jueves, septiembre 3 2026

Ecos de siega 1capítulo 2 by Domingo Alberto Martínez

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Entra despacio y cabizbajo, recordando cada escalón que, antes de marchar, brincaba a la carrera, de dos en dos por poca prisa que tuviera (y siempre se va con prisa en la juventud), y que ahora le cuesta trepar una letanía. Dentro de poco estará frente a su madre. Ahora tendrá noventa y tantos, calcula. Las mujeres de esta familia son centenarias, mala hierba. ¿Y los hombres? Mejor el pedrisco: discusiones, borracheras, vidas rotas. Camina despacio para no tropezar con ningún mueble, el bulto de una alacena o un taquillón. También porque quiere tomar aire, la cabeza le está empezando a dar vueltas. Lo primero que ve al final del pasillo es la puerta entornada. La empuja sin llamar y entra, ¿para qué? Mejor no pensárselo mucho. Si esperaba un chirrido, quién sabe si hasta un grito ahogado por la sorpresa, se queda con las ganas, porque las bisagras giran sin ruido y la alfombra apaga sus pasos. En su lugar, el tictac de un reloj invisible y el olor a zapatillas sudadas y bolas de alcanfor.

Ya está. Ha vuelto a su casa, en la que tanto había pensado, a la alcoba de su madre apretada y larga. Las paredes desnudas, pintadas con cal. A la derecha, el mismo armario de roble ennegrecido a fuerza de capas de barniz, su presencia rotunda como la de un confesionario, con el espejo de luna en el centro. Ay, el espejo. De pequeño no le gustaba ni pizca (aun ahora lo evita, seguramente por hábito), apuraba el paso para no verse reflejado y hurtaba la mirada como si fuera a aparecer de repente y abalanzarse sobre él un duende con ojos de insecto o la almeta de un difunto reciente. El polvo le cosquillea en la nariz. Don Sebastià reprime un estornudo y se coloca bien las gafas. Los visillos están corridos y la persiana sofoca la luz de la calle, pero es el ambiente a bodega, el olor a gases rancios y sobre todo el silencio, lo que hace que se estremezca.

Frente a él, un crucifijo de palo, cuartel de invierno de la carcoma. En la misma pared, dos angelotes con paperas y el cabecero de la cama. La cama es antigua, de esas de armazón metálico, de matrimonio, un poco grande para el cuarto, como lo es el espinazo de una ballena, un poco grande para el sótano de un museo de provincias. Su madre lleva la mayor parte de su vida durmiendo en este cuarto con los angelotes de estuco y las moscas aburridas dando vueltas por el techo. Y ahí sigue todavía, o al menos eso quiere creer él, porque no es fácil estar seguro con tan poca luz y las cataratas; sobre todo, las cataratas. En todo caso, ¿qué puede ser el bulto bajo las sábanas, si no? La mancha blanca del pelo se confunde con la masa de los almohadones. A don Sebastià le cuesta distinguir los detalles. Por ejemplo, si tiene los ojos abiertos. ¿Y si está dormida, ajena por completo a su llegada? La cara de su madre se vuelve borrosa desde los pies de la cama. Pero no, está despierta. Tiene que estarlo, siempre ha tenido un sueño de gato. Lo supone además por las manos, el tableteo de los dedos sobre la colcha, dedos finos como patas de araña. Puede que esté rezando, incluso se convence de oír un canturreo; y pasa mecánicamente las cuentas del rosario.

Ha llegado el momento, ¿y ahora qué? El viejo titubea. De entre todas las posibilidades que ha repasado en el tren, este recibimiento —o esta ausencia de recibimiento, mejor dicho— ni siquiera se le había pasado por la cabeza. Él esperaba un escándalo, el ruido y la furia, el resentimiento de una madre larvado desde que abandonó el pueblo. Pero no este silencio, este pozo seco del que no se adivina el fondo.

No sabe qué hacer. Se vuelve hacia la puerta y la cierra con cuidado, como si su madre estuviese dormida y no quisiera despertarla. Y quizá lo esté, ¿puede él asegurar lo contrario? A pesar del toc-toc-toc del bastón al atravesar el pasillo y el eco de los zapatones. Siempre le dijeron que era un penco, un alborotador, con ese corpachón suyo y los brazos extendidos, un samarugo, tan ancho, un trocotrón, le decían, tropezando con los muebles y dando traspiés, que no se dedicara a robar gallinas o a la primera le llenaban el culo de perdigones.

Don Sebastià observa a su madre.

—Madre —la llama, mordiéndose el labio.

Ella reza con chasquidos de viña que se ahoga, árida de vejez y alacranes. Le parece que bosteza y sigue rezando, sin abrir los ojos ni decir una sola palabra. Te ignora, ¿lo ves? El bostezo es un puñetazo en las costillas. Te ha visto, ha tenido que oírte en cuanto has llegado. El silbido de los rezos como el aire que se cuela entre las grietas, desmenuzando los muros más sólidos. Lo sabe, también tú lo sabías. En el fondo, lo sabías. Don Sebastià se siente de repente como el niño que no quiere volver a casa porque alguien ha ido con el cuento de su última trastada y corre a refugiarse en los pinares, trepa por un tronco y pasa las horas saltando de rama en rama, da igual el frío o el hambre que lleve, huye lo más lejos, lo más rápido posible. El silencio es tu respuesta, el castigo que te estaba esperando después de tanto tiempo, después de…

El rostro se le ensombrece al apretar los dientes, en un gesto característico de los Escario. Es tozuda, siempre lo ha sido, dura como los terrones cociéndose al sol. Su mal genio era moneda corriente en el pueblo, todo el mundo evitaba sus miradas de soslayo. Te marchaste precisamente por eso, para no enfrentarte a ella, para olvidar sus costumbres y que el pueblo entero se quedase atrás, lejos. Por eso esperabas…, ay, qué ingenuo fuiste. Porque es lo común y habías olvidado cómo era en realidad, la saña con la que respiraba y cómo escuchaba cuando le hablaban, frunciendo los labios, la mirada baja y las manos entrelazadas, amparándose en su mutismo, que era también su fortaleza, el oficio de difuntos en el que se encerró desde que tu padre resbaló del tejado quitando un avispero y se partió el cuello. Sus ojos tenían un brillo mineral, cómo inclinaba la cabeza hacia un lado, también eso lo habías olvidado, y esperaba sin decir nada, igual que una urraca, pero maldiciendo para sus adentros, maldiciendo una y otra vez. Creíste…, no, no lo creías; quisiste creer que tras las quejas y los llantos llegaría el perdón. Lo sabes, en el fondo lo supiste siempre, pero preferías presentarte ante ella con la venda puesta, porque de lo contrario no hubieras subido al tren. Es tu madre, tu sangre: ella es el espejo frente al que te hiciste hombre.

Don Sebastià no tiene claro qué hacer ahora, si aventurar unos pasos hacia el cabecero. No se atreve y permanece en el sitio, plantado un poco en ninguna parte.

—Buenas tardes, madre —insiste, mordisqueando las sílabas.

Las palabras tienen un sabor amargo, se le rompen entre los dientes como caramelos duros rellenos de regaliz. Se sorprende arrastrando los pies, no tanto como el que tiene el propósito de ir a algún sitio, sino más bien como el reo de trabajos forzados, obligado a arar un campo que parece una cantera, sordo al esfuerzo tras un barbecho de treinta años y un día. Su madre es un bultito apenas, una momia con las sábanas por el embozo; las manos, agujas de pino cosidas con fibras nerviosas, el rostro apretado de arrugas y la hendidura remetida de la boca. Las mejillas temblequean a duras penas como las branquias de una trucha en la orilla, y el gancho rígido de la nariz. No hay color en la cara, ni una pizca; la ve tan pálida, casi transparente, que podría seguir cada rayita azul, el reburujo entero de las venas. Pero respira, eso sí; poco, pero respira. Los ojos enrojecidos como cercos de vino. Los tiene entornados, y a pesar de ello, de estar casi cerrados, son precisamente los ojos lo único que conserva una pizca de vida, la vida escasa que ese cuerpo es capaz de acaparar (y aun con avaricia) como las brasas a las que el calor se les escapa. Don Sebastià se aferra a esas cuencas que no lo miran desde hace tiempo y que han perdido la costumbre de verlo.

Es cruel, reflexiona. Es terca, con esa ceguera feroz de los topos cuando escarban hacia lo hondo, de todos los Escario.

—Somos una gavilla de colmillos y garras. La guerra sacó lo peor de nosotros, lo que estaba escondido, pero fue siempre lo mismo. Siempre los mismos, los Escario arriba y los Cardiel abajo. Campos sedientos en los que nadie trabaja, con el pueblo en medio. Un ventarrón de silencios.

También tú, un tapial de barro seco. Eres testarudo. Don Sebastià aprieta los puños hasta que se clava las uñas en las palmas. Has vuelto lloriqueando como un perro apaleado, no te quejes ahora si es así como te tratan. ¿O es que piensas hacer algo?

Su madre levanta la cabeza de la almohada, probablemente para acomodarse mejor. El pelo se le deshilacha en mechones que se estiran y se desovillan como culebrillas blancas. Luego se recluye en la capilla impenetrable de su yo interior y continúa con los rezos. Ni una palabra que no sea el avemaría, ni la más mínima señal de interés.

—Todavía querrá que me arrodille, ¿no es eso, madre? —gruñe entre dientes, levantando un poco el tono—. ¡Vamos, que empiece con el yo pecador! Como de crío…

Escruta a la anciana de hito en hito, apoyándose en el bastón para mantenerse erguido. Don Sebastià se gira y tropieza, pero sigue hacia la ventana. Echa un vistazo entre las rendijas, sin llegar a ver realmente el exterior, el patio abandonado con un bidón herrumbroso y una pila de bloques de hormigón. Enfrente, el cuarto iluminado de Silverio el de la Micaela. Hay también un balancín de cartón piedra con forma de caballo medio oculto entre las hierbas. Enseguida se vuelve hacia la cama.

—Todo está muerto, ¿o es que no se da cuenta? Nuestro pasado y el de nuestra familia, el pueblo entero, ¡esta misma casa, que se cae a pedazos! Parece que hubiera pasado la helada negra. No hay nadie, nada: los pozos se secan, los frutos se arrugan. Solo queda el hollejo, la estopa. La cáscara amarga.

Silencio.

—Nosotros no fuimos los primeros en mancharnos las manos con sangre, al menos seremos los últimos. Fue la sangre, créame: le di muchas vueltas, sobre todo al principio. Las tierras se quedaron baldías, sin brazos que las trabajaran. Están malditas por beber la sangre de nuestros padres y nuestros hermanos, ¡son yermos! Usted gritaba y se tiraba de los pelos, lo recuerdo como si fuera ahora mismo. A mí cada rasguño, las cicatrices de aquel día se me abren y supuran cuando me miro en el espejo. —Han pasado los años. La memoria se deshace entre los dedos como la arena del tiempo, y aun así duele como si fuera sal en una herida abierta—. Pero, bah, ¿para qué recordar? No tiene sentido, a estas alturas…

Dice, y el atardecer cuelga crespones fúnebres de las paredes. Es duro mirar hacia atrás, es apurar los recuerdos de un solo trago y no saber si lo que bebes te va a curar o acabará contigo. Has cruzado un desierto de olvido para enfrentarte con una anciana que está en las últimas, como el que se aventura en el cementerio de una iglesia abandonada, entre lápidas con nombres borrosos de gente desconocida. ¿Pero qué hacer?, ¿ver cómo llega la noche y no mover un dedo?

Don Sebastià respira despacio. Al rato sigue hablando con voz calmada y grave, una voz que llena el cuarto y lo desborda, como el que llena de agua un búcaro con los tallos agostizos y las flores sin pétalos, que no van a volver a retoñar. Sigue hablando sin saber muy bien por qué ni para qué lo hace.

—No quiere perdonarme, lo sé. El orgullo, tanto orgullo, eso es lo que acabó con nosotros. Las habladurías que respirábamos a cada momento, que juntábamos y amasábamos con la envidia, la bilis y las entrañas de uno mismo, la casquería. Cuántas veces ha repetido las mismas plegarias, madre. ¿Y para qué?, ¿lo sabe usted? Por rutina, yo se lo digo, por la propia inercia: y perdona nuestras ofensas, como también nosotros… ¡pero si no sabemos lo que es el perdón! Me ha maldecido tantas veces que ha perdido la cuenta. ¿Este va a ser mi castigo?, ¿es lo que me tenía reservado? —La anciana no ha dejado de rezar ni un solo instante—. Sabía que pasaría, lo deseaba. Volverá, se dijo, seguro que vuelve. Lo hará en cuanto eche la raya, la fruta lejos del árbol es la que primero se pudre. Yo aguantaré, se dijo, viviré, aunque solo sea para verlo acercarse con el rabo entre las piernas; correrá a mi lado para meter la cara entre las sayas, como hacía de crío. Apretó los puños y aguantó, ¿no es cierto? Fue la rabia la que la mantuvo con vida, encerrada a cal y canto con otra vieja igual que usted en esta casona que se ha ido convirtiendo en una tumba, el panteón de los Escario. Y de tanto roer y roer y no salir fuera, se acabó consumiendo a sí misma como el gusano de la almendra.

Porque es tu madre, ¡tu madre! ¿No te das cuenta?, ¿es que no lo sientes en las náuseas, en la piel misma? Ya tienes respuesta para tus noches de insomnio, cuando mirabas a cada rincón del cuarto y dormías a ratos, con sueños interrumpidos por el sofoco de las pesadillas, cuando te preguntabas de dónde venía esa inquina, tanto ensañamiento, que no habías visto en los buitres ni en las rapaces carniceras, que si se comen a los pollos más débiles es por necesidad, no por sadismo; puede que solo en los parásitos, en los insectos que se lanzan a esas guerras suyas con absoluta indiferencia, a sus atroces escabechinas. ¿Cuál es la fuente del odio? Heredaste su sangre y en la sangre el resquemor y el afán de venganza, por eso has vuelto, para poner punto final a esta procesión de sombras que tiene que ser de flagelantes, porque levanta polvo a su paso y salpica sangre.

Don Sebastià da vueltas por los recovecos del pasado como uno de esos caballitos de chapa y madera de sus años mozos, con los ojos un poco somnolientos de tanto repinte zafio, que en La Hoz de la Huesa se montaban un viernes para desmontar el lunes siguiente de buena mañana, por la Dormición de la Virgen, para enseguida echarse a la noria del hambre y la miseria cotidianas, camino de Estercuel, Los Horcajos, Pancrudo; y ahí siguen girando, girando siempre, sin moverse del cuarto, entre los bostezos de los trajinantes extremeños con gorra de plato y las buñoleras gitanas, que piden «un sigarrito, mesié er rubiale, sivuplé», al ritmo de la tracamandanga cansina de la tómbola. Su cabeza se ha convertido en el pimpampum de una feria.

Los recuerdos le agarran bruscamente por los brazos como una pareja de la Guardia Civil. Todo lo que ve es sórdido o eso le parece, con banquetas de anea por los rincones y el motocarro de Correos que petardea al cruzar la plaza, niños de pantalón corto y ronchas, el rostro con los churretones del pirulí de a perra chica o el coscurro con chocolate de algarrobas, niñas endomingadas con trenzas y las banderitas nacionales de un balcón al otro. El señor párroco a la entrada de la iglesia, apretado de monaguillos, los hombros sucios de caspa, que pasea la lengua salivosa por el papel del cigarro. Todo es grotesco como una fotografía en blanco y negro del entierro de la sardina, deslucida y grasienta de tanto manosearla. El viejo tiene la agobiante sensación de escurrirse por un sumidero, bracear y no lograr agarrarse a nada, igual que Remigio, el marido de la tía Poncia, el Carasueño, que le decían, que resbaló y se ahogó en un regajo un día que fue a por cucharetas.

—Agüeras que se llevan la sangre a las acequias, cuerpos dejados a la buena de Dios entre los surcos, como si fuera un plantío de muñecos de trapo, como si la muerte anduviera a medio madurar en noviembre. Los hermanos de mi padre y los míos confundidos con los de los Cardiel, porque al final todos estamos hechos de la misma porquería. Hasta Sagunto me llegaron los ecos del tiroteo. Por las noches oía ladrar a los perros, me asomaba a la ventana y las nubes parecían murciélagos blancos. Lo leí en las páginas de sucesos, que si uno se había fugado a Francia, que si las mujeres se buscaban por las calles para arrancarse los ojos…, qué dramáticos, los periodistas, qué carroñeros; o aquella otra que se acogió a la paz de un convento, como si cuando se apagan los rezos y en el pecho, en los oídos, cada noche, sientes el reconcome, esa comezón en la boca del estómago, pudieras tener paz.

»¿Cómo llegamos a esto?, ¿lo sabe usted, madre? ¿Se paró alguna vez a pensarlo? O estaba demasiado ocupada espiando a los Cardiel tras los visillos mientras pasaban los rebaños, cada animal más gordo que el otro, cómo se criaban los añojos, los embutidos que echaban los cutos, y mientras tanto la tierra seca, los tormos cerrados como puños. La tierra con la que nos bautizaban a los Escario, una cruz de polvo en la frente que no nos absolvía de los pecados de nuestros abuelos ni de los abuelos de nuestros abuelos. A saber quién fue el primero que tiró la piedra o si a alguien le importó nunca. Hui, bah. Salí corriendo. Creía que el pueblo quedaría atrás, pero me siguió el rastro. He fracasado, madre. No he logrado olvidar el crepitar del fuego corriendo por las pajas, ni tampoco el olor a carne quemada…

La sangre de tu madre es la misma que corre por tus venas, el odio que alienta cada vez que respira, mezclado con el polvo del cuarto; pero tú, ¿la odias? Has vuelto a una casa donde los males se agazapan como en una telaraña y aun con todo aquí estás, atrapado en este pueblo que te desnuda de la piel de los días, te muerde y te rosiga, dejando solo el pasado amargo, el meollo. ¿La odias? La admiras por la determinación con la que sigue adelante, o al menos lo hacías de pequeño, cuando sus brazos eran batanes de madera y usaba las manos para amasar y abofetear, pero no para hacer morisquetas. La aborreces, lo habías olvidado hasta el momento de tenerla delante y sentir su indiferencia, porque su sangre es tu sangre y sus rasgos son los que ves en tu cara. Eres obstinado como ella y vengativo como todos los Escario; así se vuelven las familias que viven apretadas y revueltas, las que tienen que pelear por las sobras y acaban destrozándose como las alimañas. Si hubiera sido un hombre, y fue más hombre que ninguno de vosotros, habría hecho lo que tú y tus hermanos, lo que hicieron tus tíos y el resto de la casa: arrastrarse por los campos entre la cizaña y el hordio, quedarse quieta desde el amanecer, durante las primeras horas, dejando pasar el tiempo sin mover un dedo ni para enjugarse el sudor, cuando el sol aprieta y alguien se impacienta. ¿Quién fue el primero? Avelino, él fue. Ay, ababol. El más joven de los Cardiel, qué poco talento. Asomó la frente por el canto del barranco para encenderse un cigarro, y la detonación hizo callar a las chicharras.

Dio un bote hacia atrás, sacudiendo los brazos como un pollo que intenta escapar, flap-flap-flap, aleteando a la desesperada. Otro disparo, ya innecesario, y el zagal que se desploma con la cabeza destrozada por la perdigonada.

Tú no fuiste el primero en disparar, a ti la muerte del Cardiel te cogió desprevenido. Aunque tampoco fuiste el que menos lo hizo aquel día.

—Usted hubiera hecho lo mismo, es nuestro destino —se disculpa, clavando la vista en la cruz. La deja resbalar por la pared y la cama hasta el rosario—. Somos segadores, madre…

Y afilamos la guadaña en las costillas de los muertos.

 

 

 

 

La Hoz de la Huesa se alza en los confines de una amplia comarca, tan extensa como poco poblada, sobre un tozal de roca caliza. Los Escario fueron siempre labradores, dueños de los campos de la redolada, y quizá por eso y por ocupar la parte alta, el barrio de la iglesia, por haber acaparado durante generaciones los cargos de juez y de alcalde, se daban aires de cristianos viejos, herederos de los antiguos señores y los procuradores del territorio, por mucho que no hubiera día que se recogieran detrás de los machos sin empapar la camisa. Los Cardiel llegaron más tarde. Eran temporeros, formaban parte de un clan trashumante de sangre mezclada, mercachifles y chatarreros que se dedicaban también a la cría y trata de corderos, lechones, cabritos, y en algún momento empezaron a asentarse en la parte baja del pueblo, junto a la fuente vieja. A partir de ahí se las ingeniaron para crecer y trepar hasta la plaza, haciéndose con tierras por herencia o matrimonio, comprando eras, corrales y casas. El origen de las rencillas no está claro; se habla de usufructos de mugas y animales envenenados, de campos que arden por casualidad una noche, y de noche también suceden los encuentros furtivos entre los jóvenes, que acaban a garrotazos cuando los mayores meten mano. Puede que los unos fueran demasiado soberbios y los otros no poco farrucos, el caso es que las llagas no cerraban y se convertían en úlceras, abiertas como alaridos. La ignorancia alimentó el rencor, unas veces a voces en mitad de la calle, la mayor parte del tiempo cabeza con cabeza, secreteando en las inacabables tardes de invierno. La guerra enconó los odios. Las llamas crecieron tanto y tan rápido que acabaron por engullir el pueblo, lo consumieron aquella madrugada, por san Martín sería, cuando los hombres cogieron las dallas, los bieldos, los cuchillos para la matacía, y salieron al campo.

Las horas se volvieron de humo mientras te arrastrabas por el suelo con miedo de disparar, pero con más miedo todavía de fallar el tiro, abrazado a la escopeta con la desesperación del que se agarra a las crines de un caballo en medio de la corriente. Las horas se vuelven segundos cuando la memoria se libra del bocado que la ha mantenido en silencio, guardada en un rincón del establo, se sacude las anteojeras con rabia y corcovea, desquicia a coces las puertas. Hombres recios, hechos y derechos, convertidos en un garabato de miembros, pero también jóvenes y viejos, el apellido no cuenta. Saliste gateando de aquel lugar en el que tanto odio habíais sembrado, pisoteando los brotes tiernos de los ayes, los rezos sofocados. Vilanos que el aire arrastra hacia el alcor del cementerio.

Don Sebastià traga saliva y la saliva se le atranca, es una cerilla en el asperón de la garganta. La borrachera del recuerdo se le sube a la cabeza. No fue nada, unos segundos apenas, desde que al amanecer cayó Avelino hasta que hincó la rodilla Ramón, el de Benabarre, que había venido a echar una mano y andaba a trompicones, dando bandazos, los ojos vidriosos, la mano crispada sobre aquel tajo torcido, tan feo, del cuello, que le ahogaba y le llenaba la boca de esputos, ¿cómo olvidarlo? Al Luisón, el del camino de las cuevas, le arrancaron media oreja de un mordisco y aun así sonreía hasta después de muerto. Los campos se convirtieron en un corral cerrado y vosotros en las comadrejas que corren en pos de los conejos, los zorros mezclados con las gallinas, las águilas reales que se lanzan en picado contra los zorros, los dominan con las alas abiertas y les hincan las garras en la garganta, los mastines con carlanca de hierro que hacen presa, no ceden, se aferran al morro o al espinazo y tironean, los lobos con piel de oveja entre los corderos tiernos, los unos ladrando, los otros feroces, con la lengua asomando entre las fauces, los bueyes con la tiritona del tabardillo y en el oído el zumbido de la sangre que se te sube a la cabeza. A Higinio le rompieron la nariz de un culatazo y fue arrastrándose media mañana, los ojos hinchados, sin ver apenas, hasta que alguien lo aplastó de un pisotón como a una lombriz de tierra. El olor acre del marcar a las bestias, lo recuerdas bien; mediodía de fiebre y niebla de polvo, los hombres sudando, cociéndose al sol que pellizca la nuca, convertidos en bultos, un hatajo de brutos, matarifes con el cuchillo en el cinto que se frotan la mugre en las perneras de los pantalones. A Lipe el Francés las postas a boca de jarro le abrieron un boquete en el costado por el que se le escurrían los entresijos, mezclados con la porquería. El cereal escuálido, sin fumigar ni cosechar, ¿para qué, si no lo iba a aprovechar nadie? Las espigas raleaban entre las piedras como las costillas de un burro, horas que pasan en apenas unos segundos. Y ya se embiste sin saber si es familiar o contrario, Avelino Cardiel o Joaquín Escario. Embebido en la borrachera de la violencia, la nuca agarrotada por la tensión, los brazos que apenas responden, uno dispara por puro reflejo, como en las barracas de tiro, solo por seguir ocupado y no pensar, sin saber por qué lo haces ni de quién es la sangre que te mancha las manos.

Si hay un infierno, como les contaba el cura a las viejas, y seguro que lo hay y no anda muy lejos, tiene que ser de esta manera, una rastrojera de piedra menuda, tan blanca que los ojos escuecen con solo mirarla, un hormiguero entre las amapolas, la calima que asfixia y puntas de alfiler en las plantas desnudas de los pies. Se oye un disparo, rápidamente le responde otro, el gemido del que ha sido alcanzado y el chac, chaca-chac, chac-chac, del cuchillo acribillando el pellejo, dejándolo seco.

—Hasta la última gota, hasta que no queda nadie —musita, la vista perdida más allá de los muros—. Yo sobreviví, yo solo: acabé con Ramón, el último que quedaba. Agarré un pedrusco y le atiné en la frente. Cogí otra piedra… o qué sé yo, puede que fuera la misma. No recuerdo bien lo que hice, pero sé que fui yo el que lo hizo. Le rompí los dientes a carramanchones, le aplasté los ojos. Le golpeé hasta que dejó de ser él y yo no volví a ser yo. El aire olía a miedo, a meados. A mí me quemaba en la boca y la garganta me ardía de sed, una sed antigua como veinte generaciones.

»Yo solo quería olvidar, pero no he sido capaz de vivir desde entonces. He cerrado los ojos durante todo este tiempo, pero las sombras de los muertos me tironeaban de las piernas. Donde yo estaba, allí estaban ellas, campando a sus anchas. Lo único que he conseguido ha sido darle vueltas para no llegar a nada. Ahondar más y más en la pesadumbre.

Miras pasar las cuentas del rosario, las cuentas que no pasan nunca y que no acaban de pasar, como la vida, pero que tanto acaban pesando. Rogelio el Mediarroba, Aurelio el de los Carros, Juanillo y Cebrián, los Mitadencos, Roque Murillo, don Anicio el del horno, Jenaro el morcillero y su primo Ginés, el bueno de Joaquín, que tenía a la mujer preñada y malparió. Tú sobreviviste, tú solo, porque si aquel día tu madre hubiese estado en el campo, la hubieras matado como a cualquier otro.

3

 

Mesilla con tapete de ganchillo y cenicero, vaso verde de Duralex con la dentadura en el agua, el paquete de Ducados con un blíster de aspirinas y el tubo espachurrado del Thrombocid, el despertador parado a menos cuarto y la lámpara de tulipa rajada, delante la foto desvaída en marco de loza de unos hijos que se fueron y a los que no se les espera. Naturaleza muerta en la que da sus últimos suspiros Silverio el de la Micaela, chatarrero y mecánico, al que avisaban de las plazas de Alcañiz y Daroca para desfilar de picador en los festejos de segunda, los ojos cerrados, cansados de ver, las manos deformes e inútiles a estas alturas, perdido en el ensueño de sus años mozos, los primeros cigarrillos de caldo de gallina y aquellos bailoteos que se echaba en la verbena con la Encarna, la cosedora de Encinacorba, las carreras de buena mañana con la suelta de vaquillas, los tragos del porrón en alto con la camisa blanca y sobre todo el bullicio, la alegría de la gente en lugar de este silencio, los partidos en la plaza con Merchán despejando de puños a lo Lerín, el arquero de los Alifantes, una de esas pelotas de cuero tan duras que acababas medio tonto a poco que metieras la cabeza. No has vuelto a probar unos melocotones como los que le daba Merchán a tu abuelo; el primer mordisco sabía a gloria, la pulpa rojiza y tierna, y, ay, aquel dulzor que dejaba en la lengua. El mismo Merchán con el que tantas veces viste a Silverio el de la Micaela de pareja en el bar, cantándole las cuarenta al lucero del alba, ¡arrastro!, hasta que el tractor le volcó encima.

Y risas de hombre, cascabeleando extrañamente en la atmósfera de velatorio y tarde de domingo. Inocienzo será, el Tardanico. ¿Cuántos años tendría a estas alturas? Moreno y zanquilargo, la cabeza metida entre los hombros, esmirriado y dentón, don Sebastià lo traza como si lo estuviera viendo ahora mismo por una rendija, la mano ligera y las yemas amarillas de los dedos. Inocienzo era lo que se dice un adoquín, bueno para nada, un robaperas que se pasaba el día merodeando en busca de colillas, daba lo mismo que hiciera un sol de esos que funden los candiles o que cayeran chuzos de punta, siempre con el moquero anudado en la sesera. Cuando se encontraba con las mujeres camino de la iglesia, Inocienzo el Tardanico ventoseaba sin rebozo y hasta, en ocasiones especiales (el día del Corpus, por ejemplo, o por Pascua de Resurrección), se bajaba los pantalones hasta los tobillos, haciendo alarde de unas canillas magras, flacas como cucañas, peladas y blancas, arqueando las cejas y rebuznando de risa hasta que le lloraban los ojos y el tañido de las campanas anunciaba misa solemne, a lo que él, respetuoso como era con las cosas del cristianar, se santiguaba del tirón media docena de veces, se acomodaba la huevera en los marianos de franela y acababa de subirse los pantalones, para colarse incontinenti a canturrear himnos. En cambio, si eras tú el que se cruzaba con él y no lo saludabas, te soltaba un soplamocos de padre y muy señor mío así, sin ton ni son. «Y a qui-quien Dios se la d-dé —aducía, con esa voz farfallosa suya—, que san Pedro se laaa ben, se la beendiga». Por este y otros motivos, la chavalería le tenía la cruz puesta, como los perros pastores al lobo. Era juntarse media docena y hacerle el blanco de los tiragomas, le hostigaban a cantazos por diversión y fiesta, pero también un poco para vengarse de los adultos.

Cruza por encima de la tapia un gato renco de color azul vinoso, que tiene un muñón corto por rabo. Las golondrinas se columpian blandamente mecidas por la brisa de un alero al contrario, el humo de las chimeneas se desfleca camino del cielo. Caen los últimos pétalos de un día que se deshoja. Dentro de las casas, hombres y mujeres abandonados a una caducidad prematura se aíslan en sus televisores de señal indecisa, obligados a soportar sus días con el programa de telerrealidad de turno. La noche se adelanta en los rincones como en el interior de una iglesia, dibuja violetas fúnebres en las paredes y en las sombras de los retratos.

—Vuelvo con la cabeza gacha, madre —confiesa don Sebastià, arrastrando las palabras—. Me debatí como un jabalí entre los perros, usted lo sabe. No me fui porque quisiera, sino porque las heridas me llegaban al hueso. Busqué la paz, y con la tranquilidad me habitué a otro ámbito, a unas gentes distintas. El Basti del pueblo se había quedado fuera —hace un gesto vago con la mano—, espatarrado en el campo. En Sagunto he sido Sebastià Escarió, patrón de un taller de fundición. Uno más, entre tantos.

Bosteza de nuevo, ¿es que se aburre? Será que la cansas, ¡es implacable! Lo mismo le importa que le digas arre que so. Tu madre se ha convertido en una noria astillada que solo da vueltas por inercia, escarba en la tierra y no sale agua.

—He labrado con esfuerzo el mazo del calendario y los días me han devuelto puntualmente una cosecha de tristeza y equivocaciones. Y llegó el momento en el que también yo caí enfermo. Intenté ocultar el dolor, y me defendí de quienes, en mis actos, por mi comportamiento, lo habían adivinado. Sin embargo, no es fácil disimular el dolor. Es traidor como los hombres y mezquino, se revuelve y ataca en cuanto nos ve confiados. No me gustan los matasanos. He conocido a muchos charlatanes a lo largo de mi vida, vendedores de jarabe curalotodo los hay en cada esquina, y he acabado por no confiar en ninguno, pero tuve que creer en el dolor, y en el insomnio que cada noche me ataba a la cama, en los remordimientos que a esa hora indecisa que precede a la madrugada pintaban de vivos colores las obsesiones de mis años mozos. Una manzana roja y lustrosa bien puede estar por dentro a reventar de gusanos. A mí me llevaron a la planta de un hospital que nunca me había parecido tanto un matadero. Los ojos me lagrimeaban por los fluorescentes, me flaqueaban las fuerzas y era incapaz de escapar de una camilla quejumbrosa de óxido. Despertaba de golpe por las arcadas y con la misma facilidad volvía a perder la consciencia. Me encontré desnudo sobre la mesa de un quirófano, un alfiletero de transfusiones y tubos de plástico con un cielo de yeso sobre mí. Recuerdo un manojo de tuberías varicosas de herrumbre, la danza de las batas y los rostros con mascarilla, que me observaban con la curiosidad de un entomólogo y me hurgaban con esos deditos suyos, afilados y largos, como a un saltamontes patas arriba.

El tiritar durante horas, una hoja de sierra en la garganta y la amargura de los medicamentos que se deshacen en la lengua, dejando un sabor a engrudo y gelatina rancia. Un doctor con mejillas de perro pachón y un ataque agudo de indiferencia le dijo una mañana que habían atajado la infección. A partir de ahora, podrían volver a tratar el cáncer.

—Durante aquellas horas de oscuridad, ¿cuántas veces no caminé sobre mis pasos? La fortaleza que había construido con tanto ahínco se desmoronaba a las primeras de cambio y yo corría a refugiarme en lo conocido, cuando solo era un niño y la primavera asomaba en el pueblo.

Levanta la vista y la clava en la anciana. La mira con ansia, como si quisiera desenroscar la tapa del cráneo y hurgar en sus pensamientos. Los ojos llorosos, la grieta leve de la boca, que rumia con calma y sigue rumiando. En algún lugar de la casa enorme y vacía, llena de cuartos enormes y vacíos, de recovecos en los que anida un calor ardiente y seco, se oye el carillón de un reloj. Primero el tintineo esquivo, con una cadencia que se alarga y se diluye, enseguida las horas: un toque, dos toques, tres…

—Solo quiero saber si me he equivocado. —Don Sebastià se apresura. Una pregunta le cosquillea en la lengua desde que ha entrado en el cuarto, pero no se atreve a formularla—. No sé si he hecho bien en venir… —Se acerca a la cama—, m-madre —suplica.

Y le coge una mano.

El tacto es áspero, más frío de lo que había supuesto. El viejo piensa con un sentimiento de culpa en el dorso de una culebra. Ella tiene un repeluzno y deja de rezar. La boca sin saliva, a medio alentar, el bozo peludo y los pellejos de los labios, esos labios que besaba él de pequeño, con la lengua blanda, agazapada en el fondo. La cara le temblequea. El rosario se le escurre entre los dedos y busca con la otra mano la de su hijo. ¿Será que le quiere devolver la caricia? Don Sebastià siente un indagar en la muñeca, un picoteo convulso en la palma. Por un instante está tentado de cerrar la mano y estrujar los dedos frágiles de su madre, a ver si grita. A ver si así dice algo.

—¡Por Dios!, ¿q-quién es? —farfulla ella. Y llama—: ¡Fuencisla!

Desde luego que grita, vaya si lo hace. Pero enseguida se sofoca y tose. Su hijo le suelta la mano, aliviado en secreto de poder dejarla, y recula unos pasos, apoyándose en el bastón para no dar un traspié.

—¡Fuencisla!, ¡por el amor de! —La voz suena acuciante y ronca, como si no tuviera costumbre de usarla—. ¡Fuencisla!

La puerta se abre y aparece la solterona, que cruza el cuarto decidida. Toma la mano que ha dejado don Sebastià con cuidado, casi con reverencia, como lo haría una monja de clausura con la reliquia de una santa. Le enrosca el rosario entre los dedos, y con un pañuelo de encaje le limpia las babillas de las comisuras, a la vez que le dice ea, ea, ea, como se hace con un niño para que deje de llorar y vuelva a dormirse.

—No entiendo l-lo que… —El viejo quiere seguir, pero se traba—. A santo de qué, tanta escandalera.

La solterona levanta la cabeza y entorna los ojos, y solo entonces lo ve, apartado en un rincón. Va a decir algo, pero de pronto lo reconoce y se queda con la boca entreabierta, como si le hubieran dado un golpe en la boca del estómago.

—Bueno —suspira.

Eso es todo. Si añade algo antes de seguir con su madre, remetiendo las mantas por los lados del cuerpo y acariciándole la frente, las mejillas, el nacimiento del pelo, lo hace entre dientes y él no se entera.

—Después de tanto, quería… de todos estos años, los años que han. La verdad, no sé… No sé lo que quería. —Don Sebastià siente la necesidad de justificarse—. Si hasta los elefantes enfermos vuelven por los caminos antiguos, desandan los pasos que han dado y… o eso es lo que siempre se ha dicho, ¿no? —¿Los elefantes? ¡Menuda sandez!, se recrimina. ¿Qué tendrán que ver los puñeteros elefantes c-con?—. Pensé en volver para verla…

Un carraspeo.

—Tu madre no ve.

—¿Cómo que? ¿El qué no ve?

—Fueron unas manchas. Le salían por la mañana y luego más y más por la tarde. Al principio como racimos, hasta que acabó por no distinguir ni un tanto asina. No ve una miaja desde hace años…, diez o más. Más.

—Y-yo… no lo supe, ¿cómo iba a saberlo? A mí nadie me, nadie me dijo nada. Ni una postal, ni una llamada de teléfono, que bien poco cuesta. Y este cuarto, en el que no se ve nada —se defiende, tan nervioso que no se da cuenta del sarcasmo cruel que encierran sus palabras.

Hay momentos en los que lo mejor es callarse, porque lo que uno dice no tiene sentido. No tienen sentido los relojes, que hurgan bajo la piel con el tictac de una aguja, ahondando las trincheras de las decepciones. Hay momentos en los que los pensamientos no encuentran otra vía de escape y les cuesta salir de la boca. Cuánto mejor sería apretar los labios y dejar que se deshicieran como un terroncillo, como cuando se estrangula a un cachorro con las propias manos, pero nos obstinamos en seguir hablando, como si lo que decimos fuera a tener alguna relevancia o le importase realmente a alguien.

Don Sebastià se encoge de hombros.

—Llevo toda la tarde aquí…, aquí plantado. He hablado sin parar durante horas, le he dicho todo lo que venía a, todo lo que quería decirle, y ella, mi propia madre…, aunque no pueda verme, lo mismo le ha dado: como si oyera llover.

—Tampoco oye.

El suelo tiembla bajo sus pies como si el tren llegara a la estación de La Hoz de la Huesa. Mira a la Fuencisla, la observa con cuidado y no entiende lo que ve: la nariz y los ojos, las orejas, la frente y las cejas, está ahí todo; hay unos labios que se mueven, qué duda cabe, los tiene delante, al otro lado de la cama; la lengua y los dientes asoman cuando abre la boca, está también la barbilla arrugada, peluda. Pero, y qué.

—Mi prima, Sebastián…, tu madre. Está sorda.

Silencio.

—¿Completamente?

—Del todo.

—¿Y no oye nada?, ¿ni voces, ni gritos o…?

—Todo es inútil. Dios quiso que perdiera la vista y después el oído. No ve ni oye, y está muy mayor ya para sentir nada.

Pero don Sebastià, mientras la solterona se lanza a divagar sobre los designios del Señor, también ha dejado de oír. Sus sentimientos, guardados en el arcón de sus entrañas, se subliman con estas últimas palabras, dispersándose en el aire como una nube de polillas. Baja la mirada hacia las manos, que le tiemblan de tan fuerte como se agarra al bastón. Y lo único que le queda es el vértigo, la soledad de una puerta taladrada por la carcoma en mitad de un solar. Él nunca había sentido un vacío así en el pecho. Sus pensamientos se acercan al borde y rehúsan, relinchan abrumados, el terreno se les escurre bajo los cascos e intentan recular, pero resbalan hacia el vacío de unos ojos sin vida en los que no tiene el valor de verse reflejado, como no lo tenía de pequeño frente al espejo de luna del armario.

Se lanza escaleras abajo. Tropieza, o eso cree él, no ve, con un gato sin rabo, que maúlla sobresaltado y se escabulle de un salto, dejando a sus pies un gazapillo despanzurrado a zarpazos. En la calle no hay nadie, la noche se viste de tormenta. El cielo es un cerco de nubarrones con las almenas desmochadas o sin almena alguna, lo mismo que una boca sin dientes, sin los dioses que una vez lo habitaron y, por tanto, indiferente a las plegarias de los hombres y las guerras cotidianas de los insectos, que se exterminan mutuamente y engullen a sus congéneres bajo unas piedras que ellos llaman hogar.

El viejo se pega a los muros como un fugitivo, solo que no sabe muy bien de qué ni por qué está huyendo. Desde algún lugar del pueblo le llegan las risas del tonto Inocienzo. La oscuridad lo acoge en su regazo.


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