Antes de irme a casa pasé por el Fernández para que me vean el golpe y saber de Carla. Lorena hizo que me atendieran sin aguardar. La doctora Liliana Velázquez me revisó. Por suerte no era grave, me dio unos analgésicos y me ordenó reposo. Le agradecí y caminando con prisa, llegué al cuarto de Clara. La encontré durmiendo por lo que no quise despertarla y solo la besé en la frente. Salí para
encontrar a su médico. Le pregunté a Lorena y me respondió que el doctor se había retirado pero la
doctora Liliana, que acababa de atenderme, seguía el caso.
Nos encontramos otra vez y en el despacho del director.
─Le cuento Augusto, puedo llamarlo así ¿No? ─ me preguntó.
─Si podés y tutearme por favor que no soy tan viejo─ dije con media sonrisa.
-Ok, lo voy a intentar. Te cuento que Carla está evolucionando rápido. Puedo asegurar que el riñón
no es problema pero queda la duda con su columna. En mi opinión, con mucho trabajo y ejercicios
podrá caminar otra vez, es muy joven. Pero bueno debemos estar atentos en los próximos días. Hay
una posibilidad de operación, le mantengo…te mantengo al tanto, hay que hacerle una batería de
estudios.
─Bien Liliana, gracias, solo decirte que todo lo que esté al alcance de ustedes por favor háganlo,
por los costos no se hagan problemas. Quiero lo mejor para Carla─ respondí.
─Me imagino, es muy bella y muy dulce. Haremos todo lo que esté a nuestro alcance.
─Muchas gracias─ le dije mientras me levantaba para darle un beso en la mejilla y salir de ese
despacho y del hospital. Solo quería llegar a casa.
Antes de llegar me detuve en la farmacia y luego en la pizzería. Siendo las nueve de la noche llegué y encontré a las dos estudiando. Se alegraron de verme tan temprano y con la caja oliendo a empanadas y pizza. Dejaron todo, hicieron lugar en la mesa, trajeron platos, servilletas y gaseosas.
Terminada la cena les avisé que me iba a la cama porque me dolía mucho la cabeza.
Antes de hacerlo me di un buen baño para relajarme. Cuando me acosté encendí el televisor y mi
temor se confirmó, estaba en todos los noticieros rompiendo la cámara del fotógrafo.
─Y me van a echar, seguro. Ya está. Debo pensar que me pongo a hacer pues este es el fin de mi
carrera como policía. Por suerte ahorré bastante en estos años. Para comer y las carreras de mis
hijas no me va a faltar.
Me dormí pensando en armar mi viejo sueño que era un Bar temático. Los calmantes surtieron efecto porque dormí desde las once de la noche hasta las ocho de la mañana.
Escuché las voces de las chicas y los ladridos de Julián, el nuevo integrante de la casa, un caniche
peludo e inquieto. Me levanté para contarles lo ocurrido y mi decisión. Escucharon con dolor lo ocurrido la noche anterior y preguntaron qué haría.
─Antes que me echen voy a renunciar. No voy a someterme a ningún tipo de sumario ni nada que se
le parezca. Soy un hombre honrado y no le debo nada a nadie. Y ya pensé que negocio voy a poner.
Será un bar, comidas de día y bebidas de noche. ¿Qué les parece?
Marina miró a Anita y coincidieron.
─Lo que vos decidas está bien Papá, te apoyamos en todo. Te amamos me dijo Anita.
Era lo que necesitaba escuchar por los que las abracé y les juré que jamás les faltaría nada y que las
apoyaría en todo.
─Lo único que queremos es que vos no nos faltes nunca─ dijo Anita, electrizándome el cuerpo.
Dejamos la emoción de lado, fui con ellas hasta el colegio, como cuando eran niñas y de allí me fui
a la Comisaría.
Al entrar todos me miraron y bajaron la vista. Menos Galarza que vino a estrecharme su mano.
También Bustamante.
─Gracias a los dos, son buenos amigos.
─ ¿Qué va a hacer jefe? —Preguntó Ramón.
─Voy a renunciar, ya está, mi carrera se terminó y la culpa es mía. La cagué anoche.
Me voy a poner un negocio y voy a vivir más tranquilo. Me cansé también, estoy harto de muchas
cosas y veo que me estoy poniendo viejo e intolerante, lamento si a ustedes los lastimé de alguna
forma. Les pido perdón. ─ terminé diciendo.
Y fue Galarza el que dijo.
─Por mi parte yo lo perdono…se lo va a extrañar jefe, fueron muchos años juntos.
─Quince años Ramón, quince años laburando codo a codo. Yo también te voy a extrañar. A vos
también Busta, sos un buen tipo y buen policía.
Golpeé y entré en la oficina del comisario .
─ ¿Se puede? ─ pregunté.
─Pasá Augusto.
─Buen día─ le dije y le estreché la mano.
─Sentate que tenemos que hablar─ me pidió.
─Está bien, pero permitidme hablar a mí que quiero ser breve. Esto no da para más. – le dije. El
asintió con la cabeza.
─Mirá, yo sé que la cagué anoche, me vi en todos los noticieros y me dio vergüenza. Renuncio
Andrés, antes que me echen y me denigren, me voy. Los medios me van a destrozar, los políticos a
hundir y la sociedad, a quemar en una pira en Plaza de Mayo. Basta. Llegué hasta acá y sé que no
puedo torcer el rumbo de esto. Lo lamento, me duele mucho, pero lo que viene es malo y no voy a
resistirlo.
─Creo Augusto que es la mejor decisión. Puedo ayudarte, pero golpes va a haber y alguno te va a
noquear, y no quiero verte en el piso. Llevamos muchos años trabajando juntos y a pesar de nuestras
diferencias te quiero mucho, sos mi amigo y no quiero verte lastimado. Hoy mismo comenzamos
con los trámites, no te preocupes.
─Gracias Andrés, yo también te considero mi amigo y solo espero nos sigamos viendo. Me voy a
poner un bar. En cuanto lo inaugure nos juntamos a tomar algo y recordar viejos tiempos─ dije con
una forzada sonrisa.
─Le dejo todo a Galarza, chau amigo, hasta pronto.
Andrés se acercó a mí y me dio un cálido abrazo.
Fui hasta mi oficina, recogí mis pertenencias, le entregué todo a Galarza y me fui entre abrazos y
gritos de mucha suerte y gracias pues gracias a ellos había hecho una buena carrera. Salí de la comisaria y era como si una grieta oscura se hubiera hecho en el camino. Era una mezcla de miedo y desafío, de tristeza, melancolía, nostalgia y alegría, esperanza y optimismo. No sabía otra cosa que ser policía, pero confiaba en que serviría para hacer algo más…
Dos semanas después. Los medios ya se habían olvidado de mí y solo hablaban del asesino de prostitutas, Héctor Jáuregui. Pude dormir, relajarme, estar con mis hijas y visitar cada tarde a Carla.
Me había dejado la barba y no había hablado con los muchachos de la Comisaría en ningún momento pues quería dejar que pase el tiempo. Sí que extrañaba, la policía fue mi vida, pero a pesar de ello no me arrepentía de la decisión. Uno debe saber cuál es su límite. Y yo lo había alcanzado.
Luego del almuerzo y de una buena siesta, me di una ducha pues quería ver a Carla. Le llevé medias lunas a Lorena pues conocía pocas personas que fueran tan solidarias y atentas como ella. Cuando se las di, se puso roja de vergüenza y me dio las gracias con un beso.
─Para acompañar el mate con las chicas─ me dijo sonriente.
Seguí mi camino hasta el cuarto de Carla.
La encontré despierta y de muy buen humor. Me acerqué a ella y nos abrazamos con mucha alegría.
─¡Hola, mi amor, que contenta me pone verte! ─ me dijo emocionada.
─Hola, cielo, ¿Cómo estás?
─Bien, me siento mejor. Hoy me levanté, me llevaron al gimnasio donde caminé unos metros
asistida por la enfermera y las barandas de contención. No me caí, pude mantenerme en pie casi
cinco minutos. ¡Ojalá me hubieras visto!
─Sé que de aquí te irás caminando. Y será pronto─ respondí. Ella sonrió complacida.
─Contarme como va tu nueva vida Augusto.
─Bien. Duermo más, no me afeito, comparto mucho más tiempo con mis hijas y puedo estar con
vos. Por las noches veo locales por Internet pues quiero comprar lo antes posible. Mañana por la
mañana tengo que ir a ver dos que me gustaron y están bien ubicados.
─Qué pena no verlos juntos, ¿No?
─Si, pero no compraré si a vos no te gusta. Voy, los veo y te mando fotos. Si te gusta, lo seño. Si no,
sigo buscando.
De sus ojos comenzaron a brotar lágrimas de emoción.
─¿Dónde estabas mi amor, porque no llegaste antes a mi vida? ¿Sabés que cada día te amo más?
Mirá que no soy muy creyente, pero creo que fue Dios el que te puso en mi camino. No puede ser
de otra manera─ me dijo y estiró los brazos hacia mí.
Nos besamos y seguimos conversando.
─ ¿Sabés algo del tipo?
─Desde que me fui no volví a hablar con nadie. Pero la semana que viene lo voy a hacer. Necesito
encontrarlo y ¿sabés qué? Hace días que una idea me ronda la cabeza y me atormenta. Solo quiero
tenerlo frente a mí, mirarlo a los ojos y preguntarle si hace cinco años atropelló a una mujer y se dio
a la fuga. ¡Es un presentimiento muy fuerte!
Si mató a Leticia y casi te mata a vos, no lo querrán ni en el infierno cuando lo acribille.
─Mi amor, tranquilízate por favor. ¿Lo vas a ir a buscar solo?
─Si Carla, es personal.
─Augusto, pensá lo que vas a hacer, sabés que si lo encontrás tenés que llevarlo a la policía ¿No?
─Ok, pero lo voy a matar primero. Mató a mi mujer y casi te mata a vos─ dije sin ver nada a mi
alrededor.
Sentí que Carla me abrazaba y eso me trajo de vuelta a la realidad.
─Perdón amor, no debí decir esto. Es algo que debo hacer y sin involucrar a nadie.
─Por favor Augusto, no hagas locuras, encontradlo, pero entrégalo a la policía, no hagas justicia por
mano propia. Pensá en tus hijas, en mí. Te amo tanto Augusto que si te pasa algo me muero─ me
dijo entre sollozos.
Estas palabras me conmovieron profundamente y me di cuenta que yo también estaba enamorado de
esa mujer, joven y anciana a la vez, joven por la belleza que otorgan los pocos años, anciana por la
belleza que otorga la sabiduría.
─Nada me pasará, no te preocupes. Decime que te comentó el médico por favor.
─Cambiemos de tema mejor ¿no?—dijo irónica.
─Me dijo que hay que esperar, pero es posible que, con la próxima operación pueda volver a
caminar. La semana que viene lo definirán una vez que tengan los resultados de los estudios que me
hicieron ayer.
─Si amor, caminarás. Solo quedará un mal recuerdo y muchas lecciones aprendidas.
En ese momento entraron las enfermeras con la merienda. Se lo sirvieron y la ayudé a tomarlo. Al
terminar me pidieron salir pues debían ayudarla para ir al baño e higienizarse.
Aproveché para salir del hospital, fumar un cigarrillo y llamar a Galarza. Se me había instalado el
tema y quería saber en qué instancia se encontraba la investigación.
─ ¡Como anda jefe, que lindo escuchar su voz! ─ gritó por el teléfono.
─Muy bien Ramón, muchas gracias. En cualquier momento hacemos un asado en casa así te venís
con el “gato” de turno, eso sí, tratá de que se vea decente─ dije.
─Jefe, que feo lo que dice, yo ando con chicas serias, no sé qué es un gato─ dijo socarronamente y
aguantando la risa.
─Serias cuando duermen. Escuchame Ramón, ¿Que sabemos de Jáuregui?
─Es un misterio, resultó escurridizo el hombre, no lo podemos cazar.
─¿Dónde lo vieron por última vez?
─Recibimos información de que lo vieron una noche entrando a un cabaret de Moreno, pero cuando
llegamos ya no estaba, se había escapado por una ventana del baño.
Tiene hasta recompensa. Mientras, hacemos rastrillaje por todos los burdeles de la Capital. Le
pedimos a Provincia que haga lo mismo─ terminó diciendo.
─Ok, Ramón, hacerme un favor y envíame por mail el archivo con todos los datos de este hijo de
puta, voy a ver que puedo encontrar.
─Pero jefe, usted no es más policía, ahora es un civil común y corriente. Y bastante ordinario─ dijo
lanzando una carcajada.
─Te voy a cagar a patadas cuando te vea, Ramón─ le dije, divertido.
Cuando terminamos de reírnos, me pidió un ratito para enviarme todo por correo y me dijo que para
el asado, le haga empanadas de carne cortada a cuchillo. Nos despedimos efusivamente, como viejos amigos que éramos. Regresé a la habitación de Carla, pero la encontré dormida y no quise molestarla por lo que me fui a casa a pasar el resto del día con mis hijas.
Al día siguiente lo primero que hice fue revisar los correos. Y allí estaba el de Ramón, con los datos
que pudieron juntar de Jáuregui. Fue entonces que llené una jarra con café y me fui al garaje a trabajar. Leí y releí la vida y había algo que no me cerraba, pero no me daba cuenta que era.
Fue destituido por malversación de fondos, pero lo que no me cerraba, era que había mantenido el
sueldo y que no estuvo un solo día en prisión. Evidentemente era el protegido de alguien más importante dentro del seno del Ejército. Y con respecto a la esposa fallecida, los motivos de su muerte nunca fueron esclarecidos. En el expediente hablaban de un robo a mano armada en la casa y que luego de robarle le dispararon. ¿La acribillaron en un robo común y corriente? Además, la mujer estaba en silla de ruedas por un accidente cerebro vascular.
El caso se cerró y nunca se encontraron a los culpables…o no se buscaron.
De pronto tuve la certeza que me metería en algo más profundo y sombrío. Más no importaba, solo
quería matar a ese mal nacido.
Los gritos de mis hijas avisando que era la hora del almuerzo me trajo a la tierra.
Comimos y luego, cada uno regresó a sus actividades, Anita a sus clases de gimnasia, Marina a las
de inglés y yo a mi investigación.
Agotado de leer y releer, salí hasta el jardín y allí encendí mi enésimo cigarrillo, mientras jugaba
con el cachorro de mis hijas. Estaba mirando el cielo y con el perro en mi falda es que se me ocurrió.
Debía llamar a mi viejo amigo, Leonardo Durán, coronel del ejército aún en actividad. Quizás
pudiera darme alguna pista.
─ ¡Hola Augusto, pero que sorpresa tu llamado!! Años que no hablamos, contarme cómo estás.
─Bien Leonardo, jubilado de la policía y a punto de ser el dueño de un lindo bar que espero sea
próspero. Y pasando tiempo con mis hijas. ¿Vos?
─Te envidio Augusto. Estoy cansado y solo quiero jubilarme para irme con Nora a recorrer el
mundo. Hiciste bien en largar todo. Te felicito. Pero bueno, ¿A qué se debe tu llamado?
─Necesito un favor Leo, necesito saber todo de Héctor Jáuregui. Si no me equivoco, lo conocés.
Del otro lado se hizo un pesado silencio.
─Augusto, somos amigos y por eso te voy a dar un consejo. Déjalo, no te metas con ese tipo. Es
muy pesado. Siempre lo fue. Estuvo y está metido en todas. Dejalo por favor.
─No Leo, no lo voy a dejar, sospecho que él mató a mi esposa y casi mata a mi actual pareja. Está
matando. Hay que pararlo. Y me decepcionás mucho si no me lo decís. Juré por mi vida que lo voy
a encontrar y lo voy a matar. Con tu ayuda o sin ella─ le respondí alzando la voz y corté la
comunicación.
A los pocos minutos sonó mi celular. Era Leonardo.
─ ¿Estás seguro que es el que atropelló a tu mujer?
─Si.
─Por ella entonces. Mañana, un suboficial va a ir hasta tu casa vestido de civil y te va a entregar en
mano un sobre con el historial de este hijo de puta. Lo conozco y merece morir. Lo sé. Suerte y no
me llames por un tiempo largo. Un beso a las chicas─ dijo y cortó. No pasó un minuto que mi celular sonó. Era Galarza.
─ ¡Jefe, jefe! En este momento la escoria está en González Catán en el prostíbulo. Parece que es el
dueño. Y tiene dos más. No ahorran en nada, venden sexo, droga, son tratantes de blancas y matan
por encargo. Estamos esperando la orden del Juez para ir a allanar. Y se lo digo como amigo, no
vaya solo, no se meta, si quiere espéreme y lo matamos juntos. Pero solo no, mi jefe.
─Ramón, sos un fenómeno, un hermano. Gracias.
─Sabía que iba a ser al pedo pedirle que no vaya solo. Cuídese mi amigo. Llegaremos lo más pronto
posible. Se movilizará toda la comisaría.
Dejé todo y me subí al auto y me encaminé hacia González Catán. Tomé la autopista. Antes de salir
revisé mis dos pistolas y estaban con el cargador lleno. También tenía la foto del tipo. El atardecer brillaba en la ciudad, con sus pinceladas rojas, anaranjadas y amarillas iluminando los edificios, anunciando que la noche azul estaba por caer de este lado del mundo. Llegué a ese antro pasadas las nueve de la noche. Me puse una gorra y entré. El ambiente era de avería, de desesperanza. Mujeres avasalladas, putas forzadas a serlo, borrachos que desvariaban o estaban desmayados y mal vivientes que caminaban de lado a lado portando sus navajas y sus pistolas en el cinturón de sus pantalones sin pudor alguno.
El olor rancio del lugar, el alcohol barato y el humo de cigarrillos negros y marihuana, dificultaban
la respiración. Era un antro infecto. Comencé a buscarlo, algo que no me llevó mucho tiempo. Lo encontré detrás de la barra, manoseando a una niña semidesnuda, con la impunidad que le daba ser el dueño de ese pozo de mierda. No tendría más de quince años.
Me acerqué con cautela y cuando lo tuve cerca le puse la pistola en el pecho. Las miradas se cruzaron. Vi a mi ex mujer atropelladas en sus ojos y a Carla recibiendo su disparo. No lo dudé. Vacié el primer cargador en él. El segundo, en el cuerpo de sus socios. Todo había terminado. La pesadilla había llegado a su fin. Me alegré cuando vi que era Ramón quien me colocaba las esposas y me subía al patrullero. El juicio fue un escándalo y la sociedad estaba dividida. Muchos me condenaban, otros decían que había hecho justicia. Aunque todos coincidían que Jáuregui no merecía estar libre.
La sentencia no se hizo esperar.
En la puerta del penal, las vi. Estaban mis hijas, Clara con un bastón, Claudia y toda su familia,
Galarza, Leandro y muchos amigos y ex compañeros de la fuerza. Y también Leticia, sonriendo al
lado de Clara.
Nadie lloraba y eso me dio una fuerza inexplicable. Saludé a todos con las manos esposadas.
Cuando se cerró la puerta de mi celda, el grito fue una mezcla de dolor y alivio, de tristeza y
esperanza por un futuro pintado de alegrías; casado con Clara, viviendo con ella y mis hijas,
visitando a mis amigos, disfrutando de la familia.
Los dos años fueron difíciles, tristes, amargos. Lentos, mudos, solitarios. Solo los sueños me mantuvieron cuerdo… Dos años después. Llegó el día y mi cuerpo no podía con mi alma.
Salí a la calle con mi pequeño bolso y allí estaban todos esperándome; Clara con una emoción
inexplicable, mis hijas emocionadas y felices, Claudia y su familia. Hasta Gallara se reía,
emocionado.
Nos subimos a la camioneta y nos fuimos a casa.
Durante el viaje, entre tantas alegrías y emociones, Anita hizo explotar aquel vehículo.
─¿Papá, me imagino que te casarás con Clara no? La queremos en casa. Ya lo decidimos, Marina
está de acuerdo y el pequeño Julián, también.
Sentí que tocaba el cielo con las manos. Fueron ellos los que me dieron los motivos necesarios para soportar el encierro y soñar con la libertad.
Y cuando llegara ese día las nubes de mi cielo desaparecerían, las tormentas serían solo recuerdos y
la vida que una vez soñé con Leticia, se haría realidad con Carla, con mis hijas, con los buenos
amigos y el buen Julián.
Sentí que Leticia, desde algún lugar estaba contemplando todo y sonreía.
@Ricardo Mazzoccone
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