Su sombrero gris de ala ancha pretendía ocultar, aun sin conseguirlo, la atenta mirada de aquel hombre que la observaba con detenimiento.
Era ella, estaba convencido. Llevaba mucho tiempo siguiéndola. En sus ojos asomaba un brillo de esperanza y cada día que pasaba estaba más convencido de que no se equivocaba. Se preguntaba si tenía derecho a presentarse ante ella, después de tantos años. Pero el miedo, una vez más, le paralizaba. Debía conformarse con verla desde la distancia. Tal vez fuera lo más correcto.
¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces? Ya ni siquiera lo recordaba. Solo permanece intacto en su memoria el daño que le hizo al abandonarla siendo apenas una adolescente, por miedo, por cobardía. Su esposa, su querida Matilde, había fallecido de una forma trágica, inesperada, inmisericorde y él no fue capaz de reaccionar. Perderla supuso un dolor brutal del que pensó que nunca se recuperaría.
Hace mucho tiempo que su hija le perdonó, pero nunca olvidará, por muchos años que pasen, que un día tuvo un padre que la abandonó a su suerte.
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