Fuegos artificiales por Mina E. Gennaro

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Había pasado toda la semana pensando en los festejos de Fin de Año. Por donde yo vivo ya no se puede lanzar fuegos artificiales, una ganancia para los animales, pero una pérdida para la diversión popular.

Averigüé que, en un poblado alejado, llamado Lorrián, organizaban fiestas para los que nos rehusábamos a perder la alegría de ver las estrellas explotar en miles de colores. ¡Mi alma de niño comenzaba a anticipar el disfrute convertido en una exaltación e inquietud que se sentía tan bien en el cuerpo!

Primero habían sido prohibidos los carnavales, luego las salvas, ahora los fuegos de artificio. Fue así como un grupo de rebeldes habían decidido fundar un pueblo alejado al que convocaban a todos los que quisieran revivir festividades pasadas.

El programa incluía, entonces, marchas de orquestas con grandes aerófonos, disparos de salvas, fuegos artificiales y juegos como serpentinas, espumas y disparos de agua. ¡Era todo en uno! Para poder ingresar necesitabas una invitación. Yo conocía a varias personas que llegarían a pagar por el privilegio de participar.

Comencé mis averiguaciones. Nadie revelaba lo que sabía. Lo noté cuando vi que dudaban ante la pregunta. Es curioso cómo la gente vive el conflicto de no revelar un secreto así, por un lado, desean ser partícipes de una exclusividad, por otro, se sienten tan emocionados por la felicidad que van a sentir que desean compartirla.

Uno de mis amigos se quebró. Dijo “al diablo, qué puede hacer uno más” y me contó dónde conseguir una invitación. Me acompañó hasta el lugar, era un viejo cementerio de autos en las afueras de la ciudad, un lugar sórdido que parecía esos depósitos de chatarras tecnológicas de películas futuristas. Allí, entre un remolcador y una pila de radiadores viejos, había una especie de kiosco.

Me acerqué a hablar con el hombre del kiosco, un tipo de aspecto brutal, lleno de tatuajes, músculos definidos como si hubiera pasado los últimos diez años ejercitándose con pesas. Le planteé mi situación, una inocente petición para formar parte de los festejos de fin de año.

El hombre me miró de arriba abajo como un catador de humanos. Puso un gesto, frunció el ceño y luego se metió en el kiosco. Salió con un par de tickets en su mano derecha, pero con la izquierda me tomó del cuello. Me dijo: “si no estás a la altura del festejo, te la vas a ver conmigo”.

Quise saber a qué se refería, pero, así como era puro músculo, era silencioso. Se metió en el kiosco nuevamente y se dedicó a apuntar las chatarras nuevas que iban entrando. Al volver al auto, mi amigo me felicitó. Aproveché para preguntarle qué significaba eso de estar a la altura, pero sonrió y dijo que no era nada, solo una mofa que me había hecho el hombrote.

Fue un rato de viaje silencioso e incómodo, un par de cuadras antes de mi casa detuvo el auto y se me quedó mirando. Luego dijo:

ꟷ¿Te acordás cuando poníamos rompeportones en las rejas de los vecinos?

ꟷ¡Claro! ¿Cómo olvidarlo, si en una de esas Doña Inés nos pescó y nos llevó agarrados de las mangas hasta casa…? Mamá nunca me había gritado, pero esa vez, me gritó y me castigó por una semana. Me perdí ir a la pileta con los chicos del barrio y conocer a Florencia, la más linda de todas las chicas del
barrio.

ꟷFlorencia se casó con mi hermano. No sé si sabías.

ꟷNo, yo me fui del barrio a los veinte y volví solo los domingos hasta que me casé.

ꟷBueno, a Florencia la mató un perro que tenía el viejo Olmos, el de la panadería.

ꟷ¡No te puedo creer! ¿Cuándo? ¿Cómo?

ꟷLo que te puedo decir es que la mordió en lugares vitales una vez que ella fue a la panadería. Había estado jugando con Cosmo, nuestro perro, antes de eso y parece que el bruto de Olmos le había enseñado a su bestia a atacar a otros perros. No hubo forma de detenerlo. La destruyó. Mi hermano quedó viudo y resentido con los animales, qué te puedo decir, sus razones eran válidas…

ꟷ¡Qué pena! Tan hermosa mujer. Muchas veces pensé en acercarme a ella. Pero no tenía una excusa y, finalmente, pudo más mi cobardía.

ꟷBueno, hasta hoy. Hoy tenés la oportunidad de hacer algo por ella.

ꟷNo te entiendo.

ꟷEl festejo de Fin de Año es una fecha en la que conmemoramos la muerte de Florencia.

ꟷ¡No me digas! ¿Falleció un 31 de diciembre?

ꟷSí, tal como te digo. Ese perro nos arruinó los festejos desde ese día para siempre, por eso mi hermano y otros familiares organizamos estos eventos. La entrada es un perro.

ꟷ¿Qué?

ꟷUn perro, un animal, no importa de donde o de quién, solo debes llevar un perro.

ꟷPero… ¿para qué? Yo pensaba que el festejo era en un lugar alejado, para evitarles el sufrimiento de los cohetes y las cañitas voladoras.

ꟷVa a haber todo eso. No te preocupes. Solo que no estallarán en el cielo… ja, ja, ja.

ꟷNo… ¿Cómo voy a llevar un perro para que lo maten a cohetazos?

ꟷVos no vas a hacer nada, solo lo llevás y lo dejás en el corral. Del resto nos ocupamos nosotros.

ꟷ¿No tienen miedo de que los agarre la policía?

ꟷNo, qué va… A ese lugar no llegan, tienen miedo.

ꟷ¿Miedo a qué?

ꟷMiedo a perder la vida. Una vez quisieron meterse y salieron mal parados. De esa, aprendieron la lección.

No quise contradecir más a mi mal llamado amigo. Me retiré con una excusa y de camino comencé a pensar lo que iba a hacer. Toda la semana lo llevo planeando. No voy a permitir que maten un solo animal más, solo por la venganza contra uno descarriado. Además, ni siquiera estaba en la naturaleza del animal matar a una persona, fue entrenado por alguien que se hacía llamar un hombre.

Seguro me meteré en problemas, pero confío en que la policía cumpla su parte. Ya conseguí algunos explosivos, resulta extraño como la información se consigue tan fácil en la dark web. Solo hace falta alguien que sepa un poco de computación y cerrar la boca. El resto será historia…

Ya salgo para Lorrián. Llevo un perro entrenado como perro pastor, para cuando abra las puertas del corral. La policía debería llegar en ese mismo momento. Me lo prometieron. Y en ese momento, cuando la jauría salga corriendo hacia su libertad, yo haré detonar los explosivos.

Se preguntarán por la gente que concurrió al evento. No se preocupen. Nadie que es capaz de ver matar a un animal indefenso, merece salvarse.

Ellos y yo haremos un gran viaje.

Veremos por última vez los fuegos artificiales.

Será bellísimo.

@Mirna E. Gennaro

@Imagen Pinterest

 


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