Camino hacia casa y la noche me recibe en clave de sol, porque la música —lo sé— es la única que no me abandona. El frío se planta delante de mí como un tirano, un tú a tú sin tregua: cuerpo y frío, frente a frente, midiéndose. Respiro y siento cómo intenta colarse por cada costura, cómo busca mis huesos con una paciencia cruel.
El cielo amenaza con una lluvia teñida de negro. Lo noto en el aire, en esa densidad que precede al golpe. Mis pasos se aceleran sin que yo lo ordene, como si el cuerpo supiera antes que la mente que debe ponerse a salvo. No quiero sentir la humedad asaltándome por dentro, así que echo mano de lo único que siempre responde: una melodía en clave de sol.
La tarareo sin abrir la boca. La dejo subir desde el pecho, como si la hubiera estado esperando todo el día. Y entonces ocurre: mi corazón empieza a bailar con ella, a marcar un ritmo que el frío no entiende. Eolo retrocede, se disuelve, desaparece. El viento deja de ser enemigo. El calor —mínimo, íntimo, mío— se convierte en nota.
Sigo caminando. La noche sigue siendo noche, pero ya no manda. La música me sostiene. Y yo avanzo, afinada.
@Fabiola Rubio Gil.
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