sábado, abril 4 2026

Dos almas por Ricardo Mazzoccone

—Chicos, abríguense que vamos un rato a la plaza y a la calesita— gritó la madre desde la cocina.

Inmediatamente Jorge dejó sus soldaditos tirados, Ricardo, el arco y la flecha de plástico que le habían traído los reyes magos y corrieron a buscar sus camperas.

Eran las cuatro de una tarde fría de viernes, aunque muy soleada.

Los hermanos jugaron una carrera hasta los juegos y allí se quedaron un rato, mientras Mercedes hablaba con una amiga que estaba con su madre en su silla de ruedas.

Cuando los niños se cansaron, miraron a la madre para avisarle que irían a la calesita.

—Vayan, los alcanzo en un minuto— dijo Mercedes.

Al llegar, la música infantil sonaba estridente y ruinosa. El disco tenía mil años.

Saludaron a Don Teófilo y se quedaron aguardando a su mamá.

Ricardo estaba mirando a la nada, cuando la vio a un costado de la calesita.

Era Stella Maris, compañera de tercer grado en el colegio.

El pequeño estaba enamorado de ella desde primer grado, pero ella ni siquiera lo miraba. Jamás habían hablado.

Esa tarde, la niña lucía preciosa con sus largos cabellos negros sueltos, campera inflada, jean y botitas de gamuza.

Ricardo no aguantó más y decidió ir hacia ella y hablarle. Antes de hacerlo esperó a su madre llegara para pedirle el dinero de los tickets.

Con el billete en la mano corrió hacia la pequeña oficina del calesitero y compró los boletos para repartirlos con Jorge. Luego se acercó a la niña.

—Hola—dijo tímidamente.

La niña levantó la vista y lo miró.

—Hola, Richard— le respondió.

Al niño se le aflojaron las rodillas. No podía creer que sabía su nombre. Cuando se serenó, le dijo.

—Hola, Stella Maris…¡Que frío! ¿No? Te invito a dar una vuelta en la calesita.

—Bueno.

Fue entonces que caminaron y se subieron a dos caballitos que estaban uno al lado del otro. Jorge había elegido el jeep de guerra.

Dieron varias vueltas y en la última, Ricardo le sacó la sortija a Don Teófilo. Ahora tenía una vuelta gratis.

Cuando se detuvieron, el niño le regaló la sortija a Stella Maris. Ella, emocionada le dio un beso en la mejilla. El primero.

Ricardo sintió que volaba y el viento lo guiaba hacia las nubes.

Fue entonces que la niña le dio el único boleto que le quedaba y le dijo a Ricardo.

—Sola no me gusta dar vueltas, vení conmigo…

Aquella amistad que se inició a los ocho años se transformó en amor a través del tiempo. Desde aquel día no se separaron más. Les decían a todos que eran novios. A los diecisiete años hicieron el amor por primera vez y fue en ese mágico momento que ocurrió.

Sus almas se fundieron. Ella tenía en un rincón de su alma la de Ricardo y este tenía en su alma, la de Stella Maris. Eran uno solo, amantes eternos. Decidieron irse a vivir juntos a los veinte años y estudiar Medicina en Buenos Aires. Alquilaron un pequeño departamento en Barrio Norte y el aprendizaje dio inicio.

Cada día llenaban sus páginas con todos los colores posibles. Luego de seis años se recibieron y al poco tiempo se casaron. Felices como aquella tarde en la calesita. Poco después empezaron a llegar los hijos, Nahuel, Alejandro, Eugenia, Magdalena. Crecieron. Crearon una familia. Con el tiempo pudieron comprarse una casa en las afuera de la Capital…

Cuarenta años después.

Ricardo ya no operaba más pues la artritis había llegado antes de tiempo. Stella Maris, aunque siguió ejerciendo, dejó la profesión para cuidar a su amado esposo. Tenían sesenta años. Con los ahorros podían vivir tranquilos.

Cuando cumplieron sesenta y cinco años, fueron sus hijos los que les regalaron un fin de semana en una cabaña en San Martín de los Andes. Aquella mañana tomaron el avión. Al llegar, una camioneta los esperaba para llevarlos hasta la cabaña. Si el camino era de ensueño, la casa, frente al lago Lacar era el paraíso en la tierra. Se tomaron su tiempo para caminar alrededor de la cabaña, bordear el lago y respirar el aliento de los ángeles.

El atardecer los sumió en una bella melancolía. Sintieron que el universo los miraba y los cuidaba. Por la noche, la luna, inmensa y amable quiso acompañarlos, iluminando con sus haces de plata la quietud del lugar y creando sombras misteriosas en el lago. Las estrellas titilaban al ritmo de la canción eterna del Universo y algunas caían fulgurantes sobre las montañas.

Stella Maris encontró velas y faroles en un armario. Al rato todo el interior de la cabaña estaba teñido del color de las brasas encendidas. Ricardo se sentó cerca del amplio ventanal con vistas al lago y comenzó a sonreír con el alma en una mano. Stella Maris se había encerrado en el cuarto. De pronto salió con un hermoso vestido puesto, su larga cabellera rubia con pinceladas blancas suelta y olía a flores silvestres. Sonreía con timidez. El hombre sintió que el amor hacia aquella mujer seguía tan presente como el primer día.

Se acercó a ella sin poder pronunciar palabra alguna. Extasiado acarició su rostro y comenzó a besarla, sin prisa y sin pausa. Stella ardía con cada beso, no podía abrir los ojos, quería que todo quedara dentro suyo. Fue la luz de la luna entrando por la ventana, la única prenda que cubrió sus cuerpos. Se prodigaron todo el amor que tenían y hasta se regalaron secretos.

Los sentidos de la vida en la tierra, estallaron en esa cama. Aquellos bellos amantes se prodigaron todas las delicias que pueden prodigarse dos seres que se aman y se amarán eternamente. Nada más bello existe en esta vida que dos cuerpos desnudos, unidos por el amor.

El sol de la mañana los encontró aún desnudos entre mantas, abrazados. Aquel primer beso en la calesita, los unió para siempre pues el amor más puro, poético, eterno y genuino, se declaró en el Cielo…

El día de su cumpleaños número ochenta, Ricardo sabía que era el último en la Tierra. Luego de una jornada de festejos llegó la paz de la noche. Y fue allí que comenzó a despedirse de ella aún con la negativa de Stella Maris.

─Debés morir cuando llegue tu momento, amor mío. Este es el mío─ dijo.

─No Richard, si vos te vas, yo me voy también─ respondió Stella Maris, entre sollozos, sintiendo el mayor dolor de su vida.

─No amor, tu hora no ha llegado, tenés cuatro hijos y once nietos que te necesitan. No sé, escribí nuestra historia, para que todos sepan que el amor verdadero existe y es eterno. Que lo busquen y una vez que lo encuentren, que lo defiendan con sus vidas.

—Bueno, lo hago, se lo doy a los chicos, me despido y voy a buscarte. Eso sí, no te alejes mucho por favor, quiero encontrarte enseguida. Sin palabras nos juramos amor eterno y la muerte, la vida, el tiempo, los siglos, los mundos, podrán romper esta unión─ dijo emocionada y con lágrimas en los ojos.

—Yo te estaré esperando, Stella.

Se besaron muy dulcemente por un tiempo indecible hasta que ella sintió la última exhalación de Ricardo en su boca. Se estaba quedando en su interior.

Su cuerpo había llegado al fin, pero su alma inmortal se quedó muy dentro de Stella Maris.

@Richard


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