miércoles, septiembre 2 2026

KEFRÉN AIR: VUELO FINAL .-Capítulo 1 por Carlos Cubeiro

KEFRÉN AIR: VUELO FINAL


Ante los imprevistos, actúa siempre según el primer dictamen de tú mente de otro modo se crearán en ella dudas a las que nunca encontrarás respuesta.

Autor.
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CAPÍTULO I

Aquel primer día del mes de julio, se presentaba si cabe más caluroso que los anteriores. Se apreciaba sobre el aeropuerto de la capital egipcia un cielo azul inigualable carente de nubes. Ni la más leve brisa corría en la pista principal de este aeropuerto.

Calma chicha entorno a la enorme y majestuosa figura del Boeing 747 de la recién creada compañía aérea, Kefrén Air, nada de movía. Era el viaje inaugural y la tensión en la cabina de mando era más que evidente. Charlas con la torre de control, comprobaciones de todo tipo, ajustes aquí y allá. Todo debía salir a la perfección el primer día, ni un sólo fallo estaba permitido. La supervivencia de la compañía dependía en parte de este viaje frente a toda la competencia del mercado aeronáutico. Un
informador por cada uno de los diarios del país volaría con los doscientos estudiantes que fletaran aquel avión para su viaje de fin de carrera. Los universitarios habían llegado a un buen acuerdo con los responsables de Kefrén Air y estaban dispuestos a disfrutar lo más intensamente posible de los treinta días que tenían por delante para hacerlos inolvidables. Todo el tiempo que durará la excursión la tripulación de la aeronave estaría a la entera disposición de los viajeros. Recién terminada la carrera, la mayor parte de los estudiantes de medicina e ingeniería harían este viaje cultural que los llevaría a varías ciudades europeas apoyados por el Centro de Iniciativas Culturales
de El Cairo del que todos eran fervientes colaboradores desde hacía largo tiempo.

Doce hermosas auxiliares de vuelo les atenderían en casi todo lo que éstos jóvenes desearán. En la cabina, cuatro tripulantes más contando a los pilotos se ocuparían de que el viaje fuera como una balsa de aceite. Destacaba entre ellos, José María, único que no era egipcio. Naciera tan sólo veinte años atrás en Uruguay. Allí había iniciado sus estudios aeronáuticos en una academia privada, sorprendiendo a todos por su especial capacidad en cada una de las materias y en las prácticas. Era este su primer vuelo cómo principal responsable de un avión de este tipo, por lo que la tensión
generada en cabina se acentuaba en él de manera considerable.

Envuelto en una misteriosa aureola de silencio, el Boeing 747 de Kefrén Air comenzó a deslizarse por la pista recién asfaltada tras recibir de la torre de control el preceptivo permiso. Metro a metro iba creciendo su velocidad, nada podría impedir ahora el despegue de la gran aeronave.

Cómo ave de vuelo majestuoso se perdió en el horizonte con rumbo aeropuerto parisino Charles de Gaulle, su primera escala. Les esperaban varias horas de vuelo tranquilo. Toda la tensión acumulada antes del despegue se iba relajando poco a poco hasta desaparecer por completo. Una tras otra, las doce bellas auxiliares se fueron presentando a los estudiantes y periodistas. Dos de ellas, Karim y Shalima viajarían en la cabina de mando al servicio exclusivo de los componentes de ésta. Eran ellas las únicas con nociones para pilotar el avión en caso de indisposición de ambos pilotos sin que lo viajeros llegaran a enterarse. La primera media hora transcurrió rápidamente y sin incidencias, sobre todo para los estudiantes entre presentaciones, halagos y chistes acompañados de sabrosos aperitivos que las auxiliares les proporcionaban para endulzar y reconfortar el estómago.

José María acababa de terminar su exquisito refrigerio cuando una de las auxiliares de la cabina de pasajeros llamó a la puerta muy nerviosa. Avisó de que un extraño olor que procedía la cola del aparato se percibía en todo el avión, era penetrante. No era el propio de un atasco en los aseos o similar. Ninguno de los pasajeros era capaz de identificarlo. Hassan Hasset era un estudiante de química que hacía sus prácticas en una importante empresa del ramo y ni siquiera él era capaz de saber a qué producto pertenecía aquel desagradable hedor que además desprendía una casi imperceptible nube de humo rojizo que comenzaba a resultar tóxico para la piel y las mucosas.

Algunos de los viajeros comenzaban a sentirse mareados y con náuseas que precedían inevitablemente a los vómitos y en algunos casos a las convulsiones. Esta situación alertó al joven piloto José María, conocido por todos como JM, que abandonó la cabina para investigar el origen de aquello. En compañía de Hassan se dirigió a la zona de los aseos, aunque ya con máscaras antigás por precaución. Por mucho que miraban no hallaban nada que pudiera provocar aquella peste, ni veían el origen del humo, ningún extraño artilugio, nada en resumen. Hassan Hasset se prestó voluntario
para intentar llegar a una conclusión razonable sobre aquella situación que además se estaba volviendo muy peligrosa para todos. Así, provisto de máscara antigás entró en el aseo de las damas, lugar de dónde se notaba con mayor intensidad el repugnante y nauseabundo olor. Hassan permaneció un tiempo allí dentro, estaba dispuesto a no abandonar hasta saber qué era y de donde procedía con exactitud. Cuándo estaba a punto de darse por vencido sin haber logrado nada positivo de aquella investigación y sintiendo picores por todo el cuerpo, una mancha oscura llamó su atención. Sucedía algo en ella, era como si tuviera vida propia. Parecía moverse bajo su capa exterior que actuaba como protección. Hassan acercó la mano y sin tocar la mancha notó que desprendía mucho calor, tanto como para derretir cualquier objeto cuya base no fuera de metal. De manera inmediata el estudiante requirió la presencia de JM para que este viera con sus propios ojos lo que ocurría.

@Carlos Cubeiro

@Imagen Pinterest


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