domingo, abril 5 2026

Y PARIRÁS LOS HIJOS CON DOLOR… Por Emilio Campomanes

Desde la sección: Con firma masculina/Invisibles en la Antigüedad

El Génesis es el libro de la Biblia donde se narra el origen del mundo y de todas las cosas. Aunque el relato se puede considerar un mito, en realidad ha marcado muchos aspectos de nuestra sociedad y, sobre todo, nuestra mentalidad de género. No pretendo entrar en todas las implicaciones de este relato y de la famosa frase que titula esta entrada, porque sin duda son muchas y bastante complejas. No. Tan solo voy a tratar sobre el motivo del parto con dolor y una parte de las consecuencias que ha tenido para nuestras sociedades pasadas y presentes.

El relato bíblico de la creación del hombre y la mujer es un punto de partida para casi todo el argumentario patriarcal. Para quien no lo conozca debería leerlo para descubrir una verdadera declaración de intenciones de género. El Génesis narra cómo Dios creó al primer hombre –Adán– y después a la primera mujer –Eva– y vivieron en un paraíso, pero la mujer tentó al hombre para cometer el primer pecado, – “el pecado original” –, lo que provocó la ira de Dios y terribles castigos –casi venganzas–. El primer castigo fue perder el paraíso y desde entonces tener que trabajar para vivir – comer el pan con el sudor de la frente–, ya saben: madrugar para ir al trabajo, aguantar un jefe idiota algunas veces y esperar con impaciencia el fin de semana para disfrutar de la vida. Para la mujer, instigadora de este pecado, le destinó una maldición más terrible:

“Multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Parirás con dolor los hijos. Y buscarás con ardor a tu marido, que te dominará” (Génesis 3:16)

Toda una declaración de intenciones de lo que ha llegado después. Aunque solo quiero tratar sobre las cuestiones en torno al parto en nuestra especie. En efecto, los seres humanos somos la única especie de los mamíferos en tener los partos con dolor. Cualquier otra especie tiene partos mucho más sencillos, con menores complicaciones y menos dolorosos…, y no tan peligrosos. Sobre la peligrosidad del nacimiento solo hay que recordar que la mortalidad en el parto era enorme antes de todos los adelantos médicos producidos desde el siglo XIX. Y no solo para los bebés, sino para la vida de sus madres, que en no pocas ocasiones han sufrido serias complicaciones del parto que les costaba la muerte.

El motivo de esta peculiar circunstancia, en realidad, es biológico y no tiene nada que ver con cuestiones morales o una presunta maldad del género femenino. El pecado –si es que lo es– se encuentra en nuestro modo de caminar bípedo –sobre nuestras dos piernas– que es única entre los mamíferos. Muchos animales pueden caminar a dos patas, pero de forma ocasional, es decir muy poco tiempo. En cambio, para nosotros es la forma de desplazarnos habitual.

Cuestiones biológicas

Nuestros ancestros se desplazaban por el suelo de una forma similar a chimpancés o gorilas, es decir, apoyándose sobre el dorso de los dedos de las manos. Hace varios millones de años se comenzó el cambio de desplazamiento y resultó ser una ventaja evolutiva importante que llevó a la aparición de varias especies de homínidos de las que procedemos. Realmente no “descendemos del mono” y es algo que me gustaría dejar muy claro para eliminar cualquier mala interpretación. Los orangutanes son parientes muy lejanos de los que nos separamos evolutivamente hace 13 millones de años, de los gorilas unos 10-12 millones de años y de los chimpancés, los que más nos recuerdan, hace 7-4 millones de años. Es decir, somos primos muy, muy lejanos.

Los cambios que nuestros antepasados tuvieron que afrontar para caminar de forma bípeda son bastante complejos y necesitaron recolocar buena parte de nuestro esqueleto y musculatura en relación con el resto de los simios. Lógicamente las piernas han cambiado, así como los pies, para recibir el peso del cuerpo, y la posición del “dedo gordo del pie” cuando ya no es necesario sujetarse a las ramas de los árboles.  También ha sido necesario modificar la forma de la columna vertebral, que en nuestra especie añade la nueva función de mantener el equilibrio en la posición erguida, evitando que el peso del torso nos desequilibre al caminar, correr o saltar. A ello se añade el crecimiento de nuestro cerebro y soportar su peso extra.

Hace 3-4 millones de años unos ancestros nuestros llamados por la ciencia Australopithecus, ya caminaban como nosotros y sin atisbo de conservar demasiadas costumbres arbóreas. No se conoce demasiado cómo fue esta transición entre una forma de moverse a otra, ya que se conservan muy pocos fósiles. Una de las evidencias más sólidas son unas  huellas fosilizadas procedentes de Laetoli  de una pareja de Australopithecus y que demuestran que estos antepasados ya caminaban de una forma casi idéntica a la nuestra.

Reconstrucción de una pareja de Australopithecus que dejó huellas sobre el barro que terminaron por fosilizarse.

Y todo esto ¿qué tiene que ver con los partos?

Para caminar sobre nuestras piernas uno de los huesos de nuestro esqueleto que más ha tenido que modificarse es la pelvis. Se trata de una enorme pieza ósea que une el torso y las piernas, ejerce de gozne y explica buena parte de nuestra forma de desplazarnos.

Para caminar erguidos, se redujo el tamaño de la pelvis en relación con nuestros parientes primates, tanto en altura como en anchura. Fue necesario reducir la distancia entre los fémures en las piernas y a su vez, con el coxis. El resultado es que la zona inferior de la pelvis, donde está el denominado “canal del parto”, es sensiblemente más estrecho en nuestra especie que en los primates y eso ya supone un serio problema en los partos. Sobre todo porque a la par no ha parado de crecer el tamaño de nuestro cerebro y del cráneo.

Estos cambios óseos entrañaron cambios en los órganos internos que añaden una nueva complicación. Expresado de forma muy sencilla (y espero que lo más clara posible), los primates tienen un canal del parto bastante sencillo con una forma recta que permite alumbramientos rápidos e indoloros. Mientras que en nuestra especie este canal tiene una trayectoria en ángulo y el bebé humano debe “rotar” los hombros después de sacar la cabeza.

Todas estas dificultades suponen un parto muy doloroso y también una enorme mortalidad a causa de un elevado número de situaciones que pueden salir mal. Son comunes los problemas con el cordón umbilical, que puede quedar enrollado en torno al cuello del bebé y provocar su asfixia, o bien partos excesivamente largos, que afectan a los neonatos y también arrastran a las madres, además de los problemas de desgarros o fuertes hemorragias que han sido otra complicación habitual.

La mortalidad infantil –hasta los dos años de edad– ha podido cifrarse en un 40% hasta los adelantos médicos del siglo XIX, es decir casi la mitad de los nacimientos no superaban los dos años de edad. En España, aún en1900, esta mortalidad alcanzaba al 25% de los menores de 2 años. En nuestros días, la mortalidad se ha reducido hasta un mínimo de 2,5 por 1.000 nacimientos gracias a que casi todos los partos se realizan en hospitales bajo atenciones médicas.

Al margen todo ello existen otras implicaciones curiosas en la cuestión de nuestros cambios biológicos como caminantes.

El tema de Adan y Eva ha sido muy recurrente en el arte (Adan y Eva, Durero, Museo del Prado)

Implicaciones insospechadas

Una implicación importante está en el hecho de que las “crías” humanas deben nacer lo más inmaduras posibles para poder atravesar un canal del parto casi imposible. La naturaleza ha hecho que nuestros bebés sean tan pequeños como sea posible, sobre todo su enorme cerebro. Y al mismo tiempo, esta inmadurez no debe comprometer la viabilidad del recién nacido una vez en el mundo, aunque como hemos visto ha tenido una enorme mortalidad infantil.

A causa de esta inmadurez al nacer es que somos la especie que más tarda en desarrollarse. Los dientes de leche salen 6 meses después del nacimiento, y para entonces, por ejemplo, las crías de nuestras mascotas (perritos o gatitos) ya se valen por sí mismas y en el caso de los gatos ya son capaces de cazar. Los humanos aún tardarán varios años en sustituir la dentición temporal o “de leche”. De término medio se tardan unos 2 años en empezar a caminar, mientras que muchos mamíferos son capaces de caminar horas después del nacimiento, y en nuestra especie se tardan varios años en dominar el desplazamiento bípedo y durante la infancia se suceden numerosos accidentes por este motivo.

No hago recuento de las habilidades intelectuales propias de nuestra especie, como el habla, que inicia en torno a los dos años de edad. O el aprendizaje de nuestro complejo mundo social o la enorme cantidad de conocimientos que nos ha llevado a inventar la escuela, que se prolonga como mínimo durante una década de nuestra vida, desde los 6 a los 16 años, aunque es fácil que pasemos allí dos décadas de nuestra vida. El motivo es el bajo desarrollo del cerebro al nacer, que crecerá preferiblemente fuera del útero de la madre. A los dos años tiene el 80% de su tamaño que no dejará de crecer hasta los 19-20 años edad.

La investigación se pregunta por las implicaciones de la vida social de los grupos humanos prehistóricos. ¿Esa infancia tan prolongada arrastró a las mujeres de los grupos paleolíticos al cuidado del hogar? Está claro que la crianza de la prole era una prioridad, no solo de las madres sino también colectiva para garantizar la supervivencia de los grupos humanos y por ello, en la prehistoria, es todo el grupo el que cuida de la prole. Al igual que muchas otras especies de mamíferos, las madres salen a buscar alimento, incluso a cazar, durante varias horas al día, mientras que las crías quedan en un refugio seguro o bien al cuidado del grupo familiar. La idea de la madre reducida al hogar es una idea muy posterior a la prehistoria. Pero creo que la cuestión de la caza la trataré en otra entrada, que ahora ya me he extendido demasiado.

Para finalizar. El desplazamiento bípedo característico de nuestra especie nos ha permitido liberar las manos para crear y construir nuestras herramientas. Nos ha llevado a la creatividad, a desarrollar nuestro cerebro y nuestra mente hasta unos límites insospechados. Y ese ha sido el “pecado” real, atribuible a nuestra especie y no a uno de sus géneros.


Emilio Campomanes Alvarado


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