martes, junio 16 2026

LA LOTERÍA by Francisco Javier Fernández

Recuerdo que la nieve se amontonaba en los tejados, que las nubes bajas filtraban la luz del sol y la hacían blanca. El patio, cubierto por el manto níveo de la última nevada, y mi madre atravesándolo en dirección a la cuadra, va enfundada en las mil capas que evitan el frío y recoge con su abrigo negro. Camina lenta, seguida de Canela, la perra ratonera; lleva en la mano una caldereta con comida para la gocha que engorda para matar después de la Navidad. Libró San Martín porque le faltaban carnes, aunque tío y madre han dicho que en enero ya estará preparada.

Yo la veo caminar desde la ventana de la habitación de los trastos. Mi aliento se pega en el cristal y lo vela con suaves gotas de rocío. Es pronto en la mañana; aún mis hermanas duermen en su habitación. Ellas comparten cama; yo tengo la mía. En otra duermen mis padres. Papá está trabajando. Es veintidós de diciembre, primer día de mis terceras vacaciones escolares. Hoy no he madrugado, no desayunaré escuchando la radionovela La saga de los Porretas, ni pasará a buscarme el señor Félix con su hija, Nievitas, para llevarme a la ciudad e ir al colegio.

Escucho la puerta del portalón cerrarse. Mamá está de nuevo en casa, en la cocina; la escucho quitarse el abrigo, luego el ruido metálico del escarbador limpiando la cocina de carbón. De allí sacará la escoria que utilizaremos por la tarde para montar el nacimiento. En lo alto de ella pondremos el castillo de Herodes; el pesebre con su mula, el buey, María, José y el niño Jesús a su pie; y, un poco alejados, por el camino de arena, llegarán los Reyes Magos.

He vuelto a mi habitación, a la cama. Está fría. Toco con mi pie el ladrillo naranja que mamá calienta en el horno y luego mete entre las sábanas para calentarlas y que yo no tenga frío por la noche. Mis hermanas no lo necesitan; ellas dos se dan calor la una a la otra. Lo empujo suavemente hacia el fondo de la cama, me arrebujo entre las sábanas, mantas y la colcha, y trato de que todo el calor de mi cuerpo quede prisionero en esa vaina que he creado.

Por la ventana veo que comienza a nevar. Pronto, en el bidón lleno de agua del patio se creará una capa de hielo. Hielo que no se deshará hasta la primavera. Como los carámbanos que colgarán del tejado, puntiagudos como estalactitas, que mis hermanas y yo arrancaremos y chuparemos como si fuesen flases de hielo, con miedo a que nos vea mamá y nos riña, más a mí, que siempre tengo anginas en invierno.

Desde la cocina escala el sonido de la radio. Los niños de San Ildefonso cantan los números del sorteo de Navidad. Una cantinela monótona y rítmica. A veces el locutor comenta algo, cosas intranscendentes para quien escucha la retransmisión; lo importante son los premios.

Entonces suena el timbre de la puerta de la calle: ritmo estridente, ronco y continuo. Mi madre sale rápida, asustada por la insistencia. Al abrir ve a su tía Licia, que comienza a gritar:

—¡Os ha tocado, os ha tocado! —grita sin parar.
—¿Qué nos ha tocado? —dice mi madre.
—El segundo, el segundo —contesta Licia.
—No, no me digas. ¿Cómo sabes eso?
—Sí, sí, os tocó. ¿No ves que yo tengo apuntados vuestros números y los míos?

Mi madre se pone a llorar. Entran las dos en la cocina.

Cuando bajo, mis hermanas están allí con ellas. Yo no entiendo la alegría; bailo con mi mamá y luego con la tía Licia. Más tarde llaman al trabajo y se lo dicen a papá.

Cuando mi padre llega al mediodía, nos sentamos todos en la cocina a comer. Sentimos una gran felicidad, que la nieve ya no enfría, que los carámbanos ya no son de hielo, sino los grandes helados que pocas veces podemos comprar, y que no harán falta más los ladrillos para calentar la cama.


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