Soy Fricka – La mujer de la luna – 1er fragmento por Gocho Versolari

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Todas las mujeres somos una mujer azul que se tiende entre la luna y la tierra y flota en el cielo. Siempre está desnuda, dormida y reclinada. A veces la vemos brillar en las madrugadas y nuestros corazones se calientan al reconocernos en ella.

El espacio sublunar es el que queda entre la luna y la tierra. Surcado de pozos, de trampas para el viajero y de demonios resbaladizos, los hombres desde la tierra lo ven como un tramo liso, sin accidentes. Sólo las mujeres podemos ver como se pliega el aire, como la brisa se vuelve cenicienta, envejecida, cansada.

Transito el espacio sublunar todas las noches hasta llegar junto a ti. Me esperas Matilde en la terraza del edificio, con las manos abiertas, vestida con la azul ropa litúrgica y la herida abierta junto a tu ojo derecho. Una herida con forma de rayo por donde me deslizo y me apodero de tu sangre, tu carne y tus huesos. Con ellos volaré durante toda la noche.

Todos te consideran loca. Con tus ojos alucinados, miras sin ver las cosas y la gente. De no ser por Sara, ya te hubieran empalado. Sufres la tiranía de Emilio, tu marido. ¿Recuerdas el país de la selva? Cuando eras muy joven te enamoraste de él. Alto, joven, atractivo. Querías tener hijos sanos, una casta de guerreros decía él, que combatan las injusticias del mundo.

El primer golpe llegó cuando huían, en medio de la selva, de los peligros. Tú marchabas detrás. Le preguntabas cuanto faltaba, le pedías agua. En ese entonces no estabas loca. El no te prestaba atención y le tiraste de la mochila. Entonces se volvió hacia ti y con la mano abierta te golpeó la cara.

El primer golpe no tiene la carga de odio, de destrucción, de rabia que tienen los otros. El primer golpe a veces es tímido y no destruye. Los golpes se acumulan uno tras otro. No importa el hecho físico de la fuerza que se utilice. El Primer golpe produce desesperación. El último puede causar la muerte.

Te quedaste parada mirándolo, Matilde. Lo que más te espantó fue el silencio que siguió al golpe. Quizá un par de segundos en los que él te miró fijamente. Alrededor los pájaros cantaban, una serpiente se deslizaba por el tronco de un árbol, los mosquitos revoloteaban junto a tu cara. En ese silencio luego del golpe, cambiaba el mundo.

Te ordenaron que siguieran y lo hiciste, mientras la sangre bajaba de tu nariz como una fina serpiente tenue, apasionada, caliente.

Esa noche durmieron al sereno y tú miraste la luna. Fijamente. Toda la noche. Pediste ser una mujer de la luna, pediste ser tenue y fuerte, alada y terrestre. Yo te escuché Matilde y unos días después cuando se entregaron a una patrulla del ejército, me presenté en la churubuata donde dormías. Vestida de blanco, descalza y rodeada por un resplandor azul. Te expliqué que irías a Ciudad Románica y que yo te visitaría durante las noches para que voláramos raudamente. Durante mucho tiempo nuestros ojos serían testigos. Mirarían el castigo y la muerte de muchas mujeres. Luego, cuando el tiempo estuviera maduro, intervendríamos.

La ciudad románica se tiende debajo de nosotros. Iluminada por la luna, parece una mujer tenue, blanca, recostada, con un brazo pasando por su cabeza y el otro cayendo a un costado. Puedes ver sus senos en las colinas que se levantan en el centro. Puedes ver la sombra de su pubis en el triángulo de oscuridad que se abre al sur. Matilde todas las noches recorremos la ciudad que es una mujer donde las mujeres de carne y hueso sufren y mueren en medio de islas de cinabrio.

Cuando te tomo, Matilde, nos abrazamos. Yo, la mujer de la luna. Tú, la mujer de la tierra. Ambas sintiendo en nuestras carnes la mano que golpea.

La noche está llena de marmitas resplandecientes, que arden desde sus bases. Nadie ha colocado agua en ellas y sin embargo bullen. Nadie ha encendido el fuego que las quema. Arden en ellas el odio, el dolor, la rabia. Arden.

En el sudeste, los monjes de los edificios se levantarán con la aurora y marcharán hacia la colina. Descalzos, recorrerán el sendero circunvalar que rodea el centro y allí intrigarán, harán listas negras, donde figuren nombres de traficantes, monjes y pedicuros.

Las Descalzas del Centro también se levantarán al amanecer y harán los ejercicios para fortalecer sus pies ante el castigo al que pueden ser sometidas durante el día.

Muchas mujeres comunes, normales, se despertarán con el sentimiento de pesar que les produce un día más. Sus rostros estarán cubiertos de cardenales, algunas tendrán sus huesos rotos o profundas heridas que deberán curar con oración y árnica casera. Finalmente algunas no despertarán. Monjes vestidos de negro retirarán discretamente sus cadáveres golpeados hasta el límite mientras sus maridos se marchan buscando nuevas mujeres a las que golpear.

Ahora Matilde, la ciudad es una fuente de colores. Donde ves el amarillo, hay gente que sale de la noche. Que recorre los lugares nocturnos que se abren en el oeste de la ciudad. Allí se trafica droga y cierto tipo de medias que simulan la carne y que impiden advertir a simple vista si alguien está descalzo. Están prohibidas y por eso las trafican. Se sabe que trafican alimentos que no se consiguen y también mujeres. Mujeres que no sólo se prestan al sexo, sino a los golpes. Delgadas, tenues, cenicientas, esperan que las vengan a llevar, sabiendo que son blanco de los golpes y que la muerte podrá llegar en cualquier momento. A cambio reciben las promesas de un medicamento para su hijo que agoniza, o un pasaje clandestino para trasladarse al País de la selva donde las mujeres no son tan maltratadas. La mayoría muere. Al entregar su cuerpo les pagan con una ilusión que nunca se concreta. Caen en manos de los hombres más crueles, de los peores. Sus cuerpos quedarán tendidos blancos, sin sangre, con la muerte reinando sobre ellos. Serán un expediente cerrado. Todos sabrán quienes fueron sus verdugos, pero nadie dirá una palabra.

Matilde, soy Fricka. Nos conocemos desde hace mucho, diría que desde siempre ya que soy la luna y la luna está en el pecho de cada mujer. Matilde, puedo volar con tu cuerpo y en las noches, cuando es mi vigilia, se produce tu sueño. No sólo vuelo, sino que en cada salto que me empuja por el cielo de la Ciudad Románica, mi fuerza crece, aumenta. En poco tiempo yo sola, con tu carne y tus huesos, podría destruir toda ciudad románica hasta no dejar una piedra sobre la otra. Podría llevar todas las mujeres a la isla que está al oeste y matar a todos los hombres. Mi fuerza no tiene límites. Estas manos, Matilde, pueden acariciar, recoger una brizna brillante sutil de esas que salen por la noche como un resplandor de la luna, o podrían destruir el edificio más grande.

¿Qué ser humano puede volar? Mi vuelo es una mezcla de sueños y fuerza sin límites. Con mi cuerpo surcando la noche, enseño a las mujeres de ciudad románica que mientras sufran deben soñar. Los sueños nos redimen. Los sueños son lo único que se cumplirá a pesar de que en el horizonte sólo aparezca dolor y muerte.

Mira, Matilde. En las zonas más pobres de ciudad románica golpean a una mujer. En las zonas más ricas de ciudad románica, golpean a una mujer. Siempre es un hombre el que rompe los límites de la carne. Los puede romper con un golpe o con una caricia. Ellos en su gran mayoría eligen los golpes. De las caricias surge el embarazo. Surgen los niños, azules y alegres. De los golpes surgen los niños invisibles. Quedamos embarazadas de odio, de humillación y nuestros hijos deambulan pálidos e invisibles atravesando los muros de la tarde.

Matilde, a veces me pides que intervenga. Allí golpean a una mujer hasta dejarla inconsciente; allí está alguien a quien conocerás, Matilde. Roxana pinzón. Su marido ha hecho profesión de no golpear mujeres, incluso se conocieron en un centro en contra del maltrato. Él también la golpeará. El golpe late en el futuro, se está preparando como el huevo de una serpiente. A través de la membrana, puede verse el ofidio y en el momento de salir al mundo, el golpe será una explosión. Más terrible que la de una bomba.

Continuara…

@Gocho Versolari

Escritor, poeta y ensayista
@Imágenes creadas por IA

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