domingo, julio 5 2026

Al otro lado del tacto por Fabiola Rubio

Estaban allí, en medio de la habitación sin nombre, sin tiempo. No había ventanas, pero tampoco hacía falta. La luz que los envolvía no venía de fuera, sino de ellos mismos.
Sus cuerpos desnudos no hablaban de deseo, sino de entrega. No era la piel lo que se mostraba, era la historia que cada cicatriz contaba, el temblor de cada duda, la memoria de cada abrazo que los había sostenido en noches sin luna.
Las esposas brillaban, no como símbolo de prisión, sino como testigos de un pacto silencioso. No eran de hierro, sino de voluntad. Se habían atado el uno al otro no por obligación, sino por esa necesidad profunda de no soltarse cuando el mundo se vuelve inhóspito.
Ella lo miró sin palabras, y él entendió todo. Porque cuando las almas se reconocen, el lenguaje sobra. Sus manos cogidas eran más que contacto: eran refugio, eran promesa, eran raíz.
No sabían cuánto tiempo llevaban allí. No importaba. El tiempo no mide lo eterno. Y lo que ellos tenían era eso: una eternidad compartida en cada gesto, en cada respiración que se acompasaba como si el aire fuera un puente entre dos corazones.
Al final, no eran dos cuerpos esposados. Eran dos almas que habían decidido no soltarse. Aunque doliera. Aunque el mundo no entendiera. Aunque la libertad, a veces, se pareciera demasiado al miedo.
Se cogieron de la mano, siguieron, la piel, los sentidos hicieron el resto hacia todo lo que aún les quedaba por sentir.
Autora: Fabiola Rubio Gil.

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