Llega muy tempranero don Benito al colmado, se pone su bata de un gris casi negro, y empieza a dar vueltas como si no hubiera un mañana, pasando su mano ancha por todo el género.
Está el saquito, sí, de sus garbanzos, cuarenta y seis sacos gloriosos de Episodios nacionales, cinco series bien granadas mezclando húsares, generales revoltosos, monarcas conjurados y noble y sufrido pueblo de España. Esta mercancía la tiene a la vista del público, legumbres listas para el gusto y el tacto, como en una película francesa…
Luego, en cajas convenientemente separadas, se cuecen al sol de un buen mayo mujeres perfectas, aun en sus imperfecciones (Fortunata, Jacinta, Tristana, Marianela). No es menester que se mezclen con el cajón de los hombres rotundamente imperfectos: el doctor Centeno, León Roch, Ángel Guerra, Torquemada, Nazarín.
En la alacena del perejil y la hierbabuena gusta de enjambrar las cartas y las crónicas, todas bien sazonadas de realidad (que ya el realismo quedó para la ficción y los episodios).
Y para obsequio del cliente el chocolate caliente y los churros del teatro, ¡al rico simbolismo y las ideas bien pasas de Electra, Alma y Vida y Amor y ciencia, oiga!
(Por la noche, el cierre, y don Benito, flor de su corazón, llevando furtivamente en su gabán una carta, para su doña Emilia…)

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