Miquiño mío,
Decirte que me llegaron tus últimas cartas con un olor a garbanzo que no he sabido apreciar en otras previas. Esta te la escribo en un colmado de esos que tanto gustan a tus personajes, será por eso que don Ramón María te ha puesto ese mote no siempre gracioso. Gracias, yo prefiero llamarte Benito.
La cosa es que la tienda en cuestión tenía una puerta como oculta entre cajas de fruta. La puerta se mostraba ahí, en todo su esplendor, y —ya sabes, Roedor mío, la predilección que tengo por la fruta prohibida— no hice otra cosa que traspasarla, para dolor del tendero.
Lo cierto es que tras la puerta me vine a encontrar una trastienda y en ella la puerta a otro Madrid. No es el que esta ratona tuya conoce, tenlo por seguro. Han prescindido de nuestra ropa, tan ampulosa, llena de encajes y de rebuscamiento. Van ligeros en sus camisas, casi iguales los hombres y las mujeres. A ellas las veo cargadas de libros —qué placer— y a ellos ¡distraídos en cosas que ya quisiera yo para mis hombres! Aquí van lavando y planchando todos, hasta los que, entre máquinas con un ojo ciclópeo y amenazante, lleno de ropa, se entretienen leyendo tu Marianela. ¡Te lo juro con mi sangre!
En ese mismo lugar donde tú y yo plantábamos un teatro aquí, en el Madrid este al que me ha llevado la trastienda, sostienen un comercio con tres plantas por lo menos de libros para la venta. ¡Eso no puede ser una librería!
Y me he ruborizado cuando una niña apenas, parece que uniformada, me ha alabado mi blusa y mi traje entero —este mismo que me había puesto hoy para verte, Miquiño— mientras me llenaba las manos con ejemplares brillantes de Insolación o mis Cuentos de intriga… Niña que sonreía, dulce como tu Marianela, y me hablaba cosas que ni yo con todas mis lenguas puedo entender:
—¡Qué bueno tu outfit!
Escríbeme pronto, Ratonciño, que no me hallo…

Emilia Pardo Bazán (1851-1921) es la novelista que bebe de un naturalismo parecido al de Galdós (quienes leen esta troquelación y leyeron la anterior sabrán que no es caprichoso el colocarlos tan juntos a la una del otro). Además de su obra de ficción (Los pazos de Ulloa, La madre naturaleza, Morriña o la troquelada Insolación), llena de heroínas que debieron de resultar un tanto extrañas para los lectores y lectoras de su época, es toda una ensayista y articulista feminista que hoy estaría un día sí y otro también en las redes sociales… En los últimos años predomina sin embargo su obra cuentística, que se está rescatando, sobre todo la de cuentos detectivescos, donde se demuestra una precursora, con historias muy frescas, como las que aparecen arriba citadas. El carteo entre ella y Benito Pérez Galdós es un dechado de sinceridades, que ha resultado en una mejora —habla y despide con este comentario la serie este troquelador— de dos figuras que solo respetábamos por su literatura.
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