Blog de Francisco ( Link)
Sigo con el concepto de meritocracia, pero, así como en la entrada anterior se basaba en su acepción primaria como mecanismo de selección, en esta entrada voy a hablar de una concepción más moderna en la que se ha ido convirtiendo con el tiempo.
La realidad demuestra todos los días que es utópico pensar que el esfuerzo individual prevalece sobre el contexto social dominante, y es visible que personas con un origen social y económico más favorable, en muchos casos, tienen mayor acceso a altos niveles de educación y mejores puestos de trabajo.
Creo que a nadie se le escapa que, en la actualidad, igual esfuerzo no garantiza igual recompensa. En general, nada está garantizado, aunque parece que la recompensa se suele medir mejor que el esfuerzo.
Pero, veamos algunos pensamientos al respecto:
- Según el artículo de Carlos Gil, Doctor en Ciencias Políticas y Sociales (publicado en la Fundación Espacio Público) titulado “Hay que esforzarse por debatir más de políticas que de meritocracia en público”, la meritocracia también puede interpretarse como un sistema ideológico que legitima la desigualdad al dar por hecho que en realidad existe la igualdad de oportunidades.
En uno de los párrafos dice: “…pero sobre todo desde los años 80, la meritocracia sufrió una dulce metamorfosis hasta derivar en un sistema ideológico que justifica las desigualdades y pone el foco en la responsabilidad del individuo. Se moraliza la desigualdad y no se reconoce ni las circunstancias materiales ni los factores estructurales que la explican. Como consecuencia de este martillo pilón ideológico y en paralelo al incremento de la desigualdad de ingresos y riqueza, ha crecido también la creencia en que nuestras sociedades son meritocráticas. Ya se sabe, “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad””.
Siguiendo con el artículo citado, se pueden leer frases como:
“En la meritocracia liberal, se da por sentado que los sistemas educativos públicos son suficientes para compensar las desigualdades de partida e igualar las oportunidades de acumular las competencias que más recompensa el mercado.”
“En España no hay meritocracia. Si la entendemos como una sociedad en la que haya igualdad de oportunidades y la clase social de nuestros padres no influya en nuestro nivel educativo, ocupación, ingresos y riqueza, y sean solo nuestro esfuerzo y habilidad los responsables.”
Desde la premisa de que “no nacemos iguales”, ni en la misma familia, ni en el mismo ambiente social, ni con los mismos recursos económicos, ni con igual acceso a servicios sociales y culturales… el estatus sociocultural puede ser muy diferente y, por tanto, necesitado de una cierta “igualación” que se supone se realiza mediante la adquisición de conceptos, habilidades y competencias a través de los sistemas educativos, creyendo que son la palanca que puede ayudar a igualar dicho estatus. Esta visión da lugar al llamado “ascensor social”, aunque, la realidad es diferente: los sistemas educativos no llegan a tanto.
- Con una orientación similar se expresa Lisa Pelling, politóloga y directora del think tank Arena Idé, con sede en Estocolmo, en su artículo publicado en el diario Nueva Sociedad titulado “El mito de la meritocracia y el populismo de derecha”.
Por ejemplo, en: “Los liberales aman la idea de la meritocracia. Pero si bien la meritocracia promete igualdad de oportunidades, no puede crear igualdad de condiciones. La meritocracia es fundamentalmente la idea de organizar la sociedad como si fuera una carrera en la que gana el mejor (el más talentoso, el más trabajador). Pero para que haya (algunos) ganadores, también debe haber (muchos más) perdedores. La meritocracia no es el fin de la sociedad de clases, presupone su conservación.”
“El mito de la meritocracia crea una jerarquía social almidonada y moralmente cargada. En la cima se encuentran quienes son considerados (y se consideran a sí mismos) los más merecedores. Se supone que ellos han ganado sus posiciones mediante la inteligencia, el talento y –sobre todo– su arduo trabajo. Merecen su estatus social, así como sus altos ingresos. Quienes se encuentran en el otro extremo de la escala social, por su parte, son considerados no merecedores de nada excepto su destino. Son debidamente confinados en el extremo inferior de la escala de ingreso y en el menor prestigio social.”
- Como último ejemplo de una visión más cercana y actual, el filósofo estadounidense Michael J. Sandel, en su libro “La tiranía del mérito” hace una crítica al ideal meritocrático por haber generado una división entre ganadores soberbios y perdedores humillados en la sociedad. Este abismo aumenta la brecha social y la desigualdad, pero no solo la económica, sino también la de reconocimiento: “si eres un fracasado, tú tienes la culpa”.
En la lógica meritocrática, el único culpable de que no tengas una «buena vida», como dirían los griegos, eres tú mismo. En consecuencia, los perdedores se sienten humillados y no reconocidos según esos estándares que cada sociedad impone para poder ser llamado «exitoso». Sandel pone el ejemplo de Estados Unidos, donde ser exitoso se traduce por tener un título universitario. Sin embargo, dos tercios de los estadounidenses no tienen ninguno y, por ende, son proclives a sentirse humillados y no reconocidos.
Por otro lado, en esta dinámica, los ganadores serían aquellos que se han responsabilizado de sus ganancias y pérdidas. Pensar que aquellos que han tenido éxito en la vida son los únicos ganadores genera dos problemas: soberbia y olvido de la fortuna o azar (suerte).
La soberbia lleva a los «ganadores» a no poder ponerse en el lugar del otro, porque piensan que no tienen nada que ver con «el otro» al ser un fracasado que no está en su lugar porque no quiso. Comprender la existencia de la suerte es muy importante; en ella se incluye todo lo que no es por obra y gracia de la voluntad propia, sino que, simplemente, te toca: una familia, unos recursos económicos, herramientas emocionales… Es comprender que no todos partimos de la misma línea de salida.
Para mi está claro lo que, quiero pensar, que todos sabemos, se diga o no: los inicios marcan mucho el camino posible a recorrer en nuestra aventura vital y, por tanto, también en cuanto al nivel sociocultural y económico que podamos llegar alcanzar. La llamada igualdad de oportunidades no acaba siendo tal porque ni los puntos de partida ni, por tanto, los caminos a recorrer son iguales, lo que acaba marcando diferencias.
Me parece que, quizás, la idea de la meritocracia genere una reducción de la realidad llevando a una concepción del trabajo muy triunfalista y competitivo, mostrando hasta dónde puede llegar cualquiera con los méritos necesarios. Siendo así, puede actuar como la espoleta que dispara la actividad propia en un esquema competitivo (“quien la sigue la consigue”), provocando o mejorando el afán de superación personal, lo que está muy bien como motivación, aunque… la realidad es muy tozuda y también desigual desde que nacemos.
Utilizando un símil, pareciera que, en la carrera por el futuro social y profesional, algunos (la mayoría) corre “con una pierna atada a la espalda”.
¿Qué te ha parecido este enfoque sobre la meritocracia? ¿Lo ves más actual que el anterior? ¿Crees que exagera las situaciones? ¿Necesitamos ese “ascensor social”?
Para ti ¿hasta dónde llega lo “heredado” y cuanto aporta lo que podamos hacer en el camino?
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Yo creo que todo tiene su peso, y que crecemos en espiral. Nos asentamos en lo heredado, lo experimentado y lo aprendido, en todo lo pasado, pero la siguiente vuelta de la espiral es más larga y hay mucho que decir, aportar, sentir y vivir. Hay un libro de Michael Sandler muy bueno sobre la meritocracia🫂☕✒️