una personalidad introspectiva y rezagada, en uno de los momentos del libro el hombre le hace una proposición a la joven que la deja (y al lector también) desconcertada: le ofrece arreglarle las goteras a cambio de sexo. Sara Mesa vuelve a tratar este pasaje con la ambigüedad propia del pensamiento humano y más concretamente con la duda que genera la moralidad. Así pues, volviendo a Foucault, tendríamos una relación de poder en tanto que se dirige a un sujeto del que sí espera una respuesta, pero además este sujeto está condicionado por la necesidad. Nat no quiere, bajo ningún concepto, volver a encontrarse con su casero, así que aceptar la propuesta del alemán sería un mal menor y eso él lo sabe. Por lo tanto, se trata de un pasaje complejo en el que se reflexiona sobre el dinero, hasta dónde puede llegar el término prostitución y sobre si se podría determinar como libre una elección apremiada por la necesidad. No es menos cierto que cualquier lector de Mesa podría solventar esta pregunta respondiendo que Nat, en un pasaje posterior, es la que lo busca a él, quiere otro encuentro. Pero pienso que el hecho de que haya decido cambiar su relación de necesidad al deseo no quita que ese primer encuentro (en el que me he centrado) haya estado condicionado y que, por tanto, haya habido una relación desigual entre ellos.

Sara Mesa, autora de la novela

Las relaciones interpersonales cambian y se reestructuran, las personas no somos figuras de cartón piedra con una función definida y eso Sara Mesa lo sabe a la perfección, por eso sus personajes tampoco lo son y mutan conforme al desarrollo. La madrileña crea una novela cargada de interrogantes, de simbolismo y de respuestas plurales que solo tienen confirmación en la propia conciencia del lector.


 

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es img_0727.jpegPaula Barba del Pozo (Villablino, León. 2002).


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