miércoles, agosto 19 2026

TRES CAMINOS by Esther Bajo

Tres caminos

Me puse a rimar versos en cuanto aprendí a escribir. Leí de cabo a rabo “Las mil mejores poesías de la lengua castellana”, que era el único libro de poesía que había en mi casa y buena parte de las cuales mi madre se sabía de memoria y me recitaba de vez en cuando; sólo de escuchársela aún recuerdo casi todo el poema “El tren expreso” de Campoamor. Ella eligió mi regalo cuando cumplí doce años: un libro. Fue mi primer libro. Aún lo tengo, claro. Es un libro pequeñito, de tapa dura de piel roja, editado por Aguilar: “Poemas escogidos de Antonio Machado”. Lo memoricé casi al completo, lo cual me serviría de mayor para impresionar a algunos chicos recitando sus poemas de memoria. Encontré muchas cosas en ese libro y, entre ellas, mi primer camino.

Caminante, son tus huellas

el camino y nada más;

caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

Al andar se hace el camino

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

Caminante, no hay camino

sino estelas en el mar.

No hay mayor declaración de independencia que la de fiar la vida únicamente a tus decisiones ni mayor lección de humildad que reducirla a una efímera estela en el agua. El poema estaba tan en consonancia con la educación que me dieron mis padres (la casi obsesión de mi madre por que forjara mi propio camino y la casi patológica humildad de mi padre) que ese poema fue más importante para mí que todas las clases recibidas en el colegio.

Su profundo efecto en mi vida sólo fue eclipsado (o acompañado) por otro que me alcanzó en mi adolescencia cuando ya era una lectora voraz de poesía (y prosa). Es de Constantino Kavafis, muy de moda entonces. Y también hablaba de un camino.

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca

pide que el camino sea largo,

lleno de aventuras, lleno de experiencias.

No temas a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al colérico Poseidón,

seres tales jamás hallarás en tu camino,

si tu pensar es elevado, si selecta

es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Ni a los lestrigones ni a los cíclopes

ni al salvaje Poesidón encontrarás,

si no los llevas dentro de tu alma,

si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.

Que muchas sean las mañanas de verano

en que llegues -¡con qué placer y alegría!-

a puertos nunca vistos antes.

Detente en los emporios de Fenicia

y hazte con hermosas mercancías,

nácar y coral, ámbar y ébano

y toda suerte de perfumes sensuales,

cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.

Ve a muchas ciudades egipcias a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.

Llegar allí es su destino.

Mas no apresures nunca el viaje.

Mejor que dure muchos años

y atracar, viejo ya, en la isla,

enriquecido de cuanto ganaste en el camino

sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.

Sin ella no habrías emprendido el camino.

Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.

Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,

entenderás ya qué significan las Ítacas.

Imagen aportada por la autora

No se me ocurre un manual más denso y hermoso de filosofía y poco que decir que no se haya dicho ya de este poema que lamentaría que no siga siendo un icono cultural de los adolescentes contemporáneos, como lo fue para mi generación. Por cierto, ¿aún se lee “La Odisea” en los colegios? A parte la profunda y explícita metáfora del viaje a Ítaca como el periplo vital de cualquier persona, el poema sería útil para enseñar a viajar a quienes, masivamente, se mueven cada año en vacaciones sin buscar otra cosa que dónde hacerse una foto; también a respetar a quienes emigran, no por necesidad, sino por ampliar su conocimiento, por evitar la mejor definición que he leído de la monotonía y que también la dio Kavafis en uno de sus versos: cuando el mañana termina por no parecer un mañana.

Por último, en otro momento decisivo de mi vida, cuando, ya más que madura, emprendí la última parte de mi viaje vital sin el apoyo de mis padres ni mi pareja, otro poema me asaltó para guiarme y ¿casualmente? también hablaba de un camino. Es el famoso “The road not taken” de Robert Frost, una de cuyas estrofas escribí y enmarqué cuando yo misma decidí emigrar:

Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,

yo tomé el menos transitado.

Y eso marcó toda la diferencia.

Fue como un retorno a Machado, pues el poema no sólo es un aliento para quienes temen arriesgarse y seguir un camino no convencional, sino también un consuelo para quienes temen a cada paso equivocarse, pues al fin, la vida es azar y no hay camino bueno o malo, todos llegan a Ítaca y lo único que importa es andar.

Esther Bajo


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