ESFUERZO, COOPERACIÓN Y SUPERVIVENCIA: una verdad incómoda para la ideología de izquierda Por Jorge Zenteno

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Analicemos cómo habría sido el comportamiento de la izquierda en el inicio de la civilización, cuando el ser humano cazaba mamuts y habitaba cavernas. Puede parecer un ejercicio retórico, pero no lo es: se trata de recordar los principios fundamentales que hicieron posible nuestra existencia como especie.

La izquierda contemporánea afirma representar la lucha por los derechos humanos y suele condenar el planteamiento —frecuentemente caricaturizado— que sostiene que quien se levanta temprano, se esfuerza y trabaja más, tiene mayores probabilidades de sobrevivir y progresar. Sin embargo, si hoy estamos vivos, es precisamente porque, desde el origen de la humanidad, el ser humano debió luchar para sobrevivir.

En las cavernas, la ley era clara y no admitía consignas: quien no aportaba, moría. No por crueldad, sino por realidad material. La naturaleza educó al ser humano en valores que hoy algunos consideran sospechosos: esfuerzo, resiliencia, paciencia, disciplina, adaptación y responsabilidad individual. No solo los más fuertes cazaban; también sobrevivían quienes desarrollaban mejores estrategias, herramientas o conocimientos. Pero todos, sin excepción, debían aportar algo.

Las mujeres cumplían funciones complementarias fundamentales: mantener el fuego, preparar alimentos, cuidar a los niños, transmitir conocimiento, reparar herramientas. Aquellas sociedades no se sostenían sobre derechos abstractos, sino sobre roles concretos y cooperación activa. No existía el Estado, ni la ideología, ni la burocracia: existían la familia, el clan y la comunidad.

La solidaridad comunitaria no era pasiva ni asistencial. Era funcional y exigente. Cada miembro aportaba según sus capacidades, y la supervivencia colectiva dependía de ello. La evidencia antropológica es clara: las comunidades que no lograron organizar el trabajo, asignar roles y exigir contribución desaparecieron. No es una opinión; es un hecho histórico.

Hoy, sin embargo, un sector ideológico ha instalado la idea de que la supervivencia puede garantizarse simplemente exigiendo derechos, desligados del deber, del esfuerzo y de la responsabilidad personal. Se ha difundido el mensaje —especialmente en redes sociales y propaganda política— de que promover el esfuerzo, el ahorro, la sobriedad o el emprendimiento es una narrativa engañosa destinada para justificar la indiferencia frente a la pobreza.

Este discurso ha generado una fractura artificial: quienes producen, gestionan, crean y arriesgan son presentados como adversarios de quienes esperan recibir, como si la riqueza surgiera espontáneamente y no del trabajo humano. Se repite que “los empresarios no dan trabajo, sino que necesitan trabajadores”, ignorando deliberadamente que sin inversión, organización y riesgo previo no existen empleos que ofrecer. Si el empresario no cumple ningún rol social, resulta legítimo preguntarse entonces por qué se le exige trabajo.

La polarización se ha profundizado mediante el viejo discurso de la lucha de clases y la promesa recurrente de que el poder concentrado en el Estado resolverá las desigualdades. La experiencia histórica del siglo XX —desde la Unión Soviética hasta Venezuela— demuestra lo contrario: la concentración de poder político debilita la cooperación social, destruye los incentivos y empobrece a las comunidades.

La narrativa ideológica ha sustituido la complementariedad natural por un enfrentamiento artificial: productores contra demandantes, mérito contra derechos, esfuerzo contra dignidad. Sin embargo, la realidad es terca: la supervivencia no ha cambiado. Sigue dependiendo del trabajo, la resiliencia, la innovación y la adaptación. Lo que ha cambiado son los escenarios, las tecnologías y los discursos.

La verdadera solidaridad no consiste en la dependencia pasiva, sino en habilitar a las personas para que aporten. Los países que han reducido la pobreza de forma sostenida —mediante educación, empleo, emprendimiento y crecimiento económico— no lo han hecho negando el esfuerzo, sino potenciándolo. Los derechos fundamentales funcionan cuando facilitan el esfuerzo productivo, no cuando lo sustituyen.

La naturaleza nunca enseñó que sobrevivir fuera un derecho automático. Enseñó que sobrevivir requiere esfuerzo individual y cooperación comunitaria. Sin esfuerzo, no hay recursos. Sin cooperación, no hay comunidad. Y sin comunidad funcional, no hay sociedad que perdure.

La lucha de clases no es una verdad histórica, sino una distorsión moderna de la cooperación ancestral. La supervivencia jamás fue un privilegio entregado sin esfuerzo, ni una concesión ideológica. Fue —y sigue siendo— el resultado de la determinación personal y de la complementariedad de funciones dentro de un grupo cuyo núcleo fundamental siempre ha sido la familia.

Cambian las herramientas, cambian los discursos, cambian las consignas.

Pero los principios permanecen.

La pregunta, entonces, no es retórica ni malintencionada:

¿Qué pretende realmente una ideología que demoniza el esfuerzo personal y deslegitima a quienes, mediante trabajo y responsabilidad, han logrado superar la pobreza?

 

Esa es una discusión que una sociedad madura no puede seguir evadiendo.


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