Era época de elecciones.
Y, como siempre ocurre en todos los países, los políticos prometen cosas de después casi nunca cumplen.
Contaba mi abuelo que un político de la época, Tortoreli, cuando visitaba los barrios más pobres, prometía cosas inverosímiles (la ignorancia en esa época era mucho mayor que ahora).
La gran mayoría no había pasado ni por la escuela primaria.
Pues bien, el sujeto prometía hacerles todas las calles en bajada y poner dos canillas. Una que como siempre saliera agua, y de la otra, vino.
Aunque parezca mentira o exageración, esta anécdota es completamente cierta.
Pero claro, los tiempos cambian. En la actualidad las mentiras son más sofisticadas, claro que siempre criticando al gobierno de turno.
Por eso se me ocurrió ponerme en la mente de un candidato ficticio, pero que pienso está muy ajustado a la realidad:
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POLÍTICA CÍNICA
—¡Queridos compatriotas! —gritó a la muchedumbre que se encontraba apretujada delante del improvisado estrado en que se encontraba.
(Era uno de los barrios más pobres de la capital, por lo que su secretario de relaciones públicas le había aconsejado que empleara un lenguaje simple y directo).
—Nada de disquisiciones intelectuales que esta gente nunca entendería —le recomendó.
Por lo tanto, continuó:
―Estoy aquí con ustedes, y me doy perfecta cuenta de sus problemas.
Sé lo que cuesta mantener a nuestros hijos, llevar todos los días un plato de comida a la mesa y pagar las cuentas.
Con la escasez de trabajo y los bajos sueldos que el gobierno actual impone, es casi imposible. ¡Yo pienso que tendrían que ganar el doble!
Al decir esto pasó fugazmente por el cerebro del político que esa masa de ignorantes y vagos prefirieron quedarse cómodos en su casa tomando vino, en lugar de asumir el trabajo de estudiar algo que los sacara del pozo en que viven.
‹‹¡Quieren lujos y nunca se preocupan por mejorar sus condiciones!›› —se dijo, en un relámpago de desprecio, tratando de que no se notara.
―¡Esto va a cambiar! —continuó el discurso tratando de ser convincente—. Si me votan voy a realizar los cambios que ustedes esperan.
Mi meta es llegar a presidente de la república para ayudar a nuestro pueblo más desprotegido.
Sé que la corrupción impera, pero yo no me voy a vender a costa de la necesidad de mi gente ‹‹salvo que haya buenos dólares›› —pensó íntimamente.
—Sepan que quiero ver a mi pueblo feliz, y voy a luchar por eso.
¡Gracias por todo y buenas noches!
Una salva de aplausos premió el discurso en el que dijo lo que querían oír.
Bajó del estrado esforzándose en mantener una sonrisa convincente, luchando con sentimientos encontrados en su interior.
Cuando nadie lo escuchaba le dijo a su secretario en voz muy baja:
—¡Qué manga de sucios muertos de hambre!
¡Si no fuera por los votos ni pisaba este barrio!
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