Sábado, 19 de julio
Al final, sí, me llamaron. Y no para cualquier cosa: me invitaron a cenar fuera. Me recogió Simón, impecable aunque vestido de forma demasiado casual para lo que iba a ser la velada, con esa sonrisa que siempre parece tener guardada solo para mí. Jean nos esperaba en el restaurante.
Y es que yo me había imaginado que me llevarían a un restaurante sofisticado, de esos donde los camareros recitan los platos como si fueran poemas. Pero no: resultó ser un sitio bonito, sí, pero de batalla. Eso sí, nos dieron un rinconcito muy íntimo, como si hubieran intuido que aquella mesa iba a ser escenario de algo más chisporroteante que un plato de gambas al ajillo recién servido. El problema fue mío: me había vestido como para la gala de los Oscar. Escote medido, tacón imposible,
brilli-brilli a raudales. Parecía un piano de cola en mitad de un bar de menú del día. Desentonaba tanto que hasta un par de mesas giraron la cabeza para comprobar qué hacía allí semejante despliegue de lentejuelas.
Jean nos esperaba ya dentro. Yo pensaba que seríamos tres. Ingenua. En la mesa había una cuarta copa, perfectamente alineada, destinada a no quedarse vacía por mucho tiempo. Y entonces apareció Nora. Entró como quien llega a su propio estreno, me abrazó apretándome fuerte y se sentó sin pedir permiso, cogiendo la copa huérfana con una naturalidad ofensiva.
Jean la presentó. «Lara, esta es Nora». Su ex. Guapísima, pasados los cincuenta, con un magnetismo que me dejó tonta, como si me hubieran apagado las luces y encendido solo un foco sobre ella. Lo peor fue que no me quitaba ojo. Y yo, claro, nerviosa perdida. Como estaba nerviosa, bebía. Como bebía, se vaciaba la copa. Como se vaciaba la copa, Jean o Simón me la llenaban. Y vuelta a empezar.
Resultado: yo cada vez más borracha y Nora cada vez más fija en mí, mirándome como si se muriera de ganas de devorarme a mí en vez de a la comida.
La conversación fue un desfile incómodo de sonrisas insinuadas y silencios densos. Y cuando parecía que nos íbamos a despedir, Jean propuso “la última” en su casa. En la suya. En la de ellos. Acepté. Sabía perfectamente lo que se venía encima. O quizá era precisamente eso lo que quería: que se me viniese encima. Porque todo me excitaba. Todo. Pero Nora había desbancado a los otros dos. Era ella la que me estaba incendiando por dentro. A ratos pensaba incluso que me habían puesto algo en la bebida. O en la comida.
Volvimos en el coche de Simón. Ellos dos delante, yo detrás con Nora. Cada vez más cerca. Cada vez más pegada. Cada vez más peligrosa. Me hablaba al oído y yo apenas entendía, entre el ruido del motor y el bloqueo de mis neuronas. Pero lo entendí todo cuando sentí su mano, primero en mi pierna, y después deslizándose por debajo de mis braguitas…
Continuará…
@Emecé Condado
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