De pronto, suena el despertador como un pitido insoportable rompiendo la oscuridad sin luna de su alcoba. Los botellines de cerveza de todas las marcas imaginables rodaban de parte a parte marcando un compás extraño, a ellos se unían como en una rara sinfonía las decenas de copas y vasos a medio empezar o a medio terminar del mueble bar.
Los platos de porcelana china viajaban de un lado a otro sin descanso siguiendo su propio ritmo. Las ventanas se abrían y cerraban sin control. Él intentó llegar hasta el gran salón del palacio tambaleándose hacia la oscuridad total .
Sus pies no eran capaces de guiarlo en línea recta, su cuerpo parecía danzar por separado en
una calle sin final. Todo se movía, las lámparas ya no iluminaban, ni siquiera decoraban los techos. El suelo se abría en dos partes como un bizcocho recién horneado dejando salir el calor.
Una humareda rojiza y abrasadora comenzó a quemarlo todo. Los muebles y cada cosa que se cruzaba en su camino mientras avanzaba como una lengua mortífera hacia él sin que pudiera evitarlo. Parecía estar en medio de un volcán en erupción e iba a morir de la peor manera posible, abrasado, asfixiado por los gases, quedándose sin piel lentamente. Su respiración se agitaba más y más, la tos era más frecuente e insoportable, su corazón iba acelerándose hasta límites peligrosos para la vida. Pero que importaba, mejor morir antes de ver su piel churrascada mientras su cerebro le
pedía que saliera de aquel lugar en llamas.
Los sonidos de las sirenas se acercaban pero no lograban llegar ante tal amasijo de cascotes descontrolados. La tierra se movía a cada momento, las réplicas eran continuas. Gritaba pero su voz inerte no parecía escucharla nadie, ni los perros de rescate podía oler su rastro tal vez por efecto del perfume intenso que usaba a diario.
De pronto, sonó el infernal despertador. Sí, aquel que cada mañana a las siete en punto le indicaba la hora de desayunar, la hora de ir a trabajar. Nunca sudaba pero aquella mañana hasta las sábanas estaban empapadas y pegajosas como nunca. Se sentía angustiado y casi helado de frío, se palpó todo su cuerpo para cerciorarse de que aún estaba vivo y sí lo estaba pero si no era capaz de gritar pronto sería de verdad un cadáver como la docena que le hacían compañía en la blanca sala de autopsias.
@Carlos Blanco Cubeiro
@ Imagen Pinterest
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