sábado, septiembre 5 2026

LECTURA by Margarita Campos Sánchez

LECTURA

Érase una vez, tres años inconscientes en una cabeza aún por adivinar, con la mirada soñadora, despierta, buscadora de experiencias y saberes.

Allí estaba ella, arropada en los brazos de su abuela, cálido abrazo en el que se diluía como un terrón de azúcar en busca del cariño más profundo y sincero.

Aún sin saberlo, la abuela le daría a la pequeña las herramientas con las que desarrollar su vida, con las que defenderse en un mundo que poco amable la circundaba.

Las letras, la lectura, que aún en esa temprana edad formarían parte de su piel y su esencia como único modo de volar hacia lugares desconocidos, haciéndola sentir que podía ser todo aquello que quisiera.

Letra a letra se fueron abriendo túneles por los que escapar con el entendimiento.

Su abuela le explicaba los sentidos de las frases para que asimilase correctamente lo leído.

Eran así las vespertinas horas de las tardes en las que, sentada en un banquito a su medida, con el ABC en mano, «periódico más grande que ella», leía sin desmayo, letra a letra, formando palabras, formando imágenes en su cabeza. Después el aplauso de la abuela que explicaba las ideas, quitando verdad a muchas de ellas, haciendo que se formara una opinión, sin el adoctrinamiento que los periódicos siempre daban, (y siguen dando) a través de sus páginas y artículos de la época.

Aun así, eso fue formando la mente para analizar cada noticia leída y crear una pantalla que no hiciera calar la opinión de cualquiera sin considerar otras opciones.

Así empezó la historia que haría recorrer con más o menos acierto una vida incipiente cargada ya de relatos que bullían en su mente.

La entrada en el colegio, con esas sobrias monjas dedicadas y empeñadas en dar corrección a los pequeños seres que eran entregados, cómo pajaritos recién caídos del nido, no fue como ella esperaba.

Ufana de llevar bajo su pequeño brazo las historias de los Hermanos Grimm, un basto y pesado ejemplar que dificultaba a veces su caminar, pero que, como tesoro incomparable, ese que la hacía soñar con las múltiples leyendas en las que se entregaba como protagonista de cada una de ellas, caudal de emociones a la que no estaba dispuesta a renunciar.

Ya en ese primer día aprendió que se no puede salir de lo que marcan las normas.

Y menos si se supone que no debes de saber nada.

Que no debes tener opinión hasta que no te digan la que debes tener.

La de todos.

La obligada


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