La ciudad amaneció envuelta entre penumbras otoñales. Me levanté y sin despertar a nadie, salí de mi casa. El barrio aún se desperezaba. Las calles estaban vacías y solo las panaderías estaban abiertas, despidiendo su clásico aroma a pan caliente. Las veredas estaban mojadas por los porteros o barridas por abuelas madrugadoras.
Esa noche no dormí sabiendo que era el día de su cumpleaños. Habría cumplido ochenta. Al llegar al cementerio compré un ramo de flores y caminé por esos largos, hieráticos pasillos. Crucé el prado a paso lento, contemplando los atildados pinos.
En medio de un silencio que aturdía, llegué a la tumba de mi padre. En su lápida solo decía “AQUÍ YACE EL BARBERO DE BARRACAS”. Era lo que él quería que dijera. Me emocioné al ver decenas de flores sobre la piedra. Los amigos se habían juramentado no permitir que caiga en el olvido.
Me senté en el banco de piedra que estaba frente a él y recordé cuando a los nueve años fui a la barbería por primera vez. Cierta emoción me embargaba. A las tres de la tarde salimos de casa, caminamos cinco cuadras y al llegar, lo ayudé a abrir la persiana.
Mientras él encendía las luces y la vieja radio a transistores, yo recorría lentamente el lugar, como si quisiera esculpir en mi cabeza las imágenes de las decenas de frascos con colonia, gomina, espuma de afeitar y otras cosas que nunca descubrí que eran.
Allí estaban los espejos de mano, las brochas de todo tipo y color, las máquinas y tazas de afeitar, las navajas. Había muchos cepillos, comunes y de cerdas, peines de todo tipo sobre el mostrador y
guardados en los cajones.
Colgado de la pared estaba el afilador de cuero.
Pero había tres cosas que me fascinaron por demás: el sillón barbero con sus palancas, el tubo cilíndrico que no era otra cosa que el calentador de toallas y el farol de barbería con sus colores rojo, blanco y azul, girando.
De las paredes colgaban cuadros con las fotos de Loche, Bonavena y Horacio Acavallo en boxeo. La Bruja Verón, el Chango Cárdenas, Fangio y De Vicenzo. También las de Anthony Quinn, James Dean, Paul Newman.
Cuando alguien entraba, sonaba la campanilla de la puerta.
Mientras se saludaba con mi padre, me acomodaba en una pequeña mesa, cerca de la estufa, para hacer la tarea del colegio y escuchar las conversaciones.
—¿Vio lo que le pasó a Muhammad Ali que se negó a prestar servicio en el ejército? Le sacaron el título y le prohibieron boxear por tres años—Contó uno.
Entre noticias y anécdotas, la gente entraba y esperaba su turno, sentada en el largo banco de madera, charlando. Las risas, los gritos, la radio encendida, el sol entrando por la ventana, crearon en mi, imágenes y sonido imborrables. Mirarlo a él trabajando, me emocionaba.
Era claro que a todos les gustaba reunirse en el planeta de mi padre, pues algunos que ya se habían afeitado o cortado el pelo, se quedaban conversando o leyendo el diario. Cada tanto mi padre me miraba y me guiñaba un ojo. Yo intentaba hacer lo mismo, pero no podía. Nunca me salió.
El silencio llegaba a las ocho de la noche cuando despedía al último cliente o amigo, como a él le gustaba llamarlos. Era el momento de conversar, mientras lo ayudaba a limpiar. Luego bajaba las persianas y contaba el dinero recaudado. Nos abrigábamos y regresábamos a casa donde mi madre nos esperaba con la cena caliente.
Muchos fueron los días de infancia y adolescencia que pasé en la barbería de mi padre. Al casarme me alejé, pero siempre que podía, iba a visitarlo. Como siempre, el lugar estaba atestado de gente.
Luego de un abrazo interminable, saludaba uno a uno a los que estaban allí pues los conocía desde niño.
Todo estaba como lo recordaba. Solo algunas fotos nuevas, como la de Maradona, Vilas y Reutemann. Tenía setenta años cuando enfermó. Meses más tarde, entre polvos y sombras, murió en su cuarto, en su vieja y querida cama, rodeado por la familia.
Esa última tarde lo encontré con la cabeza apoyada en una almohada celeste. Sus ojos, perdidos entre las abultadas arrugas de su rostro, me miraron profundamente. -Hijo, no quiero que llores, he sido el hombre más feliz del mundo. Tuve la mejor familia, los mejores amigos y la profesión más maravillosa que existe. Solo espero que vos seas más feliz que yo. Te quiero hijo.
El día del entierro la caravana de autos tenía el largo de diez cuadras. Fueron todos los amigos con sus familias. Ese mismo día decidí quedarme en el barrio y no cerrar la vieja barbería que había
cumplido cien años…
Sin lágrimas, pero con el corazón compungido, le dejé las flores y me despedí. Caminé con prisa hacia la salida…
Mi padre jamás abrió la barbería a las diez y un minuto.
Y yo no sería quien rompiera esa tradición.
@Richard
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