De un tiempo a esta parte vengo comprobando, no sin cierta tristeza, cómo una marea robotizada inunda las redes. Idénticas expresiones, textos estructurados, ideas similares, estilos que se repiten aquí y allí… Incluso en poesía, aun cuando se trata de expresar un sentir. Nos han invadido la IA y su ChatGpt con sus respetuosas y milimétricas disecciones; con ese despampanante despliegue de empatía y simpatía, haciendo gala de una absoluta comprensión del otro y haciéndolo saber de forma reiterada mediante las mismas —y totalmente carentes de personalidad— manifestaciones. Leo y leo, aquí y allá y hasta en los comentarios que se hacen, la réplica de una máquina que, si bien fue dirigida por un humano y, puede que, incluso llegue a esbozar las ideas de este, carece de toda emoción o sentimiento porque, por más que se intente asemejar al ser humano, una máquina no tiene sentimientos y esto, queridos míos, se nota. Y se nota mucho.
Ahora no sé si leo algo ficticio, virtual, si la persona que hay detrás del comentario, en realidad sería capaz de pensar y expresarse tal y como lo ha hecho la maquina por ella, evitando el trabajo de pulir aristas que indiquen un mínimo de respuesta emocional y disfrazando este hecho de la falsa idea de estar regidos por un templado estoicismo, o, por el contrario, atribuyéndole a sus palabras emociones y sentimientos vacuos de toda verdad; experiencias y vivencias que no son más que ficción esbozadas por un sistema de algoritmos que ha recopilado datos de aquí y allá.
Veo los mismos patrones en diversos textos. En poesía, las mismas perfecciones imperfectas pues no hay mayor imperfección que la perfección maquinal, la ausencia del Ser emocional que se deja llevar por el alma a la hora de expresarse. En debates o exposiciones, las mismas estructuras cuidadosamente reflejadas como medio no invasivo de dar opinión inocua que no llegue a “molestar”. Y, de nuevo, en ambos casos nos encontramos ante un disfraz milimétrico, adaptado al pensamiento de cada individuo, pero desprovisto de fallos o errores, pulido hasta que no queda nada, absolutamente nada de quién es salvo la idea genérica que quiso representar. Paseo la vista con hastío, viendo en cada publicación, en cada comentario, la mano artificial que se encarga de darle vida al pensamiento y, con ello, de matar la emoción genuina que lo provocó. Veo como un ente imparable el proceso de deshumanización.
No es tan importante si gustan o no, si para algunos sus palabras resultan en demasía empalagosas o sus textos son infinitos para quienes prefieren lo escueto; si son demasiado escuetos para quienes gustan de lecturas más elaboradas, si utilizan un vocabulario más o menos rico, si sus emociones, como seres humanos que son, resultan molestas o poco convenientes. Nada de eso importa cuando se trata de mostrarse tal y cómo son. No perviertan sus virtudes, no eliminen sus defectos mediante la ocultación de aquello que creen inconveniente o deficiente. No se despreocupen del proceso de creación porque exista quien lo haga por ustedes, eliminando toda necesidad de esfuerzo. Por más que sea una herramienta útil, jamás podrá sustituir quiénes son. Y créanme, queridos míos, eso se nota. Y se nota mucho.
@Laura Redondo
@Imagen Pinterest
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