Como muchos antes que él, Alfredo se creyó inmortal. Pensaba que la vejez no lo alcanzaría nunca, que la oxidación del cuerpo y de la mente pasaría de largo. En su juventud miraba con lástima a los ancianos que paseaban arrastrando los pies, encorvados en sí mismos.
—Yo nunca seré así —se prometía.
Y ahora, ochenta años después de aquellas ideas, está sentado en una silla de ruedas, esperando la hora de comer porque el tiempo en el geriátrico se mide a través de las comidas. Ha pasado una semana desde la última visita de sus nietos. Sus hijos apenas lo hacen, quizás avergonzados por haberse deshecho de él.
O, tal vez, su deterioro los asuste.
Alfredo no los culpa y entiende que su cuerpo y mente resulte una carga. Ellos tienen su vida y no creen que la vejez pueda alcanzarlos.
Sin embargo, Alfredo planea fugarse. Piensa abandonar los ejercicios musculares, los gritos de los demás internos, las batas blancas de las cuidadoras y la dependencia que tiene de ellas. Desea huir de su cuerpo y de sus propias ruinas. Y lo intenta de la única manera posible: rezando y desafiando a Dios —o al diablo— para que se lo lleven de una vez.
Y es lo que está haciendo cuando Lara, una de las cuidadoras más jóvenes, le toca un hombro y se inclina hacia él. Alfredo ha perdido tantos reflejos que ni siquiera se sobresalta.
—Tienes visita —dice Lara. Alfredo se ajusta los audífonos.
—¿Qué? —dice.
—Una visita —repite Lara —. Han venido a verte.
Lara lo conduce hasta la sala de visitas sin darle la opción a negarse. Alfredo descubre a un desconocido sentado al otro lado de la mesa. O, al menos, él no sabe de quién se trata. Viste un traje oscuro y mantiene las manos entrelazadas sobre el vientre. Habla con la enfermera y Alfredo se asusta. Puede que se trate de uno de sus hijos y sea incapaz de reconocerlo. Lara los deja solos y el hombre y Alfredo se observan
—¿Estás preparado? —dice el hombre. Los audífonos de Alfredo no filtran la voz. Las palabras suenan desde dentro, tan claras como sus propios pensamientos. Lejos de asustarse, extiende las manos hacia el desconocido.
—Sí —dice. El hombre abandona su asiento y lo ayuda a levantarse. Alfredo crispa el rostro aguardando la llegada del dolor. Las rodillas, la cadera y la espalda protestan siempre que se pone de pie. Pero ahora no le duele nada. Por primera vez en muchos años, su cuerpo disfruta de la ausencia de dolor. Incluso puede caminar erguido, sin el bastón. Se acercan a la salida y es el desconocido quien abre la puerta. El cielo del verano se alarga sobre los árboles que hay en el jardín trasero. El aire huele a hierba y a vida. Alfredo cierra los ojos y suspira. Al fin, piensa. El hombre lo guía al exterior y Alfredo lo sigue sin importarle si fue Dios o el diablo quien escuchó sus ruegos. El geriátrico queda atrás y, poco a poco, Alfredo se recupera a sí mismo, encontrándose con el pasado que fue hasta conseguir dejar de existir.
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