Hace unos años publiqué El Motín, un thriller de trasfondo histórico en la España de 1.836. Comencé la novela con la descripción de un suicidio. A partir de ahí, la trama va afilando la intriga hasta su resolución. Hay lectores que me han dicho que no se resuelve. Quizá tengan razón. Os comparto este extracto del primer capítulo.
El Motín (extracto del capítulo 1) por Feliciano F. González
Es triste morir. Aún más aciago es dejarse morir, matarse. Los despojos de la muerte son una burla a la grandiosidad de quien estuvo vivo, de quien tuvo un nombre con el que ser llamado, o ser aclamado, o insultado. Un charco carmesí sustituye las voces, el largo discurso de un reguero de sangre rememora el fluir del pensamiento, acallado para siempre, en manos ya de la memoria en su constante apelación contra el olvido. Sangre y olvido resbalando por las losas de granito labradas, como agua y aceite, unidos en el trance sin unirse. No es la sangre parte de la paleta de colores de este lienzo. A la sangre no se la espera en el decorado teatral de la belleza. La sangre surge y se rebela. Entonces nadie puede acallarla ni pretender no verla. La sangre tiene culpables, causas, nunca es casual. Tiene perdón, compasión, miedo, pero nunca olvido.
Una vida plena dedicada a la vida, un corazón palpitante de amor y sueños, se desploman desmadejados sobre el banco de lamas verdes de madera, rodeados de silencio. Ahora es poco más que un despojo molesto y comprometedor. Alma que ansiaba, peleaba, ardía por todos los sentidos, ahí reposa arrojada en la cuneta de la vida como un perro atropellado, aguardando a ser advertida por alguien o servir de alimento matinal a las alimañas. Horas inacabables de una espera que no tiene propósito. Bastó un segundo, un disparo certero, para acallar largos y fructíferos años de esperanza. Siempre sorprende ver la ingente cantidad de sangre que puede brotar de las sienes, parece inacabable, como si se hubiera abierto de un sobresalto el origen mismo de la vida. Es tan prolongada la labor del escultor y tan fugaz el golpe que destruye su obra. Pero ya está hecho. Es la única decisión irrefutable, sin marcha atrás. Quizás por eso requiere escasa meditación, es por principio impulsiva. Un hombre debe tener una gran esperanza frustrada en algún cajón de su cuerpo para dejar que la sangre sea quien alce su voz y explique al mundo quién ha sido y no será nunca más. De lo contrario, no se podría entender por qué no resignarse a vivir con facilidad y paciencia. Él tenía una gran esperanza, la más alta de todas las imaginables. Tenía la promesa del amor y la impaciencia de la vida. Y todo lo perdió. El desengaño de quien pierde el amor apuñala los más íntimos pilares de la explicación de la vida.
Es aterrador el gesto de quien descubre por sorpresa la muerte en un lugar inesperado. El silencio huye despavorido. Gritos de alarma claman desordenados. Las aves carroñeras detienen su festín. Son inacabables los minutos que tarda alguien en acudir a la llamada de socorro. La sangre no detiene su escritura sobre el granito. La piedra no escupe la sangre cuando la ha bebido a borbotones. Tiene prisa y poco interés en aguardar a que la limpien. Su destino es secarse al sol lentamente, quedar grabada en la piedra como seña permanente de inmortalidad, como recuerdo vivo, como amenaza, como advertencia. Nada vuelve a ser puro tras el paso de la sangre. Ninguna irisación, ningún rostro, permanece inmutable tras el paso de la sangre.
Tardó una infinidad asfixiante en acudir un grupo de empleados del Palacio, alertados, hasta aquel discreto lugar. El cuerpo inerte yacía recostado en el banco de lamas verdes de madera, los ojos ausentes escrutando el suelo, las sienes atravesadas por un disparo incuestionable, sangre viva redoblando claveles por todas partes, olor salado, casi marino, distrayendo el suave perfume de las flores de las acacias. Gestos de terror, aspavientos de quien no acierta a dar un paso sin tropezar, llamadas a Dios y a la Virgen Santa, preguntas despeinadas sin destinatario para evacuar la angustia, cómo es posible, qué desgracia, hay que avisar a la Guardia, será un crimen, será un suicidio, la pistola está ahí junto al cuerpo, cómo es que nadie oyó el disparo, aparenta haber ocurrido de madrugada, tal vez al filo del amanecer, no respira, está muerto, los cuervos le han picado la cara y los dedos, qué horror, quién es, yo recuerdo esta cara, Dios mío, venga la Guardia, hay que mover el cuerpo, imposible hasta nueva orden, que se clausuren los jardines, hoy nadie puede acceder aquí, traigan una manta para cubrirlo, podría ser avistado desde las ventanas de Palacio, rápido y, ante todo, discreción, silencio rotundo y riguroso.
Un revuelo de aves negras insulta con amargor la clausura de su festín sobre aquel banco de lamas verdes de madera. Un difícil silencio se infiltra con la luz de la mañana.
#Web del autor: http://www.felicianogonzalez.com
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