Cada vez que un grupo de jóvenes se reúne para pensar, nace de nuevo la filosofía. Puede ser bebiendo unas cervezas al salir de clase; puede ser al terminar de ver una película en un cine, o quizás a altas horas de la madrugada esperando el amanecer. Cuando los jóvenes se ponen a pensar por su cuenta y riesgo, vuelve la filosofía a la vida.
En mi cuaderno de estudiante anotaba con cierta pedantería juvenil en otoño de 1973: «En el momento presente la filosofía en cuanto actividad se nos presenta como cerrada sobre ella misma. La tarea de la filosofía consiste, de hecho, en una tarea crítica acerca de lo que los filósofos han dicho o han escrito. Estamos así ante una filosofía crítica que toma por objeto de su investigación los textos de los filósofos. Frente a esta, se abre la posibilidad de una filosofía especulativa cuyo objeto no sea lo que dijeron los filósofos sobre la realidad, sino la realidad misma». Quizás ahora podría decir lo mismo que hace cuarenta años sobre la filosofía académica, incluso puede que ahora con más motivo.
Parafraseando a T. S. Eliot, podríamos preguntarnos qué ha pasado con la filosofía que se ha reducido en tantos casos a tediosa erudición. Para mí la filosofía no es —ni puede ser— un mero ejercicio académico, sino un instrumento para la progresiva reconstrucción crítica y razonable de la práctica cotidiana, del vivir. En un mundo en que la vida diaria se encuentra casi siempre del todo alejada del examen inteligente de uno mismo, una filosofía que se aparte de los genuinos problemas humanos —tal como ha hecho buena parte de la filosofía contemporánea— es un lujo que no podemos permitirnos. “Hoy —escribía Thoreau en 1854— hay profesores de filosofía, pero no filósofos. Y sin embargo es admirable enseñarla porque en un tiempo no lo fue menos vivirla. […] El filósofo va por delante de su época incluso en su forma de vivir”.
Muy probablemente el problema más grave que afecta a los jóvenes de hoy es una dolorosa experiencia de la separación entre su pensamiento y su vida. Para muchos es realmente un auténtico desgarramiento, más aún cuando comprueban que los mayores —sus padres, sus profesores, quienes lideran la sociedad— han renunciado casi siempre a pensar, al menos a pensar sobre las cosas realmente importantes para la vida.
Muchos jóvenes advierten que están, por un lado, las clases, las teorías, las ideas y los principios, incluso los ideales nobles de desarrollo personal. Por otro lado, en cambio, se encuentran la vida, con sus turbulencias e inquietudes, sentimientos y conflictos, los amigos, la diversión y muchas otras cosas más que van en su corazón. Ambos mundos —el del pensamiento y el de la vida— permanecen casi siempre completamente separados, como si se tratara de universos distintos.
Tampoco parece muy factible establecer puentes que hagan más fácil el paso del pensamiento a la vida. Cuando se produce una escisión tan tajante es casi siempre a costa del lado del pensamiento: muchos jóvenes —como sus mayores— han renunciado a pensar y prefieren vivir en la superficialidad. Para algunos el único espacio de pensamiento vital son las letras de las canciones que escuchan y a las que deben buena parte de su educación emocional.
Cada vez que mis estudiantes se reúnen para hablar de lo que les preocupa la filosofía vuelve a comenzar.
Barcelona, 11 de diciembre 2023.
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* Jaime Nubiola es profesor emérito de Filosofía, Universidad de Navarra (jnubiola@unav.es).
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