martes, julio 28 2026

Catástrofe por Alberto Morate

El apocalipsis no será nuclear.
La hecatombe no será radioactiva.
La destrucción no tendrá guerra previa,
porque existen dioses
que despertarán violentos
tras milenios de eterno sueño
y dejarán caer su bostezo
como alarido de trampa mortal,
como su afrenta de escarnio y bofetada,
salpicando a toda la humanidad.

El dios de los mares provocará
una gran ola de agua, saliva y babas
que arrasará puertos y pescadores,
gaviotas y pescados,
lanchas y motoras.
El dios de las tormentas soltará
su fulminante eructo,
su abrasador rayo blanco
y arderán todos los árboles
y el planeta se pudrirá estéril.

Desde los abismos más profundos de la tierra
se removerán las capas de minerales
abriendo grietas, precipicios,
tragándose, engulléndose, torturando,
a todas las especies,
a todo ser viviente.
Y los gusanos querrán salir al aire.
Y los pájaros querrán volar más alto.
De las tinieblas se desprenderán
millares de piedras, meteoritos inabarcables
que impactarán sin piedad contra la esfera.
Las estrellas se estrellarán
entre ellas
produciendo chispas de fuego penetrante
que quemarán las pupilas de los topos,
y arderán los ojos de las lechuzas,
y los búhos no recuperarán los suyos.
El viento emprenderá su viaje bailando
al compás de los tifones, vistiéndose
de gala, huracán y turbión,
para saquear aquello que se atreva
a mantenerse en pie hasta el momento.

Lluvia de agua densa, color ocre,
atravesará el aire y los techos
para cubrir de alfombras
de barro y cenagal y lodo
y lagos sin fondo
y pozos sin fin.
Maldeciremos a Dios por ser simplemente mortales.
Antiguos monstruos reencarnarán su alma
y bajo dientes de hectáreas de marfil amarillento
masticarán el mundo hasta desmenuzarlo.
Más de diez plagas asolarán
sin dar tregua
todos los minutos, todos los rincones,
despedazando lo machacado.
Job no tendrá paciencia:
morirá también desesperado, blasfemando.
Noés querrán construir su arca salvadora,
pero ya es tarde,
la madera está podrida,
las carcomas se comen a sí mismas.
Los perros esconden la cabeza entre las patas.
Los niños se suicidan en el vientre de la madre.
Ya nadie se besa,
los labios se caen a trozos
por el calor del sol que se aproxima.
Un silbido agudo, inaguantable, estremecedor,
romperá todos los tímpanos,
perderemos la memoria y el sueño,
los animales abandonarán sus instintos.
Seres ocultos, desconocidos, nunca vistos,
saldrán de sus escondrijos
con los ojos fuera de sus órbitas,
con el terror en sus espaldas,
con la angustia en sus costados,
con la muerte en su frente sudada.
Un hombre tiene en su pecho
grabado el infierno,
la sangre le quema la piel por dentro,
la soledad le ensombrece,
y no entiende, no siente, no ama.
Y nadie habrá tenido la culpa.

Presidentes se reunirán para insultarse
y confesarse los secretos,
las malas conciencias ahora arrepentidas,
para creer querer pensar en el futuro reconstruido,
no habrá consuelo para ninguno.
Espíritus malignos se reirán
de nosotros
aconsejándonos, irónicos, buen sufrir y buen llorar.
Y, por primera vez, todos entenderemos
el mismo idioma
del dolor y la amargura.
Cansados, abatidos,
nos daremos por vencidos,
postrados, impotentes, derrotados,
hundidos en la basura
de una existencia que agoniza,
sin importarnos ya nada.
Espantosamente envueltos
en negra corporeidad defecada
y en la grisácea experiencia de perennes enfermos.
Frustrados deicidas
acostumbrados a una irreversible
mutación excrementicia.
No hay quejas,
no hay lamentos,
no hay palabras,
no hay sonrisas.
Nadie se atreve a moverse por miedo
a provocar un nuevo cataclismo.
El cielo ha desaparecido.
Calma. Silencio. Vacío.

@Alberto Morate
(Escrito hace 45 años, en 1980)

@Imagen Pinterest


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