domingo, abril 5 2026

EL SEÑOR B By Alberto Quero

I have no heart, I am cold inside
I have no real intent
Queen.  
Me constitui tandem inquirere an
aliquid daretur quod verum bonum
esset (…) Imo aliquid daretur quo
invento et acquisitio, continua ac
summa in aeternum fruerer laetitia
Spinoza.

[Título]  Tomado de “Esfera” (1998) Fondo Editorial del Caribe / Fondo Editorial Miguel Otero Silva. El Tigre.


Si cerré la puerta fue por pura costumbre y sin siquiera encender las luces de la entrada salté hasta el teléfono. Encontré el mensaje; tal como habíamos convenido, Samantha –mi forzada cómplice en todo esto- me enviaría un fax cada vez que tuviera noticias. En aquella ocasión me confirmaba lo que ambos suponíamos, tal vez dos o tres años, con una socióloga en Nápoles. A pesar de que no estaba segura, también me comentaba que muy posiblemente había entrado a Francia por Calais y que tal vez pasó una corta temporada en Lille. Sin embargo, ya no tenía importancia.

De cualquier manera, traté de calmarme repitiéndome que había obrado bien investigando su vida: tal vez el recuerdo de ciertas situaciones (amoríos, por ejemplo) significara algo.

Conocí a Joe casi por casualidad. Aquella tarde, el café al que suelo ir antes de llegar a casa estaba atestado de gente, más que de costumbre. De modo que Joe, al ver que yo no compartía la mesa y que aún quedaba una silla disponible, se apropió de ella con una velocidad pasmosa. Me dio las buenas tardes y preguntó si el asiento estaba ocupada.

–No, –le respondí- puede sentarse si gusta.

Dio las gracias y en seguida se zambulló en un libro que todavía hoy ignoro de dónde sacó. Tan breve conversación me bastó para que notara en él un acento muy marcado, pero que en el momento me pareció imprecisable; después, en efecto él mismo me confirmaría que había nacido y crecido en Glasgow. Yo continué hojeando el diario tal como hacía antes de la interrupción. Tuve tiempo, sin embargo, de lanzar una última y furtiva mirada a su libro. Era algo sobre Spinoza; estaba en inglés.

Aquel primer encuentro terminó sin mayores relieves: cuando hube terminado de leer el periódico me levanté y nos despedimos cortés pero convencionalmente. No lo volvía a ver durante algunos días ¿una semana? ¿más? Aún lo ignoro.

Aunque tal vez no sea el mejor calificativo, prefiero describir la situación como paradójica: la vida está hecha de detalles, de minúsculos elementos, cuya apariencia (y así lo vería muy posteriormente) es inversamente proporcional a su trascendencia. Sin embargo, llegan momentos en los que todo converge. El problema, tal como él mismo me lo demostraría después, es que existen reglas tácitas, y es precisamente eso lo que hace que sean aceptadas a pies juntillas.

Fue por ello que para dar el primer paso necesité de dos episodios idénticos al primero, dos réplicas exactas al momento original, al cabo de los cuales al fin me decidí. Estaba seguro de que me arriesgaba a correr con las consecuencias de la famosa flema británica: probablemente me estaba exponiendo a recibir una respuesta que si bien no sería grosera tendría mucho de laconismo y desdén. Tímidamente le dije que había leído algunas cosas de filosofía, aunque en modo alguno me consideraba un erudito en la materia.

–Yo tampoco, –­me confió- lo hago como una búsqueda, algo personal.

Me limité a sonreír educadamente, tratando de no ser inoportuno. Pero él prosiguió:

–Tal vez no debería contarle esto: –dijo, algo abochornado- para mí la lectura es un método de defensa… de escape.

Así, –sin quererlo, me atrevo a decir- empezamos una conversación que se extendería hasta bien entrada la noche. Yo intentaba inmiscuirme lo menos posible en su vida privada: evitaba a toda costa hacer preguntas o comentarios sobre mi interlocutor y trataba de que la conversación se centrara en Spinoza. De cualquier manera, mi cautela fue completamente prescindible, puesto que él mismo se desviaba hacia su propia persona, al tiempo que hacía eruditas interpolaciones con las más disímiles obras que el repertorio clásico pueda tener; de hecho, por alguna razón que jamás he llegado a comprender, parecía estar a sus anchas cada vez que nombraba a Hamlet y a su fingida locura.

Hubo un momento en el que no soporté más no saber su nombre, aunque no me atreví a presentarme. Aproveché, eso sí, cuando se levantó para ir al baño; apenas hubo desaparecido, rápidamente tomé el libro (que, a modo de prueba de confianza dejó a mi cuidado) y busqué alguna indicación. En la hoja de respeto, en efecto, algo estaba escrito, mas era tan inteligible que su caligrafía que sólo atiné a descifrar que el nombre de pila era Joseph. Lo que supuse el apellido era una gigantesca “B” seguida por un montón de garabatos incomprensibles. Lo amarillento de las hojas y el ya notable desgaste de la tinta me hicieron deducir que el libro debió haber sido comprado en una lejana juventud. Centímetros más abajo lo confirmé: Bristol, 1950

Cuando Joe volvió estuvo apenas unos minutos. Miró el reloj y justo antes de marcharse me tendió la mano.

–Joseph, mucho gusto.

Volví a saber de él dos o tres días después, cuando lo vi en uno de los más apartados rincones del café: estaba con una muchacha. Pensé que no había notado mi llegada, pero segundos después, sacándole provecho a un descuido de la chica, volteó hacia la mesa en la que me había instalado: la sonrisa de oreja a oreja y el rápido guiño que me dirigió, me hicieron saber que el éxito había sido total. También yo sonreí y me prometí le pediría que me enseñara su técnica. En ese momento di con un detalle que me daba vueltas en la cabeza:

–¡Beckett! –pensé en voz alta- sí, es a él a quien se parece…

Y era cierto: a nadie que yo conociera (o que al menos hubiera visto) se parecía tanto como a Samuel Beckett: decir que eran dos gotas de agua sería quedarse absolutamente corto. Respiré hondo por haber despejado una vieja duda y me hundí en el diario durante un rato cuya duración jamás podré precisar. Al levantar la mirada, la mesa estaba vacía: Joe se había ido con la muchacha.

Cuando nuestra amistad se hizo más sólida me atreví a preguntarle por qué había tenido esos súbitos estallidos de confianza hacia mí, que entonces era un perfecto desconocido. De hecho, me aventuré a confesarle que varias veces lo vi llegar y sentarse a leer, sin prestar más atención que al libro de turno y a su habitual capuchino; se le veía tan absorto en su lectura y, sobre todo, tan impasible, con aquel rostro que más semejaba una máscara de acero que una faz humana. (“francamente”, recuerdo que usé esa palabra) que no osé acercarme. Él estalló en carcajadas, pero a medida que le fui contando más acerca sobre mi pusilanimidad, su semblante adquiría el mismo tono grave y analítico que le caracterizaba

–Lo siento, –respondió secamente- pensé que alguien que se atreve a franquear la común barrera de silencio con algo como la filosofía era alguien digno de confianza.

“La común barrera de silencio” ¡La común barrea de silencio! Todavía en estos momentos aquellas palabras siguen revoloteando en mi mente, resonando cada vez más fuerte y dejando un eco amargo y descorazonador. Esa frase era la clave, ella lo explicaría todo a la perfección.

Para Joe todos los seres humanos están envueltos en una especie de celda de hierro transparente de las que son completamente incapaces de salir.

–¿Completamente? –pregunté una vez.

–Sí, completamente –repitió él, seguro de sus palabras.

Para probarlo me mostró lo que él llamaba la Teoría del Cosmos, que no era sino un proceso basado en su propia experiencia (en él había empleado toda su adultez) que le había llevado alrededor del mundo y le había puesto en contacto con las más diversas civilizaciones: la recolección de pruebas irrefutables sobre la existencia de la felicidad. Al principio y exceptuando, obviamente, la finalidad, la vida de Joe parecía fascinante; me contó que, de muy joven, dejó su Escocia natal para irse a vivir a la India y que luego estudió unos años en Madagascar y en China. De allí se había ido al Tíbet, donde pasó una temporada relativamente larga en un monasterio budista… y así: había recorrido casi todo el planeta tratando, en vano, de apresar para siempre el mágico instante del goce supremo y de extenderlo para siempre. Sin embargo, sus fracasos habían sido tan estrepitosos que al final se convertiría (o al menos eso trataba de hacer) en un apóstata de la felicidad.

Lo había probado todo. Durante su juventud fue el más desaforado libertino imaginable. De cualquier manera, más sorprendente (y, por qué no, más escalofriante) que lo que había hecho era lo que había dejado de hacer: aunque no los llegó a ejecutar, Joe concibió actos, escenas y secuencias tan perversos que hasta el mismísimo Marqués de Sade se hubiera ruborizado. Sin el menor asomo de vergüenza me confesó no sólo haber caído en lo que él pensaba era las más grandes borracheras de toda la Historia del Hombre sino también considerarse apto para aspirar al título del drogadicto más vicioso jamás conocido. Pero todo eso lo había dejado tan rápidamente como lo conoció, con un leit motiv común en todos los casos: el aburrimiento. fue entonces cuando pensó que el sibaritismo no lo conduciría a ninguna parte y decidió recorrer los senderos del espíritu.

–Evidentemente no he hecho votos de castidad y tampoco soy abstemio –dijo pícaramente una vez- pero mis verdaderas investigaciones van más allá… para ver si hay un más allá.

También allí Joe lo había buscado todo, desde éxtasis y levitaciones místicas hasta nirvanas e iluminaciones zen… todo. Realmente había empleado su vida en alcanzar la felicidad absoluta. Si bien al principio me costó aceptar la idea, terminé creyéndole: el énfasis que ponía en cada una de sus palabras hacía de sus testimonios un conjunto heterogéneo, sí, pero pleno de una convicción de la que era imposible dudar. De todas formas, aún se le notaba un tanto inseguro y vacilante como si en el fondo no hubiera perdido las esperanzas de encontrar aquello que trataba de desmentir… era como si esperara algo… una señal, una pista, un indicio que le permitiera resolver el complicado acertijo que a sí mismo se había planteado. Nunca se lo dije, pero me lo imaginaba como un hastiado malabarista.

Súbitamente miró su reloj y se levantó de un salto. Antes de marcharse, sin embargo, en medio de un apretón de manos, me dijo que podía dejar de llamarlo Joseph, que prefería que le dijera Joe

–Así me dicen mis amigos.

Cuando se marchó me asaltó una duda (otra más, debo decir) que sé perdurará para siempre: ¿tuvo, alguna vez, amigos? Creo que moriré pensando que no, que yo era el único que había merecido ese título: los bonzos de Nepal, los rabinos de Tel Aviv y los frailes franciscanos de España sólo habían sido compañeros… o quizá menos; probablemente eran simples personajes que transitaban por un camino extraño, un camino por el que sólo había avanzado hasta la mitad, para luego regresar, cabizbajo y frustrado, al punto de partida.

Esa noche, mientras volvía a casa pensé que ya no era divertido el sobre nombre que le había inventado y que tanta gracia me causaba: “El Señor B”; desde entonces me refiero a él –y juro seguir haciéndolo así para siempre- como Joe, Joe a secas. Sin títulos, sin preámbulos, sin información… sin apellido: sí, sin apellido: Joe y ya, Joseph B., cuando mucho: Joe el desconocido, el común y corriente, tan común como la férrea barrera de mutismo interpersonal cuya existencia había inventado (¿o será mejor “descubierto”?) Joe, el que buscaba en la metafísica, en la filosofía, en el panteísmo o en el monismo ontológico… Joe el confundido, el hamletiano que no se pregunta si el dilema es ser o no ser, sino cómo estar y estar para siempre. Joe el solitario, el nómada, el que no permanece; el lector de Spinoza. Joe el inconcluso, el que vendía sus libros a precios ínfimos apenas los terminaba y sólo conservaba tres o cuatro (entre ellos la Biblia y el Corán) que siempre llevaba consigo.  Joe el que busca y no encuentra, pero no se da cuenta. Joe el incansable. Joe mi amigo.

No supe de él en dos semanas, así que no pude dejar de sorprenderme cuando lo vi sentarse de nuevo a mi mesa: ya lo imaginaba en otro sitio; pensaba que debía estar en otra ciudad, leyendo otros libros en otros cafés, atacando a otras muchachas. Y hablando con otros desconocidos. De cualquier manera, allí estaba, sonriente como nunca antes; ni siquiera cuando lo vi con aquella chica desconocida. Lo noté tan entusiasmado. (No me atrevo a decir ni siquiera contento… y mucho menos “feliz”) El tiempo que teníamos de conocernos permitía obviar las ceremonias iniciales.

Dudé qué debía responder cuando, en medio de tan inédita euforia, me dijo que estaba decidido a seguir mi consejo. Llegué a pensar que había vuelto a sus viejos hábitos y que estaba drogado o que llevaba una bien disimulada borrachera: yo no le había dado consejo alguno. O al menos no lo pensé así en aquel momento. De hecho, qué podía decírsele a alguien que había explorado, aunque fuera sin el éxito que esperaba, todas las regiones de la mente humana. Nada, que yo supiera.

–Es verdad, –dijo entonces- el secreto está en las pequeñas cosas… tiene toda la razón

Me descubrió una faceta que hasta entonces me era desconocida: también era músico. Cuando era muy niño, su abuelo le había enseñado a tocar la gaita; en España aprendió los secretos de la vihuela, en la India los de la cítara y en Tasmania los cantos de los aborígenes; confesó haber quedado fascinado con los distintos patrones rítmicos que descubrió en la percusión árabe y en las melodías de los cantos rituales swahili.

Parecía una máquina. Hablaba sin cesar. Más de una vez, en efecto, traté de utilizar los primeros datos que me había enviado Samantha, pero no tuve oportunidad; intenté preguntarle por qué no había aprendido algún instrumento o alguna canción folklórica en Nápoles, pero ni siquiera tocó ese tema. No pude hallar un segundo de silencio; sí, de ese silencio que según él dividirá siempre a los seres humanos, aislándolos en cápsulas indestructibles y que en aquel momento él trataba de … no sé, tal vez la palabra más adecuada sea “descuartizar” aunque no resuma del todo su actitud.

Quise calmarlo… o al menos algo que se le pareciese: a alguien tan complejo y, sobre todo, tan versado como Joe, es imposible sitiarlo fácilmente. Fuera como fuera, le repetí lo que ya le había comentado dos o tres veces. Yo tampoco era (sigo sin serlo) totalmente feliz ni estaba a gusto con todo lo que hacía ni con lo que hacía o dejaba de hacer.

–Tal vez sea justamente eso: –le sugerí, ya abiertamente- aceptar que un átomo es un átomo y jamás va a equivaler a una galaxia y sin embargo una galaxia está compuesta por un número finito de átomos.

Pensé que, tal como en otros momentos, si intentaba hacer algún juego de palabras (a vista de los resultados creo que “metáfora” es un vocablo demasiado grande y sublime) desviarían la conversación hacia otras cosas, como cuando me reveló su admiración por Rimbaud.

Pero aquella vez todo era distinto: Joe no cesaba en su locuacidad. Muchas veces yo no podía hacer otra cosa que no fuera callar, callar e imaginar cuanto él describía. Sitios, personas, épocas… tantas cosas. Se le veía enajenado entonces; como poseído por una súbita ráfaga de furia. Un detalle discordaba, en medio de todo: Joe se veía nervioso, agobiado; lo notaba así como …indeciso; sí, indeciso y ambiguo en sus emociones, como quien, habiendo encontrado la llave, teme abrir la puerta.

–Omnia, quae communi vita frequenter occurrunt, vana et futilia esse… No es cierto. ¡Él está equivocado! No lo juzgo, pero ahora veo que es Usted quien está en lo cierto.

Yo sabía que los diarios se iban a deleitar con todo aquello. Es cierto que no todos los días aparece un extranjero que vive solo en una habitación alquilada, tirado en el suelo frente a una cruz, una estrella de David, una media luna, un monograma taoísta y otros dos de indeterminada procedencia, y si a todo ello se le agrega que tales símbolos fueron pintados con la propia sangre del protagonista, era fácil comprender por qué el hecho fue la comidilla de los días subsiguientes.

Cuando hubo pasado la incontenible marea de morbo colectivo que las situaciones semejantes normalmente generan (se llegó a hablar de posibles vínculos entre Joe y una secta satánica… entre otras cosas) fui voluntariamente a declarar en la jefatura de policía. El procedimiento fue asquerosamente largo; si toda esa minuciosidad (me sentí completamente aliviado y satisfecho cuando se lo espeté en la cara al obeso detective que me interrogó) la mostraran en otro tipo de situaciones, muchas cosas cambiarían. De cualquier manera, mi testimonio sirvió para dar por cerrado el caso; además todo coincidía con las declaraciones de la muchacha con la que Joe salía.

Esa noche no fui al café; preferí hacer así… quién sabe por qué. De regreso a casa, recordaba aquella imagen difusa, borrosa, desdibujada. No podía creerlo, al menos al principio.  Mas era cierto y debía convencerme de ello: él, Joe, el señor “B” ya no estaba. Se había ido tan rápida y misteriosamente como había llegado… se había ido a otro lugar. Y aunque el detective me dijo que habían encontrado una nota en la que Joe eximía de responsabilidad a todo el Mundo (sí, a todo el Mundo, con mayúscula) yo no podía dejar de sentirme inquieto y un poco culpable: después de todo, Joe me había dicho que todo se debía a ese supuesto consejo que yo le había dado.

“Las pequeñas cosas, las pequeñas cosas”. Aún puedo oír sus palabras. A veces se mezclan con “la común barrera de silencio”.  Y ambas frases parecen dos polos distintos, dos fuerzas que se persiguen. A veces se aniquilan; otras, se encuentran y se complementan. Tal vez haya ambas cosas y verdaderamente el producto de ese infinito devenir sea siempre variable.

Tan absorto estaba pensando en tales cosas que fue necesario un poderoso estímulo para que pudiera volver en mí. En la puerta de mi casa había un paquete que el correo había dejado.

–Tuvo que haber sido esta mañana –pensé-. Mientras lo recogía- o en todo caso en la tarde. En fin… no importa.

Cuando abrí el envoltorio… bueno, no sé lo que sentí. Era la “Reforma del Entendimiento”, el libro que Joe estaba leyendo el día que nos conocimos. En la primera página había una pequeña dedicatoria y justo en la mitad del libro, sobresalía una hoja que, sin duda, era parte del diario de Joe. Se trataba de la última nota que había escrito; inexplicablemente, estaba en español.

Y de pronto tuve ganas de dormir. Trataba de garrapatear algunas líneas en el diario, pero no, para qué; pensé que no tenía nada que contar, salvo que había visto un libro sobre Velásquez y que quizá mañana vaya a comprarlo. No, mejor oír un poco de música; sí, pero qué ¿Duke Ellington? No, hasta cuándo. Ahora me arrepiento de haber vendido aquellos discos de Liszt… la Napolitana tiene razón… tengo unos gustos musicales muy extraños. Pensé que mejor era levantarse, pero sin encender ninguna de las luces, sino caminar a tientas, guiándome por las paredes. Hice un poco de té y me lo tomé de un sorbo. Tenía ganas de dormir, pero no sueño. Y entonces este fastidio, este desasosiego, estas ganas de comerme un chocolate. Y mirar el techo. Así, evitando el sueño; como quien tiene que hacer algo y  (fucks it all). Porque no siempre dormir equivale a descansar y mucho menos a soñar. Es como tener que entregar un trabajo al día siguiente y no haber empezado ni la primera parte. Sí, así es. Y pensar que es temprano. El reloj marca las diez y cuarto (the big one ponts the three; the small one, the ten) Al menos el sentido de orientación lo conservo intacto. Y bueno, afuera la calle aún bulle un poco, hay automóviles que iluminan la vía y algún que otro bocinazo impertinente. Pero eso qué demonios importa, si no es conmigo, si no es a mí a quien vienen a buscar. Y todo así… un poco de soledad.

Entonces, la súbita alegría, sí, eso, a increíble satisfacción de no saber qué hacer y sentirse así, infinitamente inútil y sin propósito…. las pequeñas cosas. Pienso en el arte barroco; sonrío al pensar que esto debería llamarse gaudium vacui… si hubiera vivido en esa época, jamás lo habría dicho. Y sí, levantarme, comerme el chocolate (o tomar té; aún más, más y más té, hasta reventar) como si eso fuera lo más importante del mundo, el acto para el cual nací… los monjes Zen estarían orgullosos. Om, Om. Así, mientras todo y sin darse cuenta y Om, Om. Recostarse en la cama, morder el último pedacito de chocolate… Las pequeñas cosas. El chocolate. Y sentirse completamente imbécil y feliz, inútil y satisfecho y vacío y agradecido, hasta dormirse, así, despacio, y

 


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