Las avispas vuelan y bajan al charco. Algunas moscas hacen lo mismo y luego se posan en las hojas de las plantas cercanas dejando huellas rojas. La hierba crece y verdea las capas más cercanas al suelo. Una mariquita se posa en los pétalos de una amapola y se mimetiza hasta desaparecer. Desde las margaritas salen abejas zángano volando al panal. Mientras un diente de león, en eclosión, se cimbrea con el viento y tira al aire sus semillas en el hueco hundido.
Las plantas rodean la silueta marcada en el suelo como huella de un extraño invitado no deseado. Un grillo canta en la parte donde más pisada está la hierba y unos potos, que quiere romper la prisión de suelo, se expande por el peso recibido. Aguanta la alfalfa que ya ha crecido y quiere volver a empinarse y un brezo despistado que clavó espinas y aun así sintió caer combado por el peso del invitado. Las ortigas se adaptaron a la nueva situación y se alargaron con esperanza de volver a resurgir, como los helechos, donde una garrapata sestea esperando su momento.
Un saltamontes, siempre solitario, recorre el perfil antes ocupado y de un salto llega hasta un palo que sujeta una cinta que se mueve como bandera azotada por las ráfagas de viento. El otro extremo de ella se ha mezclado, como si fuera una carretera sinuosa, en una morera cercana que extiende sus zarzas a ras de suelo. Por ella, algún escarabajo patina y toma curvas sin peralte. Mientras algún ratón de campo espera que el águila ratonera deje de sobrevolar y poder salir de su escondrijo y llegar a su guarida al otro lado de la silueta.
Pasaron unos hombres y se llevaron el cadáver con el que hablaban todas ellas pidiéndole que se apartara para recibir los rayos del necesario sol. Incluso jugó con él un zorro y husmeó una jabalina y sus rayones. Había aparecido allí una noche cerrada de lluvia calmada y fina, de txirimiri incesante que calaba los huesos.
Cuentan entre ellas que no hubo pelea, que unos sacaron un arma y al otro le hicieron arrodillarse. Luego tronó a muerte. Dejaron el cadáver allí expuesto. Al día siguiente llegaron los guardias civiles e hicieron que hacían su trabajo, ellos sabían quién era y que había hecho y quienes lo pasearon. Son tiempos difíciles para los animales de sonidos articulados y dos patas que enseñan libertad. Luego fue olvido, con las camisas pardas no se discute.
Sobre el charco se posaron unas avispas, la alfalfa se irguió orgullosa y las amapolas se cerraron ante el agua que volvía a caer y así protegieron a la mariquita que camuflada se sabía a salvo.
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