miércoles, julio 29 2026

El barreño de agua by Joiel

«Los vampiros siempre son hombres. Y lo mismo ocurre con los duendes. Y los dos son peligrosos. Pero ninguno de los dos es ni la mitad de peligroso que una bruja de verdad».

Roald Dahl

Gaston Bussière – Leilah

La niña encontró un duende bajo una piedra tallada entre los arbustos.

Déjalo, está muerto, aconsejó la madre, el rostro vuelto hacia las montañas, apartándose del viento que las empujaba hacia las ramas quebradizas.

Pero Morgana negóse a abandonar al duende. En su lugar, se lo guardó en el bolsillo y no dijo nada hasta regresar a casa.

Se encerró en el cuarto de baño. Abrió el grifo del agua fría y mojó al duende tras desnudarlo apartando la mirada. Lucy, su gata, saltó al lavamanos para ver qué estaba sucediendo en sus dominios. Expresó desagrado ante el invitado.

-Es un duende. Ahora está muerto. Después, ya veremos -explicó Morgana con tono dulce, besando mientras a la gata.

Llenó un vaso de agua e introdujo el cuerpo del ser elemental. Lo dejó junto a su cama y contuvo el aliento. El duende no abandonó el olvido.

A punto estaba de salir de la habitación, cuando algo en su fuero interno manifestó una duda. Llevó el vaso con el duende dentro hasta la cocina. Añadió dos cucharadas de azúcar, el jugo de tres limones recién exprimidos.

¿Sería suficiente?

Mejor llenar un barreño entero de agua, añadir un kilo de azúcar, el jugo de cuantos más limones, mejor. Las cosas, o se hacen bien, o no se hacen, que diría su abuelo el aventurero, muy de las minas del rey Salomón.

Dejó el barreño junto a la mesita de noche y se fue a jugar al bosque.

Cuando regresó una o dos horas más tarde, el barreño se encontraba vacío. Sin limonada. Sin duende.

Una parte de Morgana se alegró. Dio por hecho que la criatura mágica había resucitado, y que tras saciarse con la reconfortante bebida, había regresado al país de los duendes, junto a los suyos. Un final feliz sin despedida.

Otra parte de Morgana parecía triste. ¿Qué le habría costado al duende esperarla para decir adiós, que te vaya bonito? O dejar una carta de agradecimiento. Ella, a cambio, le habría regalado un dibujo con ceras de colores.

Una sombra alargada reptó hasta la habitación. Al girarse hacia ella, Morgana descubrió una enorme bola de pelo negro dominada por una mirada diabólica. Era Lucy. Parecía haber engordado el doble de su tamaño.

-Lucy, no habrás sido capaz de beberte la limonada, ¿verdad? Sí, ya sé que a los gatos no os gusta esa bebida de dioses, que es perjudicial para vosotros y bla, bla, bla, pero tú eres una gata especial, siempre lo has sido, y…

Lucy eructó con estruendo, confirmando así las sospechas de la niña.

-Lucy, ¿te has comido al duende cabezón?

La cabeza de una muñeca rodó hasta los pies de Morgana. Más allá, la imponente figura de un duende blandiendo una espada, avanzando hacia ella.

-Eso es el cuchillo de la mermelada -dijo Morgana.

-Oh, mis disculpas -dijo el duende. Bajó el arma. La dejó sobre un libro de cuentos. Trató de colocar la cabeza en el cuerpo de la muñeca, sin suerte.

Era un ser pequeño de ojos saltones, piel cetrina, ropa desgastada de color verde. Una especie de armadura hecha de pequeños huesos cubría su pecho. Se abanicaba con un abanico de lunares porque hacía calor.

-De hinojos ante vos, mi salvadora.

-Pensaba que habías sido devorado -afirmó Morgana, dirigiendo la mirada hacia Lucy, hecha un ovillo encima de la cama, indiferente a todo.

-Solo me masticó un poco. Después compartimos la limonada y unas galletas de la alacena. Dejé una nota de disculpa por el robo. Y dos monedas de oro.

La niña mostró alegría. Por una vez, Lucy no se había comido a ninguna criatura feérica.

Forndom – Flykt

*

Habitado por los viejos bosques.


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