sábado, abril 4 2026

RIZOS RUBIOS by Anabel García

 

-¿Una peluca de rizos rubios? ¿Y qué quieres que haga con ella?

A veces los muertos salen de paseo. Forman una fila india y como si estuvieran acompañados por una maestra invisible salen muy formalitos, de excursión para admirar la luna nueva en una tierra que no les fue siempre extraña.

El primero guía al resto y cada vez le toca a uno diferente, lo rifan entre ellos para que no haya diferencias ni favoritismos, aunque alguna que otra vez surgen discusiones sobre si hubo trampas o repeticiones en la última década para que todos pueden ir a la cabeza al me menos una vez cada diez años.

En una de esas ocasiones, dos niños, que volvían a casa corriendo, se les había echado encima la noche, tropezaron de frente con el desfile de almas en pena. De la impresión, no recuerdan que hubiera lamentos o exclamaciones dramáticas, sólo que eran luminiscentes y que en el cruce de caminos su presencia era de lo más evidente. Se apartaron hacia un lado y agacharon las cabezas, respetuosos, con el deseo de pasar desapercibidos.

Y puede que así hubiera sido, ya que los muertos estaban metidos en sus asuntos, pero en esa ocasión la comitiva iba encabezada por un esqueleto menudo, con apenas un mechón de pelo, prácticamente blanco, cayendo del cráneo sobre las vértebras cervicales, y con dos candiles pizpiretos, entre azules y rojas, titilando en medio de las cuencas oculares. Era Sabrinita, cuando tenía más carne, o Nita, como se hacía llamar con su osamenta luminiscente a la vista. Y ella, con un pasado breve, pero de carácter muy despierto, sí que se dio cuenta de la presencia de los niños y con el metacarpo del índice, en alto, detuvo al resto de sus compañeros.

-Padre nuestro que estás en los cielos…- Empezó a balbucear el niño, con la velocidad de rayo, sin atreverse a alzar la vista.

La niña, por el contrario, rezaba a medias mezclando las palabras con una tonada de amores imposibles que había escuchado ese día y que no terminaba de írsele de la memoria.

Nita se acercó curiosa y sus metacarpos rozaron el pelo desordenado de la chiquilla.

Ojalá aún tuviera mis rizos. Eran tan bonitos y los echo tanto de menos. 

El niño continuó llamando a los ángeles protectores y a la Virgen María en voz más alta.

No hace falta ponerse así…Si tampoco os vamos a…

-¡¡Yo te traeré unos!!- gritó la niña cerrando los ojos mientras levantaba la cara hacia los muertos curiosos en una mezcla de valentía aterrada para evitar ser transformados en piedra sí los miraba directamente.

¿En serio?

Los candiles de Tita se hincharon hasta triplicar su tamaño.

-En…se…serio…Con un…Con un peine.

Varias mandíbulas castañearon en una risa desajustada y siniestra. El niño agarró a la niña por la manga y la zarandeó de puro terror.

-¿Qué haces? ¿Qué haces hablándoles?

El cráneo de Nita se balanceó de un modo exagerado y siniestro.

¡¡Me parece muy bien!! 

-Y…No…No nos haré…is nada malo ¿Vale?

– Por supuesto. No somos malos esqueletos. Mi tumba es la tercera, de la quinta fila, contando desde la puerta oxidada que no se abre nunca. Tiene un angelito de musgo muy mono con una de las alas partida. La puerta del fondo, fondo. La oxidada… ¿Entendido? Apenas se ve mi nombre y mis fechas de nacimiento y muerte,1881 y 1889.

Sabrinita López Ruega. 

-Si, si…

¿No tardarás mucho no?

-Hummm…¿Una semana?

¿Eso es mucho?

-No, no lo es.

La fila de esqueletos se movió como marimbas jubilosas y desafinadas hasta formar un círculo a su alrededor.

Nita se separó de ellos, con su único mechón al aire, lo justo para extender hacía la niña su húmero, cúbito y radio, en un juego de articulaciones lleno de energía.

¿Prometido?

-Pro…Prometido.

Meñique de niña viva entrelazado con meñique de niña muerta.

El niño estaba de rodillas abrazando a la niña, balbuceaba «No lo hagas…No lo hagas», pero ella le dio un empujón enfadada.

Oye, yo también quiero algo.

-Y yo.

-Nosotros también.

-Una pelota.

-Un pony.

-Un escopetina de corchos.

Ehhh, ehhh esto no funciona así. Yo soy la que mando hoy y además fui la primera que los vi así que es lo que hay…

-No estoy de acuerdo.

-¿Una muñeca de trapo?

Las quejas de los demás muertos no tardaron en alzarse más, y sus huesos, con los cartílagos gastados, y antiguos recuerdos, frotaban creando un curioso sonido de percusión en piel estriada. Un rabel de distintas voces que creaba una polifonía de instrumentos cansados.

Ese fue el momento ideal que los dos niños aprovecharon para escabullirse, y a paso presto y sigiloso, hasta que salieron a la carrera. Así los dos mochuelos se alejaron de aquel singular conclave de costillas, omóplatos y tibias.

-¿Y la niña cumplió su promesa?

Por supuesto, junto con el niño tomaron prestada una peluca rubia, de bucles brillantes y preciosos, que volvían a su posición cuando les pasaba un peine de carey. Aprovecharon a conseguirla de entre las ropas, máscaras, y espadas de mentira que había en el local donde el hermano de la niña ensayaba tragedias maluchas y alguna comedia.

Les costó un poco encontrar la tumba. ¿Era la quinta de la tercera fila o la tercera de la quinta? El angelito de piedra, con un ala y media, y musgo ayudó a despejar las dudas.

-¡Está es! La tercera tumba.

 Y para no despertar demasiadas sospechas, y lo pudieran quitar, esperaron a que faltarán quince minutos al cierre del cementerio para dejar la peluca y el peine.

– ¿y ya está? ¿Eso fue todo?

No fue tan sencillo…Nita quedó bastante satisfecha, eso fue un hecho, se colocaba los rizos en el cráneo pelado y la pelvis se agitaba con una gracia inesperada, pero las otras escápulas nocturnas también querían sus regalos. Así que repitieron, paseo y ruta, para volver a encontrarse con los niños en el mismo cruce de caminos hasta que lo consiguieron.

No les importó tener que salir durante meses, estirar las horas de la noche, separarse en grupos, lo nunca visto, para lograr su objetivo.

El susto en los niños fue tremendo, pero los muertos lo tenían muy meditado y tenían preparados sus pedidos, indicando la tumba correspondiente. Usaron el envoltorio de flores frescas de otro difunto reciente como carta de los deseos.

Las osamentas, lo más educadas posibles, les adularon, les prometieron vidas más largas, protección nocturna, visitas guiadas con paradas en las tumbas más célebres y sustos a posibles enemigos. Un sinfín de opciones creó una danza muy peculiar dónde sus candiles rojizos, azules y amarillos rogaban por un juguete.

-¡Qué miedo! ¿Qué es lo que hicieron los niños? 

-¿Quién iba a negarse a los muertos? No se atrevían a contarlo a los adultos. No les creerían, y mucho menos les ayudarían en tal misión. Así que no tuvieron muchas opciones más que ir consiguiéndolos de uno en uno.

Durante esa época corrieron por el barrio varias historias que mantuvieron a los vivos en casa y a las fuerzas de seguridad atónitas. Cazadores de eventos paranormales se acercaron con grabadoras y cámaras de video. Incluso el enterrador no quiso ocuparse de sus labores, en cuanto la luz de sol se difuminaba, por culpa de las apariciones, y sonidos, que recreaban una especie de saloon donde se mezclaban vaqueros e indios dentro del cementerio. Había una cantante de variedades, de rizos rubios, una muñeca flotante, un sombrero de cartón que volaba por encima de las lápidas. «¡Pum, pum!» «Soooo caballo». «Fuera de mi cementerio, forastero». Risas estridentes, fugaces, y algunos fémures y vértebras sueltos, entre los senderos que conectaban las tumbas más antiguas con las otras. Huellas, tierra removida entre las muertes infantiles del siglo XIX.

¿Y no volvieron a encontrarse? Los niños y los otros.

-Más o menos. Unos crecieron y los otros no. Una noche la chica pasó cerca del cruce y un grupo de hombres borrachos la rodearon. Ahí sí que ella tuvo verdadero pavor, ni rezos ni promesas de regalos iban a servirle. Pensaba que lo peor le ocurriría cuando los niños muertos aparecieron aullando, flotando sus candiles con furia y vueltas velocísimas. Los hombres se fueron corriendo, el contacto con los muertos no es algo deseable. Mucho menos cuando a la cabeza de semejante fila se agitan unos rizos enredados en huesos que emiten luz propia.

-¿Y no volvisteis a verlos nunca más abuelita?

-No, por lo menos nunca de ese modo tan directo, pero cuando he regresado por aquí, después de visitar la tumba de tu abuelo, sabes que me gusta quedarme un rato a solas. He aprovechado para acercarme a las suyas y dejarles algún juguete nuevo. No sé sí lo imagino, pero creo escuchar cuchicheos infantiles. Tal vez con todo lo que he cambiado no me reconocen. Las arrugas, el paso de los años que tengo me han transformado, y tanto, que apenas puedo moverme. Por eso necesito tu ayuda. Con los años que han pasado los rizos rubios de Sabrinita tienen que estar hechos un asco. ¿Se los podrías llevar a su tumba? No tiene pérdida. Desde la puerta oxidada del fondo, cuenta cinco y en esa fila su lápida es la tercera. Ya no se lee su nombre, pero la reconocerás por el angelito de musgo con una ala y media. D.E.P Sabrinita López Ruega. 


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