Suspiró a modo de anestesia. Hacía un tiempo le había funcionado casi como analgésico: una respiración profunda, retención a pulmones llenos y exhalación como un globo agotado que perdía momentos de vida.
Sin embargo, en algún momento había dejado de funcionar. Los suspiros se habían vuelto rutinarios. La vida era demasiado agotadora hasta para vivirla por segundos.
Sentada en aquel banco de madera olvidó escuchar el repicar de las campanas que anunciaba el paso del tiempo. Olvidó escuchar la risas de los niños que correteaban por el parque mientras intentaban rascar segundos a las horas. Olvidó que sus días una vez tuvieron sentido. Olvidó las ganas, la rabia y la furia que la habían hecho avanzar saltando sobre sus propios sueños, sobre las esperanzas que creyó inquebrantables. Olvidó que estaba hecha de piel y no de roca. Olvidó que hasta los sentimientos se pueden agotar.
En aquel banco de madera, con la suave caricia del viento frío de una tarde de invierno, olvidó que para seguir con sus suspiros era imprescindible respirar.
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