martes, mayo 26 2026

Divorcio by Nacho Valdés

Las parejas, como muchas otras cosas, terminan acusando el paso del tiempo. No es extraño transitar del amor al odio en un puñado de años. En ocasiones es la rutina, en otras el agobio ante el supuesto estancamiento vital y, como sucede en no pocas ocasiones, también puede darse la traición o el engaño. En este último supuesto poco o nada se puede hacer. Si alguien que confiaba en otra persona se sabe objeto de una deslealtad es complicado que vuelva a recuperar el convencimiento respecto a la fidelidad extraviada. Siempre quedará una mancha presente entre los individuos y a buen seguro volverá de manera recurrente ante cualquier nimiedad. Otras veces se va produciendo un desapego creciente y un desarrollo personal divergente. En otras palabras, no reconocemos a la persona de la que un día nos enamoramos. Entiendo que será un trago amargo, pero, al menos, si no se ha perdido la honestidad, en estas situaciones es posible romper vinculaciones de una manera civilizada y dejar un buen recuerdo. Estas posibilidades, y alguna otra en el tintero, vienen a conformar los dimes y diretes del universo sentimental.

 

Podría decirse que algo parecido es lo que sucede con los socios políticos. No es inusual que se produzca el divorcio, máxime cuando hablamos de colaboraciones forzadas. Los puntos de vista antagónicos no suelen conducir a un final feliz. Más bien al contrario, la realidad termina por emerger y estalla el conflicto solapado por los intereses compartidos. Cuando se alcanza el objetivo, o la atadura no resulta fructífera, cada cual retorna a su redil y a la posición original. En la Conferencia de Seguridad de Múnich asistimos en directo a la fractura entre dos socios históricos: Europa (como entelequia anterior a la Unión Europea) y Estados Unidos. Los motivos de este conflicto son múltiples, pero está claro que los otrora amantes se observan de un modo diferente. No quedan ni la chispa ni la pasión de antaño y comprobamos como la dupla camina de la mano hacia su disolución. Sería importante determinar quién fue el desleal, si es que lo ha habido, o qué nos ha conducido hasta este punto. No es mala cosa hacer un examen sobre los propios presupuestos y los intereses de la otra parte ya que en ocasiones esta reflexión arroja algo de luz sobre nosotros mismos.

 

Por el momento nos sentimos despechados. Lo que pensábamos que iba a durar para siempre comienza a romperse y si no reaccionamos con cierta ligereza es muy posible que nos dejemos arrastrar por el sinsabor de la derrota; disposición conducente a la crispación y el odio. Las dinámicas suelen enconarse de no tratarse a tiempo. Ya no nos gusta lo que vemos y la otra parte ha perdido su capacidad seductora. Y lo que es peor, no nos dice que nos quiere e incluso nos trata mal frente a antiguos amigos y conocidos. Ya no es una simple sospecha, se ha convertido en certeza y la distancia empieza a resultar insalvable. Ahora bien, nos seguimos necesitando. La hipoteca, los hijos y demás compromisos adquiridos hacen complicado que cada cual tome su camino. Además, el hecho de vivir en la misma ciudad nos aboca al encuentro recurrente. Todo un engorro, pues no podremos olvidarnos sin más de los momentos vividos; todo nos evoca su recuerdo. El problema principal es que no podemos ir a un juzgado para que se establezca un régimen de convivencia y disolución de la sociedad marital. Debemos trabajar por nuestra cuenta y de manera autónoma para zanjar la problemática.

 

Hemos de reconocer nuestro cambio. No somos exactamente los mismos que cuando nos vimos por primera vez. Para empezar, no estamos en el momento de indefensión provocado por el ascenso de los totalitarismos y el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Éramos débiles y debemos reconocer el auxilio recibido, no solo por Estados Unidos, pues la Unión Soviética también tuvo un papel fundamental en el desarrollo de este conflicto. El caso es que tomamos una decisión y nos decantamos por la democracia liberal representada por los americanos, ya estábamos hartos de tanta imposición. Fueron años maravillosos y el Plan Marshall fue el mejor regalo que podíamos recibir en ese momento terrible. Nos reconstruimos, crecimos y generamos un mercado para el excedente norteamericano. Es decir, nos enamoramos ya que teníamos intereses comunes. El idilio se alargó y con la caída del bloque soviético dio la impresión de que nuestra vinculación se estrechaba. Ya no quedaban más aspirantes en la competencia y solo teníamos ojos para los campeones de la libertad de la otra orilla del Atlántico. Consumíamos su cine, su música, sus productos y los recibíamos con los brazos abiertos cuando venían a vernos. Incluso se llegó a vaticinar el fin de la historia, Fukuyama dixit. Habíamos caído en los brazos de la eternidad.

 

Además de lo dicho, una de las claves en una ruptura es reconocer cuando una relación se ha vuelto tóxica. Si se sufre cualquier tipo de menosprecio, amenaza o maltrato es importante poner distancia de por medio. Estas situaciones viciadas pueden explotar en cualquier momento y el enamorado transformarse, en un instante fugaz en un terrible villano. Las circunstancias y los últimos acontecimientos invitan a pensar que estamos sometidos a cierto abuso. Aunque queremos poner límites, es muy posible que ya sea tarde para dar marcha atrás y revertir el mal ocasionado. Ahora mismo nos sentimos despechados y controlados. Nos dicen qué valores debemos seguir, cómo construir nuestra defensa, qué productos comprar y con quién podemos salir. Los Estados Unidos pretenden aislarnos y someternos a su criterio. Con todo, hay vida más allá de la anterior convivencia y el mundo es mucho más amplio de lo que nos quieren hacer creer. Quizás, con un poco de suerte, olvidemos nuestra historia y cada cual pueda seguir su camino dejando un recuerdo de lo que algún día fue. ¿Seremos capaces de encontrar pareja?


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