domingo, septiembre 6 2026

Sales por Manu

Hoy he escuchado hablar sobre la sal y la luz. Y alguien comentaba algunos de los efectos que tiene en la sal, y el hecho comprobado de que si la depositas sobre una herida abierta la primera sensación es de escozor, molesta y duele, pero también notas al poco tiempo cómo te va curando. Y sobre la luz esa misma persona señalaba que la luz está presente también en las palabras, y que hay palabras que nos iluminan pero que también hay otras que, más que fuente de luz, son de oscuridad.

Sal y luz, dos cosas sencillas que sin embargo me han hecho pararme a pensar, porque  cuando escuchaba eso lo que sentía es que es cierto que la sal escuece, y que la sal cura, las dos cosas, pero que no es la única utilidad que tiene la sal, no es su única misión. Los que cocinamos sabemos que la sal también se utiliza para al menos dos cosas más. La primera (y más antigua en el tiempo) para conservar alimentos. Probablemente fue uno de los grandes descubrimientos, y de entonces nos viene esa costumbre y conservamos cosas en salmuera o en salazón, curamos los jamones con sal, y permitimos que la costra que se forma proteja los alimentos. Llegó a ser tan importante que la palabra salario, la paga que recibimos por el trabajo, deriva del hecho de que se pagaba dicho trabajo con montones de sal.

Pero la sal además de conservar sirve para potenciar y realzar el sabor. Pero no para que sepa sal, sino para que cada producto sepa a lo que es, pero un poquito más intensamente. Si nos pasamos de sal al conservar no importa, pero si nos pasamos al cocinar ya lo creo que se nota, igual que se nota si no la has utilizado. Se usa al guisar o al aliñar, e incluso se usa en los postres. Aún recuerdo a mi suegro comentarme un día que los pasteles estaban sosos, y cómo me chocaba que algo dulce llevara sal, pero como panadero bien sabía que una masa sin sal no sabe igual.

Ahora hay muchas dietas sin sal, y en los hospitales, si tienes la desdicha de tener que quedarte en ellos unos días, es de las cosas que te quitan, y quizás por eso está tan mala la comida de los hospitales. Ahora que lo pienso los médicos te quitan la sal igual que te quitan el café, porque afecta a la tensión entre otras cosas. Pero claro, para mí eso sería casi la muerte, porque tener la tensión como debe estar es lo que hace sentirte vivo, y no simplemente “bien conservado”.

Así que la sal puede ser muchas cosas, pero me he dado cuenta de que, como casi todo en la vida, una vez que aprendemos un uso o utilidad no siempre estamos dispuestos a descubrir todo el potencial, o todas las diferencias y diversidades de uso de cada cosa o de la esencia de cada cosa. Se aprende una y con eso le basta a la mayoría de las personas, porque así no hay que invertir neuronas en aprender más, podemos repetir(nos) y la vida es más sencilla.

Pero también me he dado cuenta que hay personas que pervierten las cosas, que acaban dándole un uso para lo que fueron pensadas, o que contraviene su propia esencia. Podría pensar en términos de ciencia y descubrir cómo tras cada invento el hombre se ha empeñado en darle por ejemplo utilidades para destruir o matar en vez de para construir y progresar. Y la sal, por muy básica que parezca, no iba a ser una excepción.

Hay gente que no para de usar la sal, no dejan de echar sal, han aprendido cómo se pone en las heridas, pero parece que solo sean felices echando sal en una herida abierta, en una herida de otro, pero no para que sane sino para que te escueza, para que no deje de escocerte. No han entendido lo que es la sal. No han comprendido ninguna de sus propiedades, se han quedado en los efectos, y en uno de ellos nada más, y es en el peor. Y así, en vez de potenciar nada hacen que la vida sea tan desagradable como tratar de comerte una comida con exceso de sal.

Y no es cuestión de cantidad siempre, sino de ocasión y de intención. Por ejemplo el mar es salado, y vaya si tiene sal en sus aguas. Siempre me dijeron de pequeño que me metiera en el mar para curar las heridas, aunque me lo decían para tratar las heridas de la piel. De mayor descubrí que el mar también es capaz de sanarme las heridas del alma cuando me sumerjo entre sus aguas o contemplo sus olas azules al atardecer de un día, al atardecer de la vida.

Y ese mar puede ayudar a que la herida superficial sane. No de forma inmediata, pero ayuda tras ese escozor inicial. Pero también hace que cuando me sumerjo del todo y abro los ojos se cuele en ellos, los irrite y se pongan rojos, igual de rojos que cuando lloras abundantemente. Quizás por eso dicen que las lágrimas son saladas, y por eso dicen que sana llorar, o que esas lágrimas, que a veces son de emoción, indican una preocupación por el otro, la misma que tiene un buen médico, un sanador. Un sanador de cuerpos o de almas.

Claro, si las lágrimas son saladas entonces curan. Algunas lágrimas curan porque ayudan a limpiar nuestros ojos, a humedecerlos si estaban secos, igual que limpian nuestros corazones, a veces también secos, o con el exceso de sal de otros malos amores que le han puesto una costra que conserva pero impide que el latido sea fuerte.

Pero hoy quiero quedarme con otra forma de ver la sal. Porque la sal en casa se guardan los saleros, para que no se humedezca y se estropee, y para poder dosificar de una forma más cómoda que a puñados. Pero me ha venido el salero a la mente pensando en esa característica que tienen sobre todo las personas de mi tierra, que siempre saben darle un puntito más de sabor a la vida, o que lo buscan, o que quieren contagiarlo. Y no se lo guardan, no ponen su sal en el salero como si fuera un objeto para que no se estropee, sino que son salero ellos para sazonar la vida propia y la vida ajena, contagiando alegría. Y cuando ejercen su salero, que si salen lágrimas sean porque uno no ha parado de reír.

Cuando era joven alguien me contó que para la resaca, si le echabas sal al café generabas un brebaje que sale es tan vomitivo que hacía que tu estómago volviera a la vida y se te pasara de golpe, precisamente porque lo echabas todo, y así el estómago volvía a hacer algo reconocible, y no esa tormenta en la que se convierte cuando hemos bebido de más. Pero yo la sal voy a ponerla en los guisos y en la vida, solo a las cosas que alimentan. Sal para potenciar mi vida, y para darle a cada uno la medida de sal que necesita, unas veces será sal final, otras sal marina, a veces yodada y otras en escamas, para que penetre lo justo y solo realce sin estropear.

Y de la luz ya hablaré otro día. Acabo de acordarme de Tip y Coll cuando decían aquello de “la próxima semana hablaremos del gobierno”, después de haberse tirado todo el tiempo diciendo que iban a hacerlo pero hablando de otra cosa (aunque ya lo creo que hablaban del gobierno, aunque fuera en clave). Quizás a veces también hable en clave, y no siempre me entiendo ni yo mismo como cantaba Robe, pero de momento voy a aparcar la sal, porque toca el café, y al café ni azúcar ni sal. Aunque quizás sí he echado sal, porque de puede que las palabras las haya vomitado.

Pero puedes estar tranquilo, porque el café que te sirva no necesita conservantes, no lleva sal, no te hará revolverte, pero sin duda ayuda a sanar y a conservar la ilusión pero por sentir, por sanar, por vibrar, por conservar, los buenos momentos compartidos frente a frente mientras nos contamos la vida café en mano, sin prisa y en calma. ¿Te apuntas a ese café?☕

@Manu

@Imagen Pinterest


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