El frío del agua cortaba la circulación de sus pies pero mantenía su cabeza, su mente y su cuerpo en aquella playa de brillante arena.
Los minutos en el reloj iban pasando pero en su mundo nada se movía salvo las olas que acariciaban sus rodillas.
Poco a poco sus pies, aclimatados con el océano Atlántico comenzaron a caminar, lentos pero seguros.
El agua mojaba sus caderas, su ombligo y sus erizados pezones. Sus manos, aún fuera del agua queriendo tocar el cielo, se aproximaron lentamente a sus gafas de bucear colocándolas en su mirada perdida en la profundidad de aquel océano.
Una bocanada de aire le hizo dar el último paso y sumergirse en la salinidad del fluido.
El helador líquido congeló su frente al instante, pero no sus ideas ni sus sentimientos.
Ahora se sentía bien, se sentía feliz, se sentía con él.
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