Se acercó a la ventana a observar la lluvia. El agua arañaba los cristales. Afuera la oscuridad era total, solo rota por algún relámpago que otro. La casa estaba en total silencio. Aquel que había sido su hogar durante los últimos treinta años no parecía inmutarse por su pronta partida.
Se apartó de la ventana y se sentó en el sillón orejero de piel ajada, desde allí miró el aparador lleno de fotos familiares y de amigos. Ya no quedaba nadie, todos habían muerto. Sus ojos recuperaron unas lágrimas que no recordaba poseer. ¿Por qué lloraba? Vertía lágrimas por la pérdida.
Le costó levantarse, pero después de tres intentos consiguió hacerlo, se dirigió a la cocina y se hizo, en aquella máquina de cápsulas, el café más fuerte de la colección. Mientras el chorrito negro y espeso se depositaba en una taza blanca de porcelana, fue a buscar un habano. Lo sacó de la caja con humidificador, mordió el extremo para que respirara, lo colocó entre sus labios y, con una cerilla, lo encendió. Aspiró el humo, sintió el sabor cubano en su paladar. Fue a la cafetera y tomó en su mano
izquierda la taza. El aroma del café llenó su olfato. Volvió a la sala, pero antes de sentarse en el sillón, que todavía conservaba la marca de su cuerpo, se dirigió al mueble bar, de allí sacó una botella de tequila.
Ahora sí lo tenía todo. Se sentía cansado, se dejó caer en el sillón. En la mesita, a su lado, café, puro y tequila…y el teléfono.
Tomo la taza de café y dio un sorbo del negro líquido, dejó que sus papilas gustativas se empaparan del sabor colombiano. Dejó la taza en la mesita y recostó la cabeza en una de las orejas del sillón, se llevó el habano a los labios y aspiró con fruición el humo cubano. “¡Qué delicia! pensó. Le vino
a la memoria la voz engolada de aquel medicucho que tenía treinta años menos que él:
—Es perjudicial para su salud el tabaco, el café y el alcohol.
El hombre levantó la botella de tequila, observó a través del cristal el destilado transparente y dijo:
—¡Anda y que te den por el culo!
Después dio un largo trago del gollete de la botella, cuando terminó chasqueó la lengua y dio un suspiro de placer.
El teléfono atronó en el silencio de la habitación.
Contestó:
—Si
—le llamo del hospital. Tenemos ya su habitación de paliativos preparada. Le esperamos mañana a las ocho.
Después de soltar la parrafada la enfermera colgó.
Era la llamada que esperaba. Resopló. Miro al infinito. Se levantó, esta vez fue a la primera. Se dirigió al aparador y del primer cajón sacó una pistola de metal negro que pareció absorber toda la luz.
Se volvió a sentar en el sofá. Cerró los ojos. Volvió a darle otra chupada al habano.
—¿Qué más da dentro de dos días que ahora?
El salón volvió a quedar en silencio, solo se oía el pasar de los minutos en un reloj analógico. El humo azulado daba al ambiente una sensación de irrealidad.
El sonido de un disparo.
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