domingo, abril 5 2026

Mercado social de Nacho Valdés

La comunidad, constructo en el que indefectiblemente nos encontramos instalados y vinculados de manera irremediable, establece de manera tácita, aunque también explícita, esto último supone un problema, un mercadeo emocional para dirigir la voluntad del conjunto. El comercio de la sentimentalidad marca el proyecto compartido, pues las alegrías y las aprensiones suponen el perímetro demarcado por una cultura determinada. Nos reconocemos, pues, en las producciones de los autores del Siglo de Oro y en los versos de Lorca dado que con independencia del salto temporal han sabido capturar el aire de los tiempos para verterlo en el crisol de los elementos compartidos. Nos sentimos cómodos en los ambientes ruidosos de los espacios públicos por nuestra tendencia al contacto con familiares y amigos al aire libre; algo vinculado, entre otras cosas, al clima benigno en el que nos encontramos. Disfrutamos de la estética barroca y atormentada del arte sacro debido a una Contrarreforma de poso indeleble en la tradición de la que participamos. Estos podrían considerarse los escenarios traducibles en cierta noción de felicidad que afecta al ánimo del conjunto. Bajo estos parámetros, que podemos asumir como paralelos a los de cualquier otro pueblo o conjunto de individuos, se agrupan las ideas de patria, nación y el resto de símbolos para congregar bajo el paraguas identitario a la increíble variedad de individuos que pueblan cualquier orden social establecido con el pretexto del orden político.

La idílica abstracción se extiende hasta el horizonte señalando bajo la tutela del destino a los afortunados destinatarios de la entidad cultural de turno. Ahora bien, todos los pueblos resultan señeros en este sentido ya que el artificio del nacionalismo, con mayor o menor sofisticación, se muestra en todo tiempo y lugar. Desde el momento en el que el líder tribal marcó sus dominios y se designó como caudillo frente a sus iguales se ha dado el sentimiento de pertenencia a un grupo concreto. Las razones, como ya explicó Weber en su día, pueden ser variadas y, por supuesto, resulta complejo encontrar un tipo puro para explicar el ascenso de un sujeto o un grupo social determinado. La tradición, el liderazgo carismático o el aparato legal y racional son los ingredientes explicitados por el alemán para mostrar este mecanismo universal.

La cultura como elemento cohesionador necesita de algo más. La simple creatividad y los elementos intangibles de lo que disfrutamos en el seno de la comunidad no tienen el valor suficiente como adhesivo definitivo. Como bien recordaba Umberto Eco en su Construir al enemigo necesitamos de un antagonismo para sentir la necesidad de los demás. Ahora bien, no podemos sumergirnos en una alteridad absoluta, pues aquí se encuentra la inquietud definitiva para experimentar la verdadera raigambre en nuestro entorno: el miedo. Más que la alegría, el disfrute estético o la tranquilidad es el terror el que permite la unión de nuestras comunidades. Este fenómeno también tiene un carácter atemporal, pues en el primer Imperio egipcio se necesitaba de los nubios y libios, los griegos requerían de los persas y, con posterioridad, los cristianos estaban necesitados del antagonismo que localizaron en el islam. La némesis ceñida al otro venía a restituir el equilibrio cósmico haciendo más necesaria si cabe la presencia de un determinado pueblo para revertir la injusticia existencial. Es más, la razón de ser para innumerables comunidades se ha localizado en la posibilidad de terminar con el antagonismo representado por el rival. Para muestra la AntiEspaña del franquismo y su intención de aniquilar a todos los que entraban en este cajón de sastre categorial.

De un tiempo a esta parte hemos ido perdiendo los enemigos históricos y, por tanto, se ha hecho imprescindible la elaboración de un nuevo ideario para suplir esta carencia. Aunque queden nostálgicos bramando contra el islam, también es cierto que el mundo global en el que nos movemos ha provocado una pérdida de poder movilizador para este unificante. Quedan pocos enemigos, aunque algunos, como la administración Trump, se empeñen en generarlos ad hoc para lograr el rédito político. En este caso, por seguir con el ejemplo, el contrincante está incrustado entre los verdaderos estadounidenses y, por este motivo, no cabe otra opción que la purificación para localizarlo y expurgarlo. Curiosamente, al igual que sucede con cualquier formación ultra, siempre se trata de personas pobres, minorías e individuos racializados. Por arte de magia, el inmigrante, a pesar de carecer de recursos, contactos, medios económicos o cualquier otro poder se convierte en el agresor que busca desestabilizar nuestro equilibrio nacional. Se azuza contra el débil para disimular las propias carencias y lograr el rédito electoral debido a la imposibilidad de establecer con facilidad un ámbito fundado en el disfrute cultural (para lograr este objetivo se necesita formación e instrucción; algo de lo que carecen la mayoría de agitadores). Es más fácil espolear la efervescencia del miedo fundamentado en la ignorancia.

El problema añadido, pues lo referido en el párrafo precedente ya resulta por sí bastante conflictivo, es que esta técnica ha ampliado su dominio y, ante la falta de amenazas reales, se han construido una serie de fantasías para exportar este modus operandi al terreno comercial. Vuelve a suceder algo equivalente: las ventas desde una perspectiva positiva resultan más complejas. Sin embargo, ¿quién no desea una alarma en un país repleto de okupas? ¿Quién no contrataría un seguro de vida con la de peligros que se ciernen sobre nosotros? ¿Cómo no cambiar a un coche más seguro para evitar un accidente mortal? ¿Cómo no aspirar a una formación privada con una educación pública plagada de extranjeros? El miedo se convierte por este camino, el de la mercantilización de las emociones, en el mejor catalizar de nuestro sentido identitario. Una lástima que por esta vereda vayamos perdiendo las innumerables riquezas que podríamos ofrecer y compartir con la alteridad.


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