Se abrieron las puertas del vagón. Bajé a la estación y me quedé parada en el andén. Miré arriba y abajo, pero no había nadie. Sentí un frío estremecedor detrás mío, cuando las puertas del tren se cerraron. Pero ¿dónde se encontraba la salida? Bajé por unas escaleras a un rellano semicircular, donde las luces parpadeaban sin parar. Me encontré rodeada de ascensores. Decidí entrar en uno de ellos y, sin pensármelo dos veces, pulsé el botón rojo. Todo empezó a moverse a mi alrededor, cual mecanismo de relojería.
¿Llegaría a ver la luz del día alguna vez?
Neus Bonet i Sala
https://elplumierdenenuse.wordpress.com
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