viernes, septiembre 4 2026

Martina.- Capítulo 3 por Ricardo Mazzoccone

Salieron con sus maletas y caminaron hacia la entrada. Allí estaba Liliana aguardándolos con dos caballos. El abrazo fue eterno y sin palabras. Partieron. Martina sabía que eran casi treinta días de viaje a caballo. Debían atravesar montañas, ríos y valles para llegar a la carretera que los llevaba al parque.

Tuvieron que refrescarse con tierra mojada, alimentarse con amargas raíces, beber de las rocas y dormir sobre la escarcha. Hablaban poco. Lo hacían solo de noche y alrededor de una fogata, intentando descubrir nuevas estrellas en el cielo y para darse ánimo.

Pernoctaban algunas noches en graneros que hallaban en el camino. Caminaron bajo feroces lluvias, con crueles vientos e incandescentes soles. Hasta que llegaron al parque justo cuando el sol se escondía. Ya habían abierto sus puertas. El bullicio era enorme. Martina sonreía mientras el niño, extasiado, reía solo. La mujer apuró el paso para hallar a su madre, a quien hacía trece años que no veía. De a poco comenzó a saludarse con los integrantes de la vieja y gran familia circense. El
abrazo, entre gritos de alegría y lágrimas de emoción, duró un verano.

—¡Mamá, qué alegría verte! —La mía es más grande, Martina. Y conocer al niño es grandioso. ¡Mi nieto! Pensar que cuando te fuiste aún estaba en tu panza… ¡Qué bello es! Igual a ti.

El pequeño se abalanzó sobre aquella mujer y la abrazó fuertemente.

—¡Al fin la conozco, abuela!

Luego de unos minutos, Martina preguntó por su padre.

—Ese malnacido se fue con la hija del trapecista. Diecinueve años tiene… ¿Puedes creerlo? —¿Y tú cómo estás?

—Yo bien, más tranquila. Mejor sola que mal acompañada, hija. Tu padre siempre me fue infiel.

Siguieron conversando animadamente. De pronto, vieron que la pitonisa se acercaba. Se abrazaron largamente; también al niño.

—Tenemos mucho de qué hablar, Martina —dijo.

La mujer asintió.

—Ve a instalarte en mi casita. Ahora que estoy sola, sobra lugar —dijo la madre, interrumpiendo.

Se fueron y, apenas entraron, Martina y Joaquín se desplomaron en una de las camas y se durmieron hasta el día siguiente, exhaustos por el largo viaje. La madre, mientras tanto, pactó una reunión con Guillermo. Martina y su hijo se despertaron y ella los obligó a bañarse y cambiarse de ropa para conversar con el dueño.

Guillermo no podía ocultar su alegría al verla. Luego de los abrazos, fue Martina la que habló.

—Mira, no tienes obligación alguna conmigo. Solo quiero decirte que me gustaría que nos des la oportunidad de trabajar aquí. Haré lo que sea. Si tengo que limpiar los excrementos de los animales, lo haré. El niño también.

—Oye, ¿acaso te volviste loca? Tú eras mi preferida y lo sigues siendo. Te confié la caja porque conozco tu honradez y tu decencia. Y tu hijo debe ser como tú, así que: vuelves a hacerte cargo de la entrada y del dinero. Y tú, Joaquín… ¿Qué quieres ser? ¿Payaso, domador, trapecista, conducir algún entretenimiento?

—Me gustaría ser payaso, señor. Quiero aprender —dijo con entusiasmo.

—Y lo serás. Ve, recorre, conoce a todos y pregunta por Jerónimo. Dile que yo te envié.

El niño salió disparado de la casa y caminó por el parque sin poder cerrar la boca. Luego de un rato halló a Jerónimo. Era el payaso más viejo del mundo. Conversaron y rieron como dos viejos amigos…

Años después.

Jerónimo había fallecido y Joaquín había tomado su lugar. Supo convertirse en el payaso más querido. Con dieciocho años era un joven sumamente atractivo; las mujeres del circo estaban enamoradas de él, pero su corazón le pertenecía solo a Cinthia, una joven y bella trapecista. Habían crecido juntos: fue la vida la que los unió y el tiempo el que los enamoró.

Martina, a su vez, trabajaba a destajo, como siempre. Nunca le faltó una moneda a la caja. Por las noches, cuando todos se iban a dormir, montaba guardia con su madre y la pitonisa.

—Martina… Debes saber que un día aparecerá e intentará seducirte para llegar a Joaquín. Debemos estar preparadas; es decir, mantener la calma y rodear entre todos a tu hijo. Si ejecutamos bien los pasos, él se alejará y debemos rezar para que no regrese —dijo la pitonisa en una noche de desvelo. —

Así será, mi querida amiga.

Pasó el tiempo y la vida en el parque era todo felicidad. Joaquín y Cinthia anunciaron su casamiento y de inmediato comenzaron los preparativos. Pero fue la noche previa a la boda cuando la luna se escondió y un frío extremo comenzó a azotar la región.

—Está aquí. Es él. Debemos prepararnos —dijo Martina.

En esa jornada, el parque estallaba de gente como siempre. Martina necesitó ayuda para atender a todos de forma ágil. Mas, de pronto, sintió cómo el tiempo comenzaba a moverse en cámara lenta. Levantó la vista y allí estaba él, con su sonrisa muerta y sus ojos vacíos.

—¡Hola, mi amor! Tanto tiempo… ¿Dónde has estado? Te extrañé —dijo con sarcasmo.

Martina no perdió la compostura y le pidió a Cinthia que se hiciera cargo.

—Ven, vamos al campo así hablamos más tranquilos —le dijo y comenzó a caminar.

Cuando llegó, él ya la estaba aguardando. —Estás más vieja y más lenta. ¡Demoraste mucho, amor!

—¿Qué quieres? —preguntó ella con voz seca.

—Sé que no me amas, así que no intentaré enamorarte otra vez. Además, fuiste muy fácil la primera vez y a mí me gustan las difíciles. Solo vine a buscar a mi hijo. Es hora de que esté con su padre. Hasta ahora lo tuviste tú sola; me toca a mí —dijo y río.

De pronto, Joaquín apareció a sus espaldas, y su madre y la pitonisa se colocaron al lado de Martina.

—Aquí estoy —dijo el muchacho.

—Hijo mío… Pero qué grande estás.

Se acercó para abrazarlo, pero Joaquín se alejó.

—A ver, niño, seguramente te hablaron mal de mí, pero es todo mentira. Yo quería darte un hogar, amaba a tu madre y soñaba con darles la mejor vida. Te han dicho que soy el diablo y es falso: soy un hombre común. Ven, abrázame —dijo mientras se acercaba al joven.

Nuevamente él se alejó y lanzó un puñetazo al aire.

—Bueno, bueno, te has vuelto difícil como tu madre. Sabía que no te me regalarías como ella la primera vez, pero tampoco esperaba tanta hostilidad.

—No hables así de mi madre, hijo de puta.

—Oye, de un hijo a un padre, suena muy mal ese insulto. Ten un poco de respeto.

La tensión crecía.

—Ok, vamos a calmarnos y… —No terminó de hablar cuando se abalanzó sobre el muchacho.

Pero Joaquín vio venir el movimiento y con mucha destreza lo esquivó. Rápidamente, sacó una daga de entre sus ropas y se la clavó en el hombro izquierdo. El diablo, desconcertado, comenzó a aullar y a retorcerse de dolor.

—¡Lailah, perra inmunda! Lo ayudaste. Te encontraré y te mataré —gritaba enajenado.

Los cuatro se abrazaron y se quedaron mirando cómo Balial se revolcaba por el dolor sobre la tierra, hasta que se elevó y desapareció. Todos gritaron de felicidad. De inmediato, la luna tomó su lugar en el cielo y el viento helado dejó de soplar.

Se sentaron en la hierba, en silencio.

Luego de la cruel lucha entre el padre y el hijo, Martina habló: —Regresará. Sabes que ese maldito demonio lo hará y tú debes estar preparado, Joaquín. Ven, ahora regresemos a la feria.

Se abrazaron y caminaron.

—Hijo, debo decirte algo. Es un secreto que tengo guardado desde hace mucho… Eres inmortal, no puedes morir.

El muchacho no podía creer lo que acababa de escuchar.

—No puede ser… No y no. Significa que las personas que amo envejecerán y morirán. No voy a soportarlo. ¡NO! Debo decirle a Cinthia que no podremos casarnos.

Salió corriendo y se perdió en la oscuridad del campo. Martina estaba desconsolada por el dolor de su hijo y lloró toda la noche. Cerca del mediodía del día siguiente, Joaquín entró a su casa.

—Mamá, estuve pensando y debo alejarme. Es una forma de proteger a todos. Ya le expliqué a Cinthia, pero no sé si me creyó. No, no llores, madre. Además, necesito saber quién soy; quiero encontrar la respuesta a esto. Tú has sido todo para mí. Te amo y nunca te olvidaré.

La abrazó y se fue. Salió del parque sin ser visto; no quería despedidas. Comenzó a caminar con su paso inmortal, con la vista fija en el horizonte. Pensó que, quizás, el camino era el sentido. Para ello, llevaba el tiempo atado a su cintura.

@Ricardo Mazzoccone


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