Perdida por Pedro Ruíz Hidalgo

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Me gusta cruzar de acera cuando salgo del instituto a esta hora de la tarde. En esa parte de la calle,
cae un sol ya sin fuerzas que me agrada en la espalda, camino a mi casa. También, porque se forman
grupos de estudiantes, novios y novias que esperan en la salida y corrillos de pandillas de amigos en
las inmediaciones de centro, yo prefiero mantenerme al margen de estos grupillos.

No hay nadie a quien considere amigo. Tengo compañeros, aunque ninguno de ellos me interesa lo
suficiente como amistad. No me siento atraída por nada de lo que ellos puedan ser, tener u
ofrecerme. Al contrario, me considero tan distinta que no hallo algo que me relacione.

Respondo cuando me hablan con una fingida sonrisa que llevo ensayando toda mi vida, aunque no
es más que la imitación de las maneras en la que me responden las personas que me quieren querer,
como mis padres, como una vecina que se empeña en hacerme creer que somos casi familia porque
me conoce desde niña.

No es de extrañar: nadie es capaz de ver en mí a la joven que soy. Todo el mundo me conoce por
Javier y creen que soy un chico adolescente de casi dieciocho años, cuando en realidad en mi
interior, me percibo desde que tengo memoria como Laura, y por supuesto, soy mujer. Aprovecho
mi apariencia para distanciarme todo lo posible de cuantos me rodean.

Tampoco quiero confundiros. Si estoy contando esto no es porque necesite de vuestra aprobación, ni
por una flaqueza de mi carácter, ni nada que se le parezca; es por valentía de hacer las cosas bien y
contaros de qué forma puedo castigar a las personas que están confundidas.

Claudia, una compañera del instituto, aunque no asistía a mi misma clase, sí cursábamos el mismo
nivel, empezó a frecuentarme en los descansos, en la cafetería, en el patio de recreos y a hacerse la
encontradiza cada vez que tenía ocasión. Por supuesto, todas esas «coincidencias» no pasaron
desapercibidas para mí, acostumbrada y cómoda en mi soledad, me molestaba profundamente su
compañía y no hallé una forma cortés de hacerle saber que no estaba interesada en su frecuente
compañía, ni en su amistad, ni su persona, ni cómoda con su presencia. Su tacto me producía un
repelús capaz de erizarme la piel del asco que me provocaba su existencia. No hallo palabras para
describir la repulsión que me producía la mera esencia de su ser. Pero trataré, aún así, de haceros
comprender cómo transcurrieron los hechos.

Javier, es un chico alto y atlético. Es normal que guste a las chicas, pues incluso a mí, como mujer,
me llega a agradar, incluso, admito, estar un poco enamorada de él. Masculino, pero de maneras
suaves, atlético, pero delicado. Nada dado a las reuniones de chicos y jamás le he visto en compañía
alguna que me desagradara. Siempre afeitado y de manos cuidadas, siente un especial gusto por su
aspecto personal. Entended que me sienta cómoda en él pues su cuerpo es todo lo que conozco.
Claudia, que como os contaba, se hacía la encontradiza cada vez con más frecuencia, se acercó a mí
mientras leía en el descanso de media mañana el prólogo de «Más allá del bien y del mal» de
Nietzsche para un trabajo de clase, cuando al empezar cita: «Suponiendo que la verdad sea una
mujer – ¿Cómo?, ¿no está justificada la sospecha de que todos los filósofos, en la medida que no
han sido dogmáticos, han entendido poco a las mujeres?». Se sentó a mi lado, tan cerca, que
nuestras piernas estaban juntas en el banco. No me importó mucho: entre mujeres tenemos esas
confianzas, pero, también sé que Claudia tuvo este atrevimiento con Javier, quien es mío. Sólo mío.
Y lo peor de todo es que noté que a Javier le agradó ese tacto. Cosa que no consentiré.

Claudia fue acercándose más de una forma… como diría… lasciva, y sin el menor recato me besó
durante un descanso de la tarde. Aproveché el gusto que le produjo a Javier ese beso, para que
cuando más confiada se muestre hacerle entender que Javier es mío y que una mujer como yo va a
luchar con todos los medios a mi alcance, a como sea menester, para mantener a mi hombre
conmigo.

Calculé que el mejor momento en el que podía atacarla fue anteayer, sábado por la tarde, cuando
Claudia y Javier se habían citado en casa de ella para pasar la tarde besándose. Comprenderéis que
no tuve más remedio que asfixiarla con mis propias manos mientras estaba sentada a horcajadas
sobre ella en el sofá de su casa. La estúpida clavaba sus ojos sobre los de Javier mientras,
inútilmente, trataba de defenderse clavando sus uñas en mi cuello. Tengo unas marcas que he tenido
que disimular con un jersey burdeos de cuello alto, impropio para un día de primavera.

Veo dos coches de policía con las sirenas encendidas frente a mi casa. Cuando me acerco, un chico
atractivo y con uniforme perfectamente planchado debió reconocer a Javier y tras hacerle un cacheo
lo esposó.

—¿Es usted Javier? Tiene derecho a guardar silencio. Todo lo que diga pude ser utilizado en contra
suya. Tiene derecho a la asistencia de un abogado.

—Mi nombre es Laura.

@Pedro Ruíz Hidalgo


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