Desde una edad que algunos se empeñan en llamar infancia, he sido riguroso con la compra de entradas para espectáculos pretendidamente artísticos. Mi proveedora, la taquillera, una señora sin edad —feliz ella— me las sirve con un aire, no sé, plateresco, en el sentido del burrillo angelical, no en el del desangelado monumento. Mi pregón siempre es el mismo. Dos entradas, paraíso. Desde que sabe que las dos entradas son para mí, que nadie me acompaña sino yo mismo, su corazón se ha llenado con la dulzura del primer Rafael. Quizá es que aguarda expectante, desde su mínimo arco del triunfo, la llegada de las dos manitas entrelazadas, la pasioncilla sin pretensiones. Y siempre aparezco yo y yo, con mi mismo pregón. Dos entradas, paraíso.
Aquel día tuvo que ser dichoso para ella. Me acompañaba la niña de mis sueños y nos recibió con sonrisitas celestiales, casi celestinescas. Sin desconsideración, sin remordimiento, me aproximé a la ventanilla —arco iris insulso— y le espeté unas palabritas. Tres entradas, paraíso. Con un aire, no sé, zurbaraniano —del último, quizás— depositó el escaso vuelto en mi manita, debidamente desenlazada para esta gloriosa ocasión.
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