Miguel Ángel por Mirna E. Gennaro

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Viviana tomó el cincel con la mano izquierda y con la otra acarició el mármol que tenía frente a
ella. Veía entre sus vetas el asomo de su gran obra. Podía distinguir sus ojos, su nariz, los rulos
de su cabello.

Ella esculpió durante meses, todos los días se tomaba un par de horas para agregar un nuevo
detalle: un lunar, una arruga, un pliegue, un hoyuelo…

Al cabo de un año su obra estaba completa. Entonces se dedicó a admirarla, no por orgullo de
sí misma, que sí lo tenía, sino por embelesamiento ante ese hombre, el que ella siempre había
deseado y que aún no podía creer que hubiera esculpido. Hasta le puso un nombre a su estatua, Miguel Ángel lo llamó. Y como al pintor, ella le atribuyó grandes cualidades, cualidades que ella valoraba en un hombre y que pensaba la harían feliz.

Llegó el momento de la presentación en público de su obra y con gran expectativa expuso a Miguel Ángel en una sala donde había pinturas y esculturas de varios artistas. La gente concurrió, entre ella sus amigos. El éxito fue rotundo. La gente se detenía largo rato a admirar las cualidades de ese Miguel Ángel que parecía querer salir andando del mármol. Muchos lo elogiaban, otros lo envidiaban, otros más solo se quedaban pensativos, tal vez deseando que fuera real o todo lo contrario.

Viviana se sintió muy gratificada, al principio. Pero pasadas unas semanas, se dio cuenta de que la fama de Miguel Ángel la excedía. La gente no se detenía a mirar quién había sido el creador de la obra. Se acercaban a él, pero no a mirar la chapita en la que aparecía el nombre de la autora, algunos le hablaban, le contaban secretos y se quedaban esperando una respuesta que no surgía pero que se intuía.

Hubo un par de ofertas de posibles compradores, pero ella no las aceptó. Miguel Ángel era de
ella y de nadie más. Sin embargo, poco a poco, llegó a la conclusión de que no quería compartirlo ni siquiera para que lo admirasen.

Se llevó la estatua en medio de reclamos del dueño de la galería. Él no podía entender que un artista no quisiera seguir exponiendo su obra más aclamada. Ella no dio explicaciones. Solo se llevó a  Miguel Ángel a su casa como si la estatua hubiera cometido algún error o delito del que era totalmente responsable.

Ya en su taller, Viviana pasó varios días hablándole al mármol. Le reprochó, le recriminó su éxito, lo acusó de no hacerla partícipe del mismo, de dejarla en la sombra más solitaria y aterradora. Miguel Ángel no respondía a las acusaciones. Se limitaba a mirar sin asomo de remordimiento hacia adelante, como si ella no existiera.

Al poco tiempo comenzó el odio. Ella lo acusaba de cualquier cosa. No había error o accidente que ella sufriera del que no lo culpase.

Un día Viviana volvió a tomar el cincel. Esta vez para deshacerse de ese hombre tan desconsiderado. Pasó horas picando el mármol, viendo cómo se deshacía en sus manos como un tonto recuerdo. Al cabo, puso sus restos en una caja de madera y lo enterró en el fondo de su casa. Pero tuvo la idea de tomar un trocito más de mármol y hacer una pequeña placa en la que inscribió: “Aquí yace un ideal fallido”.

@Mirna E. Gennaro texto

@Imagen Pinterest


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